sábado

Hogares Luminosos y Alegres

No se puede hablar del matrimonio sin pensar a la vez en la familia, que es el fruto y la continuación de lo que con el matrimonio se inicia.

Una familia se compone no sólo del marido y de la mujer, sino también de los hijos y, en uno u otro grado, de los abuelos, de los otros parientes y de las empleadas del hogar. A todos ellos ha de llegar el calor entrañable, del que depende el ambiente familiar.
Ciertamente hay matrimonios a los que el Señor no concede hijos: es señal entonces de que les pide que se sigan queriendo con igual cariño, y que dediquen sus energías –si pueden– a servicios y tareas en beneficio de otras almas.

Pero lo normal es que un matrimonio tenga descendencia. Para estos esposos, la primera preocupación han de ser sus propios hijos.

La paternidad y la maternidad no terminan con el nacimiento: esa participación en el poder de Dios, que es la facultad de engendrar, ha de prolongarse en la cooperación con el Espíritu Santo para que culmine formando auténticos hombres cristianos y auténticas mujeres cristianas.
Los padres son los principales educadores de sus hijos, tanto en lo humano como en lo sobrenatural, y han de sentir la responsabilidad de esa misión, que exige de ellos comprensión, prudencia, saber enseñar y, sobre todo, saber querer; y poner empeño en dar buen ejemplo.
No es camino acertado, para la educación, la imposición autoritaria y violenta. El ideal de los padres se concreta más bien en llegar a ser amigos de sus hijos: amigos a los que se confían las inquietudes, con quienes se consultan los problemas, de los que se espera una ayuda eficaz y amable.
Es necesario que los padres encuentren tiempo para estar con sus hijos y hablar con ellos. Los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso.
En esas conversaciones conviene escucharles con atención, esforzarse por comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad –o la verdad entera– que pueda haber en algunas de sus rebeldías. Y, al mismo tiempo, ayudarles a encauzar rectamente sus afanes e ilusiones, enseñarles a considerar las cosas y a razonar; no imponerles una conducta, sino mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la aconsejan.
En una palabra, respetar su libertad, ya que no hay verdadera educación sin responsabilidad personal, ni responsabilidad sin libertad.

Los padres educan fundamentalmente con su conducta. Lo que los hijos y las hijas buscan en su padre o en su madre no son sólo unos conocimientos más amplios que los suyos o unos consejos más o menos acertados, sino algo de mayor categoría: un testimonio del valor y del sentido de la vida encarnado en una existencia concreta, confirmado en las diversas circunstancias y situaciones que se suceden a lo largo de los años.

Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean –lo ven todo desde niños, y lo juzgan: no os hagáis ilusiones– que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.
Es así como mejor contribuiréis a hacer de ellos cristianos verdaderos, hombres y mujeres íntegros capaces de afrontar con espíritu abierto las situaciones que la vida les depare, de servir a sus conciudadanos y de contribuir a la solución de los grandes problemas de la humanidad, de llevar el testimonio de Cristo donde se encuentren más tarde, en la sociedad.

Escuchad a vuestros hijos, dedicadles también el tiempo vuestro, mostradles confianza: creedles cuando os digan, aunque alguna vez os engañen; no os asustéis de sus rebeldías, puesto que también vosotros a su edad fuisteis más o menos rebeldes; salid a su encuentro, a mitad de camino, y rezad por ellos, que acudirán a sus padres con sencillez –es seguro, si obráis cristianamente así–, en lugar de acudir con sus legítimas curiosidades a un amigote desvergonzado o brutal.

Vuestra confianza, vuestra relación amigable con los hijos, recibirá como respuesta la sinceridad de ellos con vosotros: y esto, aunque no falten contiendas e incomprensiones de poca monta, es la paz familiar, la vida cristiana.
¿Cómo describiré –se pregunta un escritor de los primeros siglos– la felicidad de ese matrimonio que la Iglesia une, que la entrega confirma, que la bendición sella, que los ángeles proclaman, y al que Dios Padre tiene por celebrado?...

