martes

«Dios no ha creado el mal»

Hace cerca de un mes, la costa sur del Perú fue azotada por un fuerte terremoto que dejó centenares de muertos, heridos y miles de damnificados. Al poco tiempo, otro sismo aun más fuerte sacudió otra zona del Pacífico, esta vez en Asia. Ante situaciones como esta brotan innumerables cuestionamientos y reacciones: ¿por qué ocurren estas cosas?, ¿cuál es el sentido del sufrimiento?, ¿por qué parece que son los más pobres y débiles quienes más sufren? No es raro encontrar a quienes deciden alejarse de la fe en Dios sacudidos por estas preguntas.

Inaugurando una nueva sección, Pensamiento Católico entrevistó al teólogo peruano Gustavo Sánchez [1] y le consultó acerca de estos temas. A continuación reproducimos un extracto de la entrevista:



...


Pensamiento Católico: Doctor Sánchez, ¿Cómo hace su aparición el mal en el mundo?

Gustavo Sánchez: Bueno, el mal no ha sido creado por Dios, eso de verdad que hay que señalarlo. Un dios que crea el mal sería un dios contradictorio, por lo tanto, un dios que no existe. Y la cuestión sobre el mal, que es una cuestión ciertamente muy compleja, se responde desde la perspectiva de su realidad —vamos a llamarla así— específica. Cuando uno se plantea el misterio del mal y trata de dar una definición de lo que es descubre lo siguiente: solamente hay mal allí donde hay bien; no se puede decir que el mal sea una realidad que tenga consistencia ontológica propia. El mal no es algo, sino, más bien, la carencia de algo. Y ese algo que falta, y que constituye justamente el mal, es el bien. San Agustín, a la hora de reflexionar sobre estas cosas, dio la respuesta clásica y en cierto sentido definitiva: el mal es ausencia de bien. Por lo tanto, si Dios es el bien absoluto y ha creado el mundo bueno, quiere decir que al principio, cuando Dios hizo las cosas, no había mal. El mal ha sido introducido por una voluntad ajena a Dios, una voluntad creada —vamos a llamarlo así—, que dejando de hacer el bien que debía hacer, permitió que se introdujera el mal en el mundo.

Entonces, en ese sentido, hay que decir que si hay en el mundo desorden, desequilibrio, destrucción, conflicto, etcétera, eso se debe no a Dios sino a una voluntad creada que ha puesto en el mundo esta realidad, voluntad creada que la tradición judeocristiana identifica primero con la del ángel caído —el demonio—, y segundo con el hombre, que con el pecado se aparta de Dios.




Algunos se explican el terremoto diciendo que Dios nos envía pruebas para fortalecer nuestra fe; otros, que se trata de un castigo. ¿Alguna de estas aproximaciones es correcta?

Hay que decir lo siguiente: Dios no prueba a nadie. Es decir, Dios no tienta o no pone a prueba a ver cómo le va al hombre, si es que cae o si es que no cae, si es que se mantiene o no se mantiene y, por lo tanto, esa aproximación está fuera de lugar.

Lo segundo: Dios tampoco castiga, y para eso hay que tomar en consideración que cuando en la Biblia leemos a veces que se habla del castigo de Dios o que Dios hizo eso para castigar a tal o cual son maneras un poco primitivas de expresar una realidad que de suyo es muy misteriosa, que trasciende completamente nuestra inteligencia y que tiene que ser, justamente, explicada a partir de un hecho que es absolutamente cierto: que Dios, siendo verdad absoluta y siendo amor —cosa que también dice la revelación—, no puede jugar con el hombre. Un dios que ponga a prueba al hombre, que juegue con él como si fuera un muñeco, es un dios, que de verdad sería lejos de ser amable, un dios repulsivo. Y un dios que castigue sería lo mismo: o sea, pensar que Dios castiga es poner a Dios a la misma altura o al mismo nivel que nosotros; nosotros sí castigamos y eso no refleja un amor sino un egoísmo hasta cierto punto bastante grande. Entonces, desde esa perspectiva, hay que decir que no: ni el poner a prueba ni el castigar son realidades que se puedan atribuir a Dios y que sean de alguna manera el motivo, la causa por la cual se da esta tragedia.




¿Cómo encontrar el rostro de Dios en circunstancias como las que pasaron nuestros hermanos en el sur? ¿Cómo se hace presente Dios en las realidades dolorosas de la vida del ser humano?

Hay que decir que Dios nunca ha querido ser ajeno al sufrimiento ni al tema del dolor y de la muerte. Y la razón más específica que podemos dar para eso es que Dios, al hacerse hombre, ha experimentado también el sufrimiento y ha experimentado la muerte. Nosotros sabemos que Dios no ha querido solamente ser el espectador del sufrimiento del ser humano, como si pudiéramos decir que desde arriba mira cómo sufrimos o cómo padecemos aquí en la tierra y Él es una especie de observador hasta cierto punto ajeno a esa realidad.

Por la Encarnación, Dios, decía, se ha hecho hombre, y como hombre Dios ha experimentado lo que significa sufrir, lo que significa tener miedo, lo que significan dolor físico, el dolor, si se quiere espiritual, hasta cierto punto; y por último, Dios ha experimentado la muerte. Una cosa que nos debe llenar de mucho consuelo es saber que Dios conoce qué significa morir, no porque lo sepa por su gran inteligencia o por su ciencia perfecta, sino que sabe lo que significa morir porque lo ha experimentado personalmente. Y en ese sentido, aquí podríamos decir lo siguiente: cuando se pregunta «¿Dónde estaba Dios en estos sufrimientos? ¿Dónde estaba Dios en esta tragedia, en este terremoto?», hay que decir: Dios estaba allí, en medio de sus hermanos, sufriendo con ellos, compadeciéndose de ellos y, en algún sentido también, muriendo con ellos, porque nosotros sabemos que Cristo sigue presente en medio de nosotros. Él se ha unido a todos los hombres, a todos los cristianos, y en ese sentido Cristo también sufre en cada uno de ellos que se queda sin techo, que se queda sin hogar, incluso en aquellos que mueren. Ahí Cristo sigue sufriendo y sigue muriendo.

Entonces, para nosotros es un motivo ya no de consuelo solamente sino de gran esperanza saber que Dios no es ajeno para nada a nuestras penurias, sino que Dios está allí junto a nosotros, con nosotros, en nosotros experimentando todo esto. Y no para quedarse en esa realidad negativa, sino para sacarnos adelante, para elevarnos de esa situación de miseria y para llevarnos a una situación de plenitud, de felicidad.

No olvidemos —y esta es una cosa también muy importante— que el dolor y la muerte no son la última palabra de la existencia. A lo más, podríamos decir que son la penúltima palabra. Pero la última palabra ha sido dada por la resurrección de Cristo, que es, justamente, el triunfo sobre la muerte y sobre el mal, y en ese sentido, ese debe ser el motivo de nuestra esperanza más grande. Una esperanza, diría yo, que tiene nuestra gente, nuestro pueblo sencillo. Nuestro pueblo, a pesar de todo el sufrimiento que está pasando, sabe que la cosa no termina aquí, y que más allá de estas realidades tan dramáticas seguramente se avizora un motivo de esperanza; pues bien, esa esperanza tan grande la abre, justamente, su fe en Jesucristo muerto y resucitado.



A veces nos da la impresión de que el mal parece ensañarse con los más pobres, con el justo que sufre de alguna manera injustamente ¿Por qué se da esto?

Bueno, hay que tomar en cuenta también que cuando hablamos de que el mal se ensaña con los más pobres, hay que distinguir ahí diversos tipos de mal. Primero preguntarnos por qué hay pobres. Y ahí pienso yo que la respuesta es más o menos clara y evidente. Hay pobres porque el mal mismo que los hombres cometen… que los hombres—nosotros— cometemos ha hecho que se dé una situación en la que muchos de nuestros hermanos sufren, muchos de nuestros hermanos quedan postergados, marginados, excluidos y sin el acceso a unos bienes que les permitan una vida digna.

Y, efectivamente, en ese sentido se puede decir que dada esta situación de injusticia que es fruto del pecado del hombre, ahí Dios no tiene mucho que ver. En esa situación pareciera que sobre estos pobres, sobre esta gente tan postergada, llueven, pues, los males, ya no solamente los males morales como pueden ser la pobreza, la injusticia, etcétera, sino incluso los males físicos como, por ejemplo, el terremoto. Bien sabemos que los pobres, que los humildes, los más pobres son los más desguarnecidos, y en ese sentido no tienen, de repente, cómo protegerse ante estas realidades como otros que tienen medios a su alcance sí podrían.

Pero —y ahí viene justamente la cuestión importante— Jesús se ha identificado justamente con estos pobres con estos carentes, con estos que son marginados, excluidos. Y hay que recordar una cosa: Jesús los ha llamado «bienaventurados», ha dicho que de ellos —de estos que son así— es el reino de los cielos. ¿Por qué? Porque, justamente, una persona que vive una pobreza, que vive una situación de carencia, de exclusión, de marginación es una persona que no poniendo su esperanza en los bienes de la tierra puede estar disponible para acoger a Dios, para confiar en Él, y esa es justamente la condición o el requisito necesario para vivir no solo la comunión con Dios, sino también la salvación.

Entonces, el hecho de que Jesús se haya identificado con estos pobres, que los ha llamado bienaventurados, nos dice una cuestión bien importante: hay que experimentar y vivir esta realidad de no digo yo ser carentes, pero sí de estar desapegados a los bienes, de alguna manera de no poner en ellos nuestra confianza, porque esa es la actitud necesaria para vivir en unión con Dios y, en última instancia, para acoger lo único que es absolutamente necesario.

Yo pienso que esta cuestión del terremoto puede ayudarnos también a considerar los siguiente: ya no solamente en el sentido de quienes se ha quedado sin casa, sin bienes, etcétera —que, de hecho, hay que ayudarlos y ahí la respuesta solidaria ha sido muy buena—, sino a nosotros: estas cosas muchas veces pasan para que nosotros tomemos en consideración que más allá, pues, de los bienes que podamos tener o de las cosas que poseemos, una sola cosa es necesaria y de repente habría que preguntarse si esta cosa necesaria la tenemos.




¿Por qué es tan difícil para el ser humano explicarse el dolor? Por ejemplo, a lo largo de la historia muchas ideologías han intentado responder a esta interrogante. ¿Por qué han fallado?

El gran problema es que el dolor no es una realidad que uno pueda mirar desde la tribuna —vamos a llamarlo así— y con cierta distancia y objetividad como para dar una explicación analítica y quedarse tranquilo, pues, pensando que ha encontrado la solución; el dolor es una realidad que nos envuelve, es una realidad en la que nosotros —ninguno de nosotros— es testigo, sino, más bien, una especie de protagonista.

Un filósofo francés, Gabriel Marcel, hacía una distinción entre lo que él llamaba el problema y el misterio. El problema es una realidad que se puede percibir de manera objetiva, o sea uno se presenta o se sitúa ante ella como ante un objeto, es decir, fuera de la realidad: la mira, la puede analizar y puede dar una solución. Así, por ejemplo, un problema matemático, un problema de física, un problema de qué sé yo. Y vemos que cuando se habla de problemas, usualmente se habla de objetos. Pero hablar del misterio —dice Marcel— es una realidad donde, aquello que nosotros queremos comprender ya no está delante de mí, sino que, más bien, yo estoy metido dentro de esa realidad. Yo no tengo un punto de vista sobre esa realidad, porque eso corresponde al problema, sino que tengo una conciencia, ya que soy parte de esa situación a la que quiero encontrar una respuesta.

Pues bien el dolor es eso, el dolor no es un problema; el dolor es un misterio, y nosotros estamos metidos en esa situación, la experimentamos y la vivimos, y de alguna manera eso nos cuestiona, nos interpela y hace que no podamos tener un visón, pues, tan, digamos, fría ante el asunto. Porque de inmediato cuando experimentamos una situación dolorosa la primera pregunta que todo ser humano se hace —casi con seguridad— es «¿Por qué a mí? ¿Por qué me toca esa cuestión? ¿Por qué yo tengo que ser el que sufra esta coyuntura, o esta situación tan dramática que preferiría no tener?».

Entonces, si ese es el punto de partida, si esa es la coyuntura en la que nosotros nos preguntamos por el dolor, hay que encontrar una solución no en la pura racionalidad, no en el frío análisis de los puntos de vista, de los problemas, sino, más bien, en la conciencia que trata de ir más allá de la misma situación. Y esa es la razón por la cual las ideologías han fallado a la hora de explicar esto. Las ideologías fallan porque quieren ver lo que es un misterio como si fuera un problema, y obviamente tienen que fallar. La solución está en ver el misterio como misterio, y eso es justamente una cosa que solamente la fe puede dar.

Por eso la fe, y concretamente la fe cristiana, ha sabido dar un no diré yo la respuesta definitiva al misterio, pero ha sabido encontrar el camino para, de alguna manera, superar esa realidad de dolor que es un misterio. ¿Cuál es esa forma?: asumiéndolo. Asumiéndolo nosotros podremos de alguna manera comprender un poco más lo que eso significa y, sobre todo, trascenderlo.

Eso es lo que ha hecho Jesucristo. Jesucristo que, repito, es Dios hecho hombre, ante el misterio del dolor, no lo ha analizado como si fuera una especie de problema. Jesús, vean ustedes, no da una explicación sobre el dolor o por qué hay dolor en el mundo o cosas por el estilo. Jesús lo que hace es asumir el dolor, vivirlo hasta el extremo, que es justamente la muerte, y dar una superación de ese dolor en su resurrección, y ese es el camino al que a nosotros nos invita. Nosotros también por la fe, unidos a Jesús podemos, asumiendo ese dolor, superarlo. Superarlo mediante la fe, que en primer lugar supone la aceptación, no la pregunta del por qué —que en el fondo es rechazo—, sino la aceptación, y una aceptación que en buena medida se basa en el amor. Asumiendo el dolor ofrecemos ese dolor y ese sufrimiento por amor a los demás, y eso nos permite también unirnos a Cristo en la superación de esta realidad.

...


¿Por qué a veces parece no haber proporción entre la conducta y la fe de una persona y las circunstancias que vive? Por ejemplo, nunca falta el vecino o conocido muy creyente y devoto al que, sin embargo, sabemos que no le va muy bien: afronta problemas económicos, familiares o de trabajo. Al mismo tiempo no es raro encontrar algunas otras personas que abiertamente cometen injusticias, no creen en Dios, pero aparentemente viven de manera holgada y sin problemas. ¿Por qué ocurre esto?

Bien hay que tomar en cuenta lo siguiente: la fe —y, por lo mismo, la vivencia de la religión— no es una receta para el buen vivir. A veces se plantea una visión completamente equivocada de lo que es la fe. Es la visión del… yo lo llamo la visión del tendero: si yo tengo fe y me porto bien con Dios, Dios está obligado a que me vaya bien en el negocio, en el trabajo, en la vida, etcétera. Y hay que ver que la fe no es eso. Si nosotros pensamos que la fe es una especie de relación de «yo te doy para que tú me des» con Dios, entonces convertimos a Dios en un bodeguero, en un tendero o en una especie de comerciante que está a nuestro nivel. Eso es un error.

La fe, en última instancia, es lo que nos permite relacionarnos con Dios, que es infinitamente superior a nosotros. Y, ciertamente, la fe puede de alguna manera ayudarnos a vivir la existencia como debemos vivirla, es decir, como seres libres, como seres conscientes que, de alguna manera, trascienden sobre las realidades de esta vida. Trascender no significa que no tengan importancia; sí tienen importancia —y mucha—, pero no tienen la mayor importancia, y ahí es donde viene justamente la cuestión.

Nosotros vivimos en un mundo donde lo que prima no es la justicia, no es la comprensión, no es la equidad o la armonía. Vivimos en un mundo que es todo lo contrario: un mundo que es injusto, un mundo donde quien de alguna manera manifiesta bondad o manifiesta solidaridad es despreciado, se aprovechan de él, etcétera. No es raro, entonces, que quien vive su fe —o quien quiera vivirla, por lo menos, de manera consciente— sea victima pues de quien trata de aprovecharse, de quien trata de pasarla bien, justamente, a costa de los demás. Ahí es donde nosotros podemos constatar lo siguiente: un mundo que rechaza justamente lo que es la bondad, el amor, la misericordia, la solidaridad es un mundo completamente inhumano, es un mundo donde los hombres son explotados y donde son tratados como cosas en provecho y en beneficio de unos cuantos sinvergüenzas, habría que decirlo. Ese no es un mundo adecuado, ese no es el mundo que Dios quiere. Y por eso no es raro ver que, justamente, a los que se aprovechan, a los injustos, a los inicuos les va muy bien mundanamente hablando. Pero ahí viene justamente la cuestión: esa vida buena, según los criterios del mundo, sea con riqueza, con poder, con dominio, etcétera: ¿es una vida que a la persona la hace feliz?, ¿es una vida que a la persona la realiza? Nosotros no solamente por la fe, sino también en la práctica, decimos que no. Que esas personas tratan de llenar su afán de riqueza de poder con más riqueza y más poder, y que a fin de cuentas terminan siendo infelices, y como eso se acaba, su infelicidad será, pues, completa y absoluta. Ejemplos de eso hay muchos, y pienso que en ese sentido no es necesario abundar. Pero quien vive su fe de la manera correcta, vive teniendo a Dios como el valor supremo, esa persona, aun en medio de su situación difícil —podríamos llamarla así— es feliz porque ha encontrado lo que es más importante y lo que en última instancia hace que la vida sea vida.

...


¿Cuál es la actitud que debe tener un cristiano ante el dolor? ¿Cómo puede darle mayor sentido a su sufrimiento?

El cristiano ante el dolor tiene el deber, en primer lugar, de luchar contra el dolor que puede ser de alguna manera eliminado, porque hay que reconocer que si bien el dolor es una realidad permanente, no está bien. Volvemos a la frase que hemos dicho: «Dios no quiere el dolor ni el sufrimiento, Dios no ha creado el mal». Por lo tanto, nuestra tarea sería luchar y hacer lo posible para que ese dolor desaparezca, cuando se puede. Cuando no se puede hacer eso, la persona está, el cristiano está invitado, está llamado a que ese dolor sea asumido y ofrecido, y en ese sentido, tenga ese sentido —vamos a llamarlo así— redentor o ese sentido de participación en la redención que hemos señalado.

Yo estoy seguro de que, por ejemplo, las monjas de la madre Teresa de Calcuta, que ven tanto sufrimiento y tanto dolor ante ellas, no se quedan de manera pasiva diciendo, pues, «Bueno, que sufran para que así se unan a Cristo», sino que actúan. Van donde las personas indigentes, las cuidan, las curan cuando están enfermas, etcétera, y hacen que su vida sea más digna y sea más humana. Pero hay situaciones donde evidentemente, pues, no se puede hacer más y, por lo tanto, ayudan a que las personas que viven en una situación de dolor extremo puedan asumir ese dolor y puedan ofrecerlo, y en ese sentido es también una obra meritoria. Eso también nosotros estamos llamados a vivir en nuestra existencia: lo negativo y lo malo que podemos ver en nosotros, si se puede, hay que rechazarlo y hay que eliminarlo. Cuando no se puede, hay que saberlo asumir y, con bastante fe, ofrecerlo a Dios porque eso también tiene un valor ante Él.

...



Extracto de la entrevista realizada por Pensamiento Católico al Doctor Gustavo Sánchez
Lea o escuche la entrevista completa haciendo clic aquí
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------
[1] Gustavo Sánchez Rojas (Lima, 1962) es doctor en Teología por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Actualmente es profesor de Teología Dogmática en la misma universidad. También es profesor principal de la Universidad Marcelino Champagnat y profesor principal en la Universidad Católica San Pablo, de Arequipa. Es director de la revista Vida y Espiritualidad.

2 comentarios:

cartapacio.liberal dijo...

Estimado Bilbo, Aragón Liberal está cambiando. Ahora nos alojamos temporalmente en
http://aragonliberal.zoomblog.com

Y voy a poner una entrada enviando desde ahí al artículo de la entrevista, porque es importante. La gente se pregunta ante las catástrofes ¿donde está Dios? lo hace Benedicto XVI y habla de misterio... pero da una luz con la cruz del Hijo de Dios, y la libertad del hombre.

Tengo también este artículo en el fondo de baúl por si te interesa:

http://fondodelbaul.blogspot.com/2007/09/una-reflexin-del-sentir-de-la-calle-mi.html

Un saludo desde Aragón.

frid

Mc Vickers dijo...

Querido amigo, soy un español que escribe desde Inglaterra y me asombra la profundidad de tus planteamientos. Creo que tengo meditacion para unas semanas. Gracias.
Lo mio es mas "terreno" y esta aquí: http://elbaluartedeoccidente.blogspot.com/
Un abrazo
Luis

Google+