Preguntó una madre al gran estadista Franklin(*), por qué la posesión de bienes va a menudo acompañada con desengaños.
El calló; y viendo una canasta de manzanas, tomó una y la dio a un niño presente. El infante la tomó en sus manos; apenas podía tenerla. Franklin le ofreció otra; el niño la tomó con gran esfuerzo. Al presentarle una tercera, a pesar de los esfuerzos, no alcanzó a retenerla. Cayó la manzana al suelo y el niñito empezó a llorar.
El estadista entonces, advirtió a la madre: «He aquí un hombrecillo con demasiada riqueza, para poder disfrutarla. Con dos manzanas era feliz; con tres dejó de serlo, y debió llorar»... La ambición desmedida pierde al ser humano, robando su felicidad. «Los deseos matan; la avaricia rompe el Saco».
No anhelar desordenadamente honras o dignidades. Es desorden desear lo que no se merece, procurándolo con malos medios o demasiada afición.
(Rosalio Rey Garrido, Anécdotas y reflexiones, Ed. Don Bosco, Bs. As., 1962, nn° 28 -24)
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* Franklin Delano Roosevelt
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