sábado

Maternidad Espiritual y Esperanza

Con la resurrección de Cristo, la esperanza de María no había llegado a su meta todavía. Un Campo nuevo se abría ante ella, el del desarrollo de la Iglesia. En el momento de su muerte, Jesús había hecho comprender a su madre que ahora se le confiaba una nueva misión, con una nueva maternidad: "Mujer, ése es tu hijo" (Jn 19, 26). Maternidad que debía extenderse a todo cristiano y daba a María, en el momento que perdía a su único hijo, la certeza de que tendría una multitud de hijos. Esto sucitaba en ella una nueva esperanza, extendiendo en forma indefinida su solicitud materna.


Dicha proclamación manifestaba la voluntad de Jesús de que su madre viviera más orientada hacia el futuro que hacia el pasado [...] Si los discipulos habían apreciado tanto la compañía del maestro, María había sido la primera en vivir en su intimidad, en perfecta armonía de pensamientos y sentimientos. Y no obstante, la única y excepcional maternidad debía prolongarse en la vida de la Iglesia. Ya en el Calvario Jesús la invitaba a pensar en este desarrollo. Su presencia en la asamblea que espera a Pentecostés, testifica su intención de participar plenamente en el progreso de la primera comunidad.¨


[...] Una vez más, su papel, discreto pero eficaz, fue el de sostener la esperanza de los discípulos, especialmente en los conflictos con las autoridades judías y en las persecuciones que, luego de haber sacrificado al Maestro, trataban de acabar con el movimiento que Él habia suscitado[...]


Es obvio pensar que María, más en particular, haya comunicado a quienes la rodeaban una forma optimista de mirar el presente y el futuro: una interpretación de los acontecimientos que no ignora las dificultades encontradas, pero que se ilumina con la victoria de la resurrección y se apoya más directamente en el poder triunfador del Espíritu Santo.



Jean Galot
Presencia de María en la vida Consagrada (pp.86-88)
ed. Paulinas - Santafé de Bogota - Colombia

jueves

¡Hay que ser bueno! ; ¿quién lo es?

Siempre se repite entre católicos malos e ignorantes la afirmación: Hay que ser bueno, nada más. No le importa a Dios la fe de los hombres, con tal, pues, que sean buenos. A Dios le agrada sólo el hombre que es de veras bueno.


Si un hombre es de veras bueno, claro que agrada a Dios. Pero preguntemos primero: ¿ qué condición o condiciones deben estar cumplidas para que una cosa o un hombre puedan de veras ser llamados buenos?


Digamos que tengo un reloj que me parece muy bueno. Es una obra excelente. El mejor metal se ha usado en su construcción; hay partes de plata y de oro. Es, pues un reloj muy bueno! Solo que le falta la aguja chica. ¡Pero por lo demás es un reloj muy bueno!


¿Es así? ¿Es ese reloj muy bueno? No, ¡ese reloj es más bien muy malo! Porque no sirve para nada a la finalidad para la cual existen los relojes. No sirve para indicar la hora; por lo tanto es malo.


La misma cosa sería con un carro del material más excelente y caro, y con todas las comodidades posibles. Sólo le faltan dos ruedas, aunque las otras dos son muy buenas. Este carro es malo, porque no sirve a la finalidad para la cual existen los autos.


Así terminamos dejando constancia de lo siguiente: El hombre tiene por finalidad la glorificación de Dios. Lo glorifica creyendo en su doctrina y obedeciendo a sus mandamientos.


Aunque un hombre tenga muchas buenas y hasta preciosas cualidades, si no sirve para cumplir la finalidad para la cual existen los hombres, entonces este hombre es malo y debe ser llamado así. Tal hombre no agrada a Dios, sino que le desagrada sumamente.


“Ay de los que al mal llaman bien y al bien mal, que ponen tinieblas por luz y luz por tinieblas” (Is. 5,20)

+Monseñor Federico Kaiser, MSC Obispo
(1903-1993)

Esfuerzos inútiles

Se nos presentan, como progresistas, ideologías que son muy antiguas. Hoy me referiré solamente a algún criterio del siglo XIX.


Quienes quieren arrebatar la fe en Dios a nuestro pueblo, no hacen sino copiar lo que Feuerbach, y algún otro, pensaban hacia 1840. Quería revelar al hombre su esencia, para darle fe en sí mismo. Pero para conseguirlo creía necesario derribar a Dios de la conciencia cristiana. Quiso poner un final a las ilusiones de la creencia religiosa. Afirmaba haber encontrado solución al problema humano. No había que buscar ya nada en el más allá.


Bakunin nos dirá que «el cielo religioso no es otra cosa que un espejo en el que el hombre, exaltado por la ignorancia y la fe, encuentra de nuevo su propia imagen, pero peraltada e invertida, es decir, divinizada». Presume que «en la historia el nombre de Dios es la terrible maza con la que los hombres, han aplastado a los grandes genios, la dignidad, la razón y la prosperidad de los hombres». Lo trágico es que Bakunin, que expresó estas ideas en 1843, defendía que el comunismo no es más que la realización, en el plano social, del humanismo de Feuerbach.

La historia ha demostrado que no fue la fe, sino esa ideología, aplicada en muchas naciones, durante largos años, la que produjo en millones de personas ese aplastamiento al que él aludía.

He denominado a todo esto «esfuerzos inútiles», porque Jesús nos prometió: «Estaré con vosotros cada día, hasta el fin de los tiempos». Entonces fue una promesa. Ahora, en el siglo XXI, es esa presencia una experiencia de todas las épocas.


Además de innoblemente blasfema, la frase de que «Dios es la terrible maza que ha aplastado», va contra la historia humana, que evidencia que las culturas que niegan a Dios son las que más daño han hecho a la criatura predilecta de Dios que es la persona humana.



D. Ricardo María Carles Gordó
Cardenal Arzobispo Emérito de Barcelona

Algunas preguntas sobre Santa María (II)

¿Qué relación tuvo José con María?
La relación de José con la Virgen María fue la de proveer legalidad y sostén al Redentor.


En Mateo 2, 13, el Angel le dice a José: "Toma al Niño y a su Madre." La expresión hebrea para referirse a la mujer de un hombre es la que vemos en Génesis 19, 15 : "Levántate, toma a tu mujer y a tus dos hijas que se encuentran aquí, no vaya s a ser barrido por la culpa de la ciudad." María no es la mujer de José, es la Madre de Jesús.

San Mateo 1, 18 dice: "No la conoció hasta que parió a su hijo primogénito." El hasta indica anterioridad, no condiciona lo que ocurrio después. En el segundo libro de samuel 6, 23 dice:" Mical, hija de Saúl, no tuvo más hijos hasta que murió" ¿Acaso tuvo más hijos después de muerta?


En cuanto a primogénito, esta palabra no indica orden sino consagración. Si una mujer tenía 4 niñas y el quinto era varón, a éste se le llamaba primogénito, porque era el consagrado a Dios y por eso tenía el título de primogénito, lo que significa que no tiene que ser el primero de una familia.




¿Por qué la iglesia dice que María fue llevada al Cielo en cuerpo y alma?

Esto no aparece en la biblia. La asunción de María no está bíblicamente expresada, pero forma parte de la tradición de la Iglesia.


Muchas personas se preguntan por qué no aparece en la Biblia. Les respondemos que tampoco Martín Lutero aparece en la Biblia y sin embargo sabemos que éste existió. Son hechos que sucedieron después de concluidos los libros que integran el Evangelio; sin embargo, aunque no aparece en la biblia, la asunción de María tampoco la contradice y es que antes de María, Henoc y Elías fueron llevados en cuerpo y alma al cielo (Cf. Gn 5, 24: "Henoc anduvo con Dios, y desapareció porqué Dios se lo llevó." y 2R 2, 11: " Iban caminando mientras hablaban, cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al cielo en el torbellino.")


¿Por qué los católicos le rezan a María?


En Juan 2, 1-12, María demostró indiscutiblemente su poder de intercesión.


--"Pero es que hay un solo intercesor y es Cristo."

Cierto, ante el Padre existe un solo intercesor que es Jesús, pero ante Jesús, María Intercede por nosotros. Al igual que un pastor evangélico ora por un enfermo a Jesús, de la misma manera María ora por nosotros.


--"Pero María ya esta muerta."

¡Falso! Lucas 20, 38 dice que : "Dios no es un Dios de muertos sino de vivos, porque para El todos viven."


Además, Apocalipsis 6, 9-10 y 8,3 nos muestra a las almas clamando a Dios aún después de abandonar este mundo.




Algunas personas afirman que las apariciones de María son cosa del Demonio.


Falso. María, según Apocalipsis 12, tiene la misión de anunciar la segunda venida de Cristo.

En sus apariciones, María no trae al mundo mensajes propios, trae el mensaje evangélico de conversión a Jesús y además, los frutos de paz, conversión y alegría que se observan en las personas que asisten a estos eventos no pueden venir del maligno.


Dice la escritura que atribuir al Demonio las obras de Dios es pecado contra el Espíritu Santo y éste no se perdona (cf. Mateo 12, 22-32).


Ama a María y Ella te llevará a Jesús, A quien tanto buscas, porque Ella lo conoce muy bien, lo llevo en su seno nueve meses, lo alimentó, lo cuido y guió durante 30 años. Nadie conoce a Jesús como Ella, nadie le da gloria a Dios quitándole honra a María. Y es que la Honra de María es la Gloria de Dios.



Frank Morera

sábado

¿Por qué a él le va mejor que a mi?

Los malvados, los desaprensivos, los egoístas natos, ésos son los que triunfan! Viven en villas elegantes y beben champán, viajan a la Riviera, se divierten en Marbella gastando una millonada, todo el mundo les hace reverencias y pueden tener todo lo que quieran.

Y nosotros nos matamos a trabajar, vivimos con decencia y nos podemos dar por contentos si conseguimos abrirnos camino medianamente. Si existe un Dios justo, ¿por qué les va entonces bien a los malos, y a los buenos mal?

De esta acusación existen naturalmente numerosas variantes, pero en definitiva todas van a parar a lo mismo. Si Dios fuera justo, a los malos no debería salirles nada bien y a los buenos todo. Y yo, yo ¡naturalmente! soy bueno. Y ese que lo ha «conseguido» es ¡naturalmente! malo. A veces, surge de inmediato un pequeño apéndice mordaz: «Usted dirá, desde luego, que al otro le irá muy mal en la vida eterna y a mí muy bien. Pero eso aquí no me sirve de nada». Y detrás de esto se esconde la frase: «Además, quién sabe si eso de la vida eterna será cierto al fin y al cabo».

Este planteamiento puede ir mucho más lejos: ¿Por qué A es inteligente y B tonto? ¿Por qué la señorita C es guapa y la señorita D, expresándonos con cortesía, menos guapa? ¿Por qué E está sano y F enfermo? ¿Por qué G vive en un país azotado por las guerras y H en un país en paz? ¿Por qué la señora J da a luz seis hijos y la señora I ninguno? ¿Acaso el mundo es una lotería?

En definitiva la idea que subyace en este planteamiento es la de que un Dios justo deberá hacer que la vida de los hombres en la tierra transcurriese conforme a los méritos que nosotros vemos en ellos. Y si Dios se atiene a esta receta, quedaría inmediatamente desenmascarado como injusto: bastaría con que a una sola persona buena le fuese mal en su vida y a una sola persona mala le fuese bien. Según esto, un solo asesinato convertiría a un hombre en asesino; un solo robo, en ladrón; una sola injusticia, en injusto. Además, se entiende que irle a uno bien en la vida significa villa, Riviera, Marbella, etc., es decir, poseer una especie de primitivo Paraíso-en-la-tierra.

Si Dios siguiese esta receta inmediatamente se expondría a cientos de acusaciones, porque en realidad seríamos nosotros los que nos erigiríamos en jueces, determinando a quién le debería ir bien la vida y a quién le debería ir mal. Y ¿qué pasa con nuestra propia justicia? Ya el hecho de que nos consideremos buenos es suficiente para juzgarnos. Es una mentira presuntuosa. Y lo bueno o malo que puede ser el otro, de eso sabemos muy poco. A esto hay que añadir que nuestra naturaleza se inclina casi siempre a acostumbrarnos rápidamente a deleites materiales, a considerarlos naturales, a convertirnos en hartos, pedantes y orgullosos, pero sobre todo: lo más opuesto a felices. Conozco a muchos millonarios, pero ninguno feliz. Cada uno de nosotros está destinado para una tarea totalmente individual, incluso el enfermo F y la nada agraciada señorita D. Y lo más estúpido y equivocado que podemos hacer es comparar nuestra propia vida con la de otro, llenos de envidia o con arrogancia despreciativa.

¿Por qué vive el papagayo cien años y el caballo treinta? ¿Por qué un hombre ochenta y el otro sólo veinte? Quien como nosotros sólo puede abarcar un sector mínimo de la vida y, en el mejor de los casos, sólo domina la pequeña tabla de multiplicar de la justicia, será preferible que se abstenga de juzgar. Cristo lo ha expresado con toda claridad. «¿Qué te importa a ti eso? ¡Sígueme TU!».



Louis de wohl

miércoles

Natividad del Señor

[...] Llegó el momento que Israel esperaba desde hacía muchos siglos, durante tantas horas oscuras, el momento en cierto modo esperado por toda la humanidad con figuras todavía confusas: que Dios se preocupase por nosotros, que saliera de su ocultamiento, que el mundo alcanzara la salvación y que Él renovase todo.

Podemos imaginar con cuánta preparación interior, con cuánto amor, esperó María aquella hora. El breve inciso, «lo envolvió en pañales», nos permite vislumbrar algo de la santa alegría y del callado celo de aquella preparación. Los pañales estaban dispuestos, para que el niño se encontrara bien atendido. Pero en la posada no había sitio.

En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro.

Juan, en su Evangelio, fijándose en lo esencial, ha profundizado en la breve referencia de San Lucas sobre la situación de Belén: "Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (1,11). Esto se refiere sobre todo a Belén: el Hijo de David fue a su ciudad, pero tuvo que nacer en un establo, porque en la posada no había sitio para él. Se refiere también a Israel: el enviado vino a los suyos, pero no lo quisieron. En realidad, se refiere a toda la humanidad: Aquel por el que el mundo fue hecho, el Verbo creador primordial entra en el mundo, pero no se le escucha, no se le acoge.

En definitiva, estas palabras se refieren a nosotros, a cada persona y a la sociedad en su conjunto. ¿Tenemos tiempo para el prójimo que tiene necesidad de nuestra palabra, de mi palabra, de mi afecto?. ¿Para aquel que sufre y necesita ayuda?. ¿Para el prófugo o el refugiado que busca asilo?. ¿Tenemos tiempo y espacio para Dios?. ¿Puede entrar Él en nuestra vida?. ¿Encuentra un lugar en nosotros o tenemos ocupado todo nuestro pensamiento, nuestro quehacer, nuestra vida, con nosotros mismos?.

Gracias a Dios, la noticia negativa no es la única ni la última que hallamos en el Evangelio. De la misma manera que en Lucas encontramos el amor de su madre María y la fidelidad de San José, la vigilancia de los pastores y su gran alegría, y en Mateo encontramos la visita de los sabios Magos, llegados de lejos, así también nos dice Juan: «Pero a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hay quienes lo acogen y, de este modo, desde fuera, crece silenciosamente, comenzando por el establo, la nueva casa, la nueva ciudad, el mundo nuevo.

El mensaje de Navidad nos hace reconocer la oscuridad de un mundo cerrado y, con ello, se nos muestra sin duda una realidad que vemos cotidianamente. Pero nos dice también que Dios no se deja encerrar fuera. Él encuentra un espacio, entrando tal vez por el establo; hay hombres que ven su luz y la transmiten. Mediante la palabra del Evangelio, el Ángel nos habla también a nosotros y, en la sagrada liturgia, la luz del Redentor entra en nuestra vida. Si somos pastores o sabios, la luz y su mensaje nos llaman a ponernos en camino, a salir de la cerrazón de nuestros deseos e intereses para ir al encuentro del Señor y adorarlo. Lo adoramos abriendo el mundo a la verdad, al bien, a Cristo, al servicio de cuantos están marginados y en los cuales Él nos espera.

En algunas representaciones navideñas de la Baja Edad media y de comienzo de la Edad Moderna, el pesebre se representa como edificio más bien desvencijado. Se puede reconocer todavía su pasado esplendor, pero ahora está deteriorado, sus muros en ruinas; se ha convertido justamente en un establo.

Aunque no tiene un fundamento histórico, esta interpretación metafórica expresa sin embargo algo de la verdad que se esconde en el misterio de la Navidad. El trono de David, al que se había prometido una duración eterna, está vacío. Son otros los que dominan en Tierra Santa. José, el descendiente de David, es un simple artesano; de hecho, el palacio se ha convertido en una choza. David mismo había comenzado como pastor. Cuando Samuel lo buscó para ungirlo, parecía imposible y contradictorio que un joven pastor pudiera convertirse en el portador de la promesa de Israel.

En el establo de Belén, precisamente donde estuvo el punto de partida, vuelve a comenzar la realeza davídica de un modo nuevo: en aquel niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. El nuevo trono desde el cual este David atraerá hacia sí el mundo es la Cruz. El nuevo trono -la Cruz- corresponde al nuevo inicio en el establo. Pero justamente así se construye el verdadero palacio davídico, la verdadera realeza. Así, pues, este nuevo palacio no es como los hombres se imaginan un palacio y el poder real. Este nuevo palacio es la comunidad de cuantos se dejan atraer por el amor de Cristo y con Él llegan a ser un solo cuerpo, una humanidad nueva. El poder que proviene de la Cruz, el poder de la bondad que se entrega, ésta es la verdadera realeza. El establo se transforma en palacio; precisamente a partir de este inicio, Jesús edifica la nueva gran comunidad, cuya palabra clave cantan los ángeles en el momento de su nacimiento: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama», hombres que ponen su voluntad en la suya, transformándose en hombres de Dios, hombres nuevos, mundo nuevo.

Gregorio de Nisa ha desarrollado en sus homilías navideñas la misma temática partiendo del mensaje de Navidad en el Evangelio de Juan: «Y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,14). Gregorio aplica esta palabra de la morada a nuestro cuerpo, deteriorado y débil; expuesto por todas partes al dolor y al sufrimiento. Y la aplica a todo el cosmos, herido y desfigurado por el pecado. ¿Qué habría dicho si hubiese visto las condiciones en las que hoy se encuentra la tierra a causa del abuso de las fuentes de energía y de su explotación egoísta y sin ningún reparo?.

Anselmo de Canterbury, casi de manera profética, describió con antelación lo que nosotros vemos hoy en un mundo contaminado y con un futuro incierto: «Todas las cosas se encontraban como muertas, al haber perdido su innata dignidad de servir al dominio y al uso de aquellos que alaban a Dios, para lo que habían sido creadas; se encontraban aplastadas por la opresión y como descoloridas por el abuso que de ellas hacían los servidores de los ídolos, para los que no habían sido creadas» (PL 158, 955s).

Así, según la visión de Gregorio, el establo del mensaje de Navidad representa la tierra maltratada. Cristo no reconstruye un palacio cualquiera. Él vino para volver a dar a la creación, al cosmos, su belleza y su dignidad: esto es lo que comienza con la Navidad y hace saltar de gozo a los ángeles. La tierra queda restablecida precisamente por el hecho de que se abre a Dios, que recibe nuevamente su verdadera luz y, en la sintonía entre voluntad humana y voluntad divina, en la unificación de lo alto con lo bajo, recupera su belleza, su dignidad. Así, pues, Navidad es la fiesta de la creación renovada.

Los Padres interpretan el canto de los ángeles en la Noche Santa a partir de este contexto: se trata de la expresión de la alegría porque lo alto y lo bajo, cielo y tierra, se encuentran nuevamente unidos; porque el hombre se ha unido nuevamente a Dios.

Para los Padres, forma parte del canto navideño de los ángeles el que ahora ángeles y hombres canten juntos y, de este modo, la belleza del cosmos se exprese en la belleza del canto de alabanza. El canto litúrgico -siempre según los Padres- tiene una dignidad particular porque es un cantar junto con los coros celestiales. El encuentro con Jesucristo es lo que nos hace capaces de escuchar el canto de los ángeles, creando así la verdadera música, que acaba cuando perdemos este cantar juntos y este sentir juntos.

En el establo de Belén el cielo y la tierra se tocan. El cielo vino a la tierra. Por eso, de allí se difunde una luz para todos los tiempos; por eso, de allí brota la alegría y nace el canto.

Al final de nuestra meditación navideña quisiera citar una palabra extraordinaria de San Agustín. Interpretando la invocación de la oración del Señor: "Padre nuestro que estás en los cielos", él se pregunta: ¿qué es esto del cielo?. Y ¿dónde está el cielo?.

Sigue una respuesta sorprendente: Que estás en los cielos significa: en los santos y en los justos. «En verdad, Dios no se encierra en lugar alguno. Los cielos son ciertamente los cuerpos más excelentes del mundo, pero, no obstante, son cuerpos, y no pueden ellos existir sino en algún espacio; mas, si uno se imagina que el lugar de Dios está en los cielos, como en regiones superiores del mundo, podrá decirse que las aves son de mejor condición que nosotros, porque viven más próximas a Dios. Por otra parte, no está escrito que Dios está cerca de los hombres elevados, o sea de aquellos que habitan en los montes, sino que fue escrito en el Salmo: "El Señor está cerca de los que tienen el corazón atribulado" (Sal 34 [33], 19), y la tribulación propiamente pertenece a la humildad. Mas así como el pecador fue llamado "tierra", así, por el contrario, el justo puede llamarse "cielo"» (Serm. in monte II 5,17).

El cielo no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón. Y el corazón de Dios, en la Noche Santa, ha descendido hasta un establo: la humildad de Dios es el cielo. Y si salimos al encuentro de esta humildad, entonces tocamos el cielo. Entonces, se renueva también la tierra. Con la humildad de los pastores, pongámonos en camino, en esta Noche Santa, hacia el Niño en el establo. Toquemos la humildad de Dios, el corazón de Dios. Entonces su alegría nos alcanzará y hará más luminoso el mundo. Amén.


Benedicto XVI
Extrácto de la Homilía de Solemnidad de la Natividad del Señor
(Misa de Nochebuena 2007)

jueves

La historia se repite

Cuando en 1492 Cristóbal Colón y sus compañeros vieron por primera vez a los habitantes de América nadie tuvo la menor duda de que se trataba de seres humanos. Si bien su atuendo y el color de piel eran diferentes, eran muchas más las semejanzas que los hermanaban. Pero algunos conquistadores no tardaron en advertir lo útil que podía ser considerar "infrahumanos" a los indígenas. Hoy la historia se repite.

Nadie ponía en duda que en el vientre de una madre encinta hay un ser humano que se desarrolla, que siente y que debe ser protegido. Los indígenas podían ser esclavizados y utilizados para todos los trabajos que un europeo no quisiera realizar y sin derecho a recompensa. ¿Cómo podrían defenderse ante el poder militar de Europa? Sólo se necesitaba el reconocimiento público de su inferioridad. Fue así como inició un encendido debate en defensa de los indios, encabezado por Fray Francisco de Vitoria y otros dominicos en la Universidad de Salamanca. "Son seres humanos con los mismos derechos que nosotros".

Tan iguales que acabaron por fundirse con Europa en una sola cultura que hoy llamamos latinoamericana.

Pero ¿por qué tuvieron que ser unos frailes quienes defendieran los derechos humanos? ¿Acaso se trataba de una cuestión religiosa? Hoy basta ponernos de acuerdo sobre la inferioridad del no nacido para poder eliminarlo. Un papel declara públicamente que no tenemos la misma dignidad, para nuestro beneficio. ¿Por qué tiene que ser la Iglesia la que defienda los derechos humanos? ¿Se trata de una cuestión religiosa?

¿Y si alguien pretendiera legalizar el asesinato de niños indígenas para utilizar sus órganos con fines terapéuticos o simplemente para que no sufran la pobreza y el hambre? Tan solo plantearlo da vergüenza. ¿Qué clase de nación es aquella que no es capaz de ofrecer a sus hijos nada mejor que la muerte? Ciertamente hay algunos seres humanos que no tienen sangre indígena en sus venas, pero absolutamente todos hemos sido un feto y un embrión.

Es verdad que, tristemente, aún hoy conocemos casos indignantes en que los indígenas son tratados como animales. Pero sabemos que ningún ser humano sensato permitiría una ley que lo legitimara. Sabíamos que, desgraciadamente, había abortos clandestinos. Pero también sabíamos que nuestra sociedad no pactaba con el asesino. Hoy, sin embargo, no podemos decir lo mismo.

Hoy no podemos estar tan orgullosos de ser hombres porque ya no somos todos iguales. Hoy estamos de luto, y lo estaremos hasta el día en que podamos volver a decir que en el mundo todos los seres humanos valemos lo mismo.



Fernando Morales-Gama
Colaborador de Pensamiento Católico
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