Ambos esposos son como hermanos, siervos el uno del otro, sin que se dé entre ellos separación alguna, ni en la carne ni en el espíritu. Porque verdaderamente son dos en una sola carne, y donde hay una sola carne debe haber un solo espíritu...

Así, en cada familia auténticamente cristiana se reproduce de algún modo el misterio de la Iglesia, escogida por Dios y enviada como guía del mundo.


Eso somos todos, cada uno en su sitio y en su lugar en el mundo: hombres y mujeres elegidos por Dios para dar testimonio de Cristo y llevar a quienes nos rodean la alegría de saberse hijos de Dios, a pesar de nuestros errores y procurando luchar contra ellos.

...

Por eso, quizá no puede proponerse a los esposos cristianos mejor modelo que el de las familias de los tiempos apostólicos… Familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico.

Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.



San Josemaría Escrivá
Extracto de la Homilía pronunciada en Navidad de 1970

IV Semana de Adviento: La Esperanza

Es inevitable plantearse inmediatamente la pregunta: ¿por qué nacen tan pocos niños en Italia y en otros países occidentales? El principal motivo de la escasez de nacimientos no es de tipo económico. Los nacimientos deberían aumentar a medida que se camina hacia las franjas más elevadas de la sociedad, o según se va del Sur al Norte del mundo, y en cambio sabemos que ocurre exactamente lo contrario.

El motivo es más profundo: es la falta de esperanza, con lo que implica: confianza en el futuro, impulso vital, creatividad, poesía y alegría de vivir.

Si casarse es siempre un acto de fe, traer al mundo un hijo es siempre una acto de esperanza. Nada se hace en el mundo sin esperanza. Necesitamos de la esperanza como del aire para respirar.

Cuando una persona está a punto de desmayarse, se grita a quienes están cerca: «¡Dadle aire!». Lo mismo se debería hacer con quién está a punto de dejarse ir, de rendirse ante la vida: «¡Dadle un motivo de esperanza!». Cuando en una situación humana renace la esperanza, todo parece distinto, aunque nada, de hecho, haya cambiado. La esperanza es una fuerza primordial. Literalmente hace milagros.

El Evangelio tiene algo esencial que ofrecer a nuestra gente, en este momento de la historia: la Esperanza con mayúsculas, virtud teologal, o sea, que tiene por autor y garante a Dios mismo. La esperanzas terrenas (casa, trabajo, salud, el éxito de los hijos...), aunque se realicen, inexorablemente desilusionan si no hay algo más profundo que las sustente y las eleve.

Miremos lo que sucede con la tela de araña; es una obra de arte, perfecta en su simetría, elasticidad, funcionalidad, tensa desde todos los puntos por hilos que tiran de ella horizontalmente. Se sujeta en el centro por un hilo desde arriba, el hilo que la araña ha tejido descendiendo. Si uno desprende uno de los filamentos laterales, la araña sale, lo repara rápidamente y vuelve a su sitio. Pero si se rompe ese hilo de lo alto, todo se distiende. La araña sabe que no hay nada que hacer y se aleja. La Esperanza teologal es el hilo de lo alto en nuestra vida, lo que sustenta toda la trama de nuestras esperanzas.

En este momento en que sentimos tan fuerte la necesidad de esperanza, la fiesta de Navidad puede representar la ocasión para una inversión de marcha. Recordemos lo que dijo un día Jesús: «Quien recibe a un niño en mi nombre, a mí me recibe». Esto vale para quien acoge a un niño pobre y abandonado, para quien adopta o alimenta a un niño del Tercer Mundo; pero vale sobre todo para los padres cristianos que, amándose, en fe esperanza, se abren a una nueva vida.

Muchas parejas que, cuando se anunció el embarazo, se han visto por un momento llenas de confusión, estoy seguro de que sentirán que pueden hacer propias las palabras de la profecía navideña de Isaías: «¡Acrecentaste el gozo, hiciste grande la alegría, porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado!».

P. Raniero Cantalamessa, ofmcapPredicador de la Casa Pontificia
Extraído de la Homilía dada el I Domingo de Adviento - 23/12/2007

jueves

III Semana de Adviento: Felicidad Cristiana

El Santo Padre recordó que el tercer domingo de Adviento se llama domingo de"gaudete", porque invita a los cristianos a alegrarse de la llegada del Señor y afirmó que "la felicidad cristiana brota de esta certeza. Dios está cerca (...) está con nosotros, en la felicidad y en el dolor, en la salud y en la enfermedad".

"Algunos se preguntan: ¿Es todavía hoy posible esta felicidad?- observó el Papa- La respuesta -subrayó- la dan con su vida hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales, felices de consagrar su experiencia a los demás" y entre ellos indicó a la beata Madre Teresa de Calcuta " testimonio inolvidable de la verdadera felicidad evangélica".

Teresa de Calcuta, prosiguió el Santo Padre, conoció "la prueba de la noche oscura de la fe" pero "siguió ofreciendo a todos la sonrisa de Dios" y escribió: "Ser felices con Dios significa: amar como Èl, ayudar como Èl, dar como Èl, servir como Èl".

"Sí, la felicidad entra en el corazón de quien se pone al servicio de los más pequeños y pobres -aseguró el Santo Padre- En quien ama así, Dios mora y el alma es feliz. Si en cambio se hace de la felicidad un ídolo, se equivoca el camino y es verdaderamente difícil encontrar la felicidad de la que Jesús habla".

"Por desgracia esta es la propuesta de las culturas que ponen la felicidad individual al puesto de Dios, mentalidad de la que es efecto emblemático la búsqueda del placer a cualquier precio y la difusión del uso de drogas como vía de escape, como refugio en paraísos artificiales, que se revelan después espejismos".

"También en Navidad -concluyó el Santo Padre - nos podemos equivocar de camino (...) festejando sin abrir el corazón a la felicidad de Cristo" .Por eso, el Papa pidió a la Virgen María que "ayude a todos los cristianos, y a cuantos buscan a Dios, a llegar a Belén para encontrar al Niño que nació por nosotros, para la salvación y la felicidad de todos los seres humanos".

Fuente: VIS 07/12/17

miércoles

Santos devotos de la Inmaculada

El glorioso fundador de la Orden de Predicadores, Santo Domingo, manifestó claramente la creencia en la Inmaculada Concepción de María:

'Así como Adán fue formado de tierra virgen y no maldita, así era conveniente que el segundo Adán, Cristo, naciera también de tierra nunca maldita, es decir, de la Virgen Madre, que nunca fue maldita'. 

Es tradición constante que Santo Domingo comprobó con milagros esta su doctrina; pues cuando la defendía en Tolosa, disputando con los albigenses, fue arrojado al fuego el libro en que ella se contenía y quedó intacto e incólume [1].


Santa Teresa de Jesús, prodigio y gloria del mundo y de España, mostró siempre su devoción a la Inmaculada. Describiendo en el capítulo V de su Vida la conversión de una persona, dice de ella que la Santísima Virgen la ayudó, porque era devota de su Concepción y celebraba su fiesta: 'Nuestra Señora le debía ayudar mucho, que era muy devota de su Concepción y en aquel día hacía gran fiesta' [2].

'San Ignacio fue defensor acérrimo de la Concepción Inmaculada, tanto de palabra como por escrito, según consta de un códice suyo manuscrito, que se conserva en Roma, en el cual, después de describir las singulares ilustraciones que recibió de Dios durante aquellos cruentos días en que estudiaba la manera de establecer la pobreza en la casa de la Compañía, manifiesta más de una vez su amor a la pura Concepción de María' [3] .

Otro santo español, devotísimo de la Inmaculada, fue el glorioso fundador de las Escuelas Pías, San José de Calasanz. Bastará recordar, según un antiguo documento español, que se remonta a la época del Santo mismo, la jaculatoria que a cada toque de campana hacía rezar a los alumnos: 'Alábese el Santísimo Sacramento de la Eucaristía y la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen' [4] .

Finalmente, muy devoto también de la Inmaculada Concepción fue San Antonio María Claret, fundador de los Misioneros del Corazón de María. Dicen sus biógrafos [5] , que 'la Virgen parecía la celestial protectora de todos sus escritos, los cuales solían honrarse en su primera página con la imagen de la Inmaculada, aun antes de que este misterio hubiera sido definido por la Iglesia'.

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[1] cf. GREGORIO ALASTRUEY, o.c., BAC, p.218.
[2] cf. ibid., p217.
[3] cf. ibid., p.221.
[4] cf. BAC, San José de Calasanz, Su obra y escritos [Madrid 1956] p.545.
[5] cf. CRISTÓBAL FERNÁNDEZ, C. M. F., EL Beato Padre Antonio María Claret [Madrid] t.2 p.753

viernes

II Semana de Adviento: Abre tu alma a Dios

Este segundo domingo de Adviento nos recuerda que tenemos que vivir de manera austera […] Que debemos convertirnos a Dios, como pedía a sus coetáneos Juan Bautista. Él tuvo una vida de entrega a los demás, preparando la llegada del Salvador. No es un panorama sombrío sino esperanzador. El Santo Padre nos enseña que cuando te entregas a los demás te haces cada día mejor, estás más alegre, eres más humano, eres más divino, por amor a Dios.



Es la entrega del que sabe priorizar sus amores: primero el amor de Dios y complementariamente -porque así debe ser-, el amor a los hombres. El apóstol San Juan recuerda que "el que ama su vida, la pierde; pero el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna" (Jn 12, 25). Es el mensaje cristiano de identificación con Cristo, que supo dar la vida para la redención de la humanidad. […]


La entrega es el antídoto del egoísmo, de la poltronería, de la comodidad, de la indiferencia[…]



Frente a la tentación de una vida fácil, está la mortificación constante en cosas pequeñas. El santo Cura de Ars afirmaba que hay dos clases de mortificación: "una es interior, otra es exterior, pero las dos van siempre juntas". Aprendamos de ese hombre santo a no rehuir la mortificación interior y la mortificación de los sentidos. Si lo hacemos así, nos estaremos preparando bien para la Navidad, estaremos viviendo adecuadamente el Adviento.



No podemos actuar como el hombre de la parábola que enterró el talento que había recibido. (Cfr. Mt 24, 14-30). Era Dios quien en definitiva le había dado un talento. Dios nos ha dado el ser, la vida, una fe, una familia. Dios nos pide una respuesta a esos dones. Dejarnos llevar por el temor y la inactividad es enterrar el talento, es olvidarnos que Dios nos pide una respuesta y que estamos viviendo un tiempo de preparación, de conversión, de espera del Niño Dios. Es vivir a espaldas de todas esas realidades.



El que vive a espaldas de la fe le está diciendo a ese Dios nuestro: Tú eres muy exigente, me dio miedo y enterré mi talento, todo lo que me diste lo guardé, aquí te lo devuelvo. Pero eso no lo salva; el Señor lo condena. ¿Por qué? Porque el egoísmo es muy malo; al que entierra lo poco que tiene Dios se lo quita y se lo entrega al que más tiene. El primer egoísmo es pensar todo el tiempo en uno mismo. Tenemos que aprender a pensar en los demás y en servir nosotros a los demás. Así nos encaminamos a una conversión a Dios como preparación de la Navidad.



El beato Josemaría Escrivá decía que la mayor cantidad de problemas personales comienza cuando uno piensa demasiado en sí mismo, se encierra en su torre de marfil de manera egoísta y olvida a los demás, olvida los mandamientos de Dios.

¿Cómo puedo hacer para salir de la torre? Juan Bautista nos lo ha dicho: primero rezar, segundo rezar, tercero rezar. En paralelo, vivir austeramente, hacer voluntarias mortificaciones, ofrecer pequeños sacrificios cuando las dificultades de la jornada nos hagan difícil el trabajo.



Abre tu alma a Dios, comunícate con Él, escúchalo. Siente el silencio activo de la oración, que es diálogo entre dos: Dios y tú. No es ponerte simplonamente delante de Dios para decir: me falta esto, quiero lo otro, no tengo esto. Abre tu alma, de verdad: Señor, aquí está tu hijo, hoy vengo con preocupaciones, quiero aborrecer mis pecados. O, en ocasiones, podemos decirle: vengo lleno de gozo, quiero callar para escucharte. Es decir, dejo que el Señor vaya entrando en mi alma de esa manera y no me encierro en mí mismo, que es el egoísmo del que guardó el talento y lo enterró.



Salgo de mí mismo cuando me confieso, porque tantas veces mis pecados me encierran como en una jaula. Pensamos que Dios no nos conoce y el demonio se apropia de esa jaula y te encierra. Confiésate, limpia tu alma[…]



Lucha para tener confianza en Dios, para no encerrarte en pensar mucho en ti mismo. La vida está hecha para pensar en los demás; el egoísmo hay que combatirlo con energía […]



Hay que compartir y seremos felices; ayudemos a todos los prójimos que podamos: los miembros de nuestra familia, los compañeros de trabajo, los vecinos y amigos. […]



Hay gente que lo poco que tiene lo esconde todo para sí, y otra que lo comparte; y hay gente que tiene mucho y se lo guarda, es egoísta, vive triste, y hay ricos que saben vivir con sobriedad y ser generosos. Recordemos a la madre Teresa: “Dios no ha creado la pobreza, la hemos creado nosotros con nuestro egoísmo”.



El egoísmo es un pecado que tiene dos manifestaciones: primero, el egoísmo del cuerpo, que es el abuso de la sensualidad, búsqueda del placer morboso de la vista, el uso indebido del sexo, la imaginación descontrolada; es el egoísmo del animalito, que no repara en su alma inmortal, llamada a gozar de Dios en la eternidad.


Y el otro egoísmo es el egoísmo del alma, casi más peligroso todavía: la soberbia. Ten miedo al pecado de la soberbia, porque ciega, empobrece la fe y nos endiosa con una idolatría mala que nos aleja del verdadero Dios, de nuestro Padre Dios. Vivamos, en cambio, la filiación divina, que es un endiosamiento bueno, porque nos hace hijos de Dios por la humildad, por la mansedumbre, por la generosidad.



Entremos en ese santuario que es un rincón del cielo dentro de ti, en el fondo de tu alma. Tal vez no lo conozcas todavía del todo. Allí es donde Dios ha elegido hacer su morada. Tú sabes lo que es que Dios esté dentro de ti. Recuerda por ejemplo cuando hiciste tu primera comunión. Jesús tiene un rincón dentro de ti; el Dios de los amores, el Amigo de los amigos, el Perdón que perdona al que confiesa sus culpas, quiere entrar a ese santuario tuyo para lavarte el alma y prepararla para la Navidad, para la conversión, para el diálogo continuo con Dios.



La única forma de preparar ese lugar recóndito de tu alma para el ingreso de Dios es rezar constantemente, tener una vida penitente, sentir dolor por las ofensas cometidas. A través de la oración, de la mortificación y del arrepentimiento, abrimos el alma a Dios, le permitimos ingresar a ese santuario que es tu conciencia, en donde se ve claramente dónde está el bien y dónde está el mal.



Pídele a la Virgen que sepas prepararte para recibir al Niño Jesús en tu alma. Ella es ejemplo de mujer hacendosa, trabajadora, fiel a Dios. Nuestra Madre Santa María es la criatura más hermosa. Queremos recordárselo a Nuestra Señora como alabanza rendida, tuya y mía. Que Ella nos ayude a preparar el santuario de nuestra conciencia para recibir a su Hijo queridísimo, venciendo a nuestro egoísmo, a nuestra sensualidad y a nuestra soberbia. Encontraremos en ese diálogo divino la felicidad que nos prepara el camino del cielo, que da tanto gozo que nos permite entregarnos cada día a los demás en pequeños actos de servicio, que nos hace mejores hijos de la Iglesia.



+Juan Luis Cipriani Thorne
Arzobispo de Lima y Primado del Perú
Extracto de la homilía dada en Lima, el 5 de diciembre de 1999

miércoles

I Semana de Adviento: Velad

«Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor... Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre».

Se pregunta a veces por qué Dios nos esconde algo tan importante como es la hora de su venida, que para cada uno de nosotros, considerado singularmente, coincide con la hora de la muerte. La respuesta tradicional es: «Para que estuviéramos alerta, sabiendo cada uno que ello puede suceder en sus días» (San Efrén el Sirio).

Pero el motivo principal es que Dios nos conoce; sabe qué terrible angustia habría sido para nosotros conocer con antelación la hora exacta y asistir a su lenta e inexorable aproximación. Es lo que más atemoriza de ciertas enfermedades. Son más numerosos hoy los que mueren de afecciones imprevistas de corazón que los que mueren de «penosas enfermedades». Si embargo dan más miedo estas últimas porque nos parece que privan de esa incertidumbre que nos permite esperar.

La incertidumbre de la hora no debe llevarnos a vivir despreocupados, sino como personas vigilantes. El año litúrgico está en sus comienzos, mientras que el año civil llega a su fin. Una ocasión óptima para hacer hueco a una reflexión sabia sobre el sentido de nuestra existencia.

La misma naturaleza en otoño nos invita a reflexionar sobre el tiempo que pasa. Lo que decía el poeta Giuseppe Ungaretti de los soldados en la trinchera del Carso, durante la primera guerra mundial, vale para todos los hombres:«Se está / como en otoño / en los árboles / las hojas». Esto es, a punto de caer, de un momento a otro. «El tiempo pasa y el hombre no se da cuenta», decía Dante.

Un antiguo filósofo expresó esta experiencia fundamental con una frase que se ha hecho célebre: «panta rei», o sea, todo pasa. Ocurre en la vida como en la pantalla televisiva: los programas se suceden rápidamente y cada uno anula el precedente. La pantalla sigue siendo la misma, pero las imágenes cambian.

Es igual con nosotros: el mundo permanece, pero nosotros nos vamos uno tras otro. De todos los nombres, los rostros, las noticias que llenan los periódicos y los telediarios del día --de mí de ti, de todos nosotros--, ¿qué permanecerá de aquí a algún año o década? Nada de nada. El hombre no es más que «un trazo que crea la ola en la arena del mar y que borra la ola siguiente».

Veamos qué tiene que decirnos la fe a propósito de este dato de hecho de que todo pasa. «El mundo pasa, pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre» (1 Jn 2, 17). Así que existe alguien que no pasa, Dios, y existe un modo de que nosotros no pasemos del todo: hacer la voluntad de Dios, o sea, creer, adherirnos a Dios.

En esta vida somos como personas en una balsa que lleva un río en crecida a mar abierto, sin retorno. En cierto momento, la balsa pasa cerca de la orilla. El náufrago dice: «¡Ahora o nunca!», y salta a tierra firme. ¡Qué suspiro de alivio cuando siente la roca bajo sus pies! Es la sensación que experimenta frecuentemente quien llega a la fe.

Podríamos recordar, como conclusión de esta reflexión, las palabras que santa Teresa de Ávila dejó como una especie de testamento espiritual: «Nada te turbe, nada te espante. Todo se pasa. Sólo Dios basta».

P. Raniero Cantalamessa, ofmcap
Predicador de la Casa Pontificia
Extraído de la Homilía dada el I Domingo de Adviento - 02/12/2007

jueves

¿Es usted cura?


«¿Es usted cura? No puedo mirarle a usted ni a ningún otro sin pensar en un abusador sexual»

Era sólo la tercera vez que me pasaba en mis 35 felices años como sacerdote, las tres veces en los últimos 9 años y medio. Otros sacerdotes me cuentan que les ha sucedido muchas más veces. Pero tres son bastante. Cada vez me agitó hasta la náusea.

Sucedió el pasado viernes. Acababa de llegar al aeropuerto de Denver para hablar en su popular convención anual, Living Our Catholic Faith. Mientras esperaba al tren eléctrico que me llevase a la terminal, un hombre de unos cuarenta y pico años, que también estaba esperando, se me acercó.

"¿Es usted un sacerdote católico?", preguntó con amabilidad.

"Sí, claro. Mucho gusto", le dije, tendiendo mi mano. Él la ignoró.

"Crecí en un hogar católico", respondió. Yo no estaba preparado para el filo aguzado de su estileto.

"Ahora soy padre de dos chicos, y no puedo mirarle a usted ni a ningún otro cura sin pensar en un abusador sexual".

 ¿Qué responder? ¿Chillarle? ¿Pedir disculpas? ¿Expresar comprensión? Admito que todas esas reacciones vinieron a mi mente mientras me debatía entre la vergüenza y la rabia por el daño y la herida que infligía con esas palabras punzantes.

 "Bueno", me recobré lo suficiente; "sin duda, lamento que lo sienta así. Pero, déjeme preguntarle... ¿automáticamente cree ver un abusador cuando ve un rabino o un ministro protestante?".

"En absoluto"

"¿Y cuando ve un entrenador, un líder boy scout, un padre de acogida, un consejero o médico?"

"Por supuesto que no", respondió. "¿Qué tiene que ver con esto?

 "Mucho", respondí. "Porque cada una de esas profesiones tiene un porcentaje de abusadores tan alto, quizá más, que los sacerdotes".

 "Quizá", admitió. "Pero la Iglesia es el único grupo que sabía lo que pasaba, no hizo nada, y se limitó a pasar los pervertidos de un lado a otro".

"Parece obvio que usted nunca vio las estadísticas sobre los profesores de colegios públicos", comenté. "Solo en mi ciudad de Nueva York, los expertos dicen que la proporción de abusos sexuales entre profesores de la escuela pública es diez veces más alta que entre los sacerdotes, y esos abusadores, simplemente, fueron transferidos de un sitio a otro".

[Si hubiese conocido las noticias del New York Times del pasado domingo sobre la alta tasa de abusos contra los más indefensos en la mayoría de hogares tutelados por el estado, con abusadores simplemente transferidos de un hogar a otro, también lo hubiera mencionado].

No respondió, así que continué.

"Perdone que sea tan contundente, pero usted lo fue conmigo, así que permítame preguntar: ¿cuando usted se mira al espejo, ve un abusador sexual?".

Ahora era él quien se sobresaltaba como yo antes. "¿De qué demonios me habla?", dijo.

"Es triste, pero los estudios nos dicen que la mayoría de los niños abusados sexualmente son víctimas de sus padres o de otros miembros de la familia", respondí.

Ya era bastante. Le vi inquieto y traté de suavizarlo.

"Le diré que, cuando le veo a usted, yo no veo un abusador, y apreciaría la misma consideración por su parte".

El tren nos había llevado a la zona de recogida de equipajes y salimos juntos.

"Bien, entonces ¿por qué sólo oímos toda esa basura acerca de ustedes los curas?", preguntó, pensativo.

"Lo mismo nos preguntamos los curas. Tengo una serie de razones, si le interesa".

Asintió mientras caminábamos hacia la cinta transportadora.

"Por un lado, los curas merecemos un escrutinio más intenso porque la gente confía más en nosotros, ya que osamos afirmar que representamos a Dios, así que si uno de nosotros hace esas cosas, aunque sólo una diminuta minoría lo haya hecho, es más desagradable. 

Segundo, me temo que hay muchos por ahí que no aman a la Iglesia y hacen lo que pueden por dañarnos. Este es un tema con el que adoran azotarnos sin descanso. 

Y tercero, y odio decirlo, se puede sacar mucho dinero denunciando a la Iglesia Católica, mientras que apenas vale la pena denunciar a alguno de los grupos que comenté antes".

Ahora ambos teníamos ya nuestro equipaje y nos dirigimos a la puerta. Él tendió su mano, la que 5 minutos antes no había tendido.

Nos dimos un apretón. "Gracias, encantado de haberle conocido", dijo. Se detuvo un momento. "¿Sabe? Pienso en los grandes sacerdotes que conocí de niño. Y ahora, que trabajo en IT en la Regis University, conozco algunos jesuitas devotos. No deberíamos juzgarles a todos ustedes por los horribles pecados de unos pocos".

"Gracias", sonreí. Supongo que las cosas se habían arreglado porque, mientras se iba, añadió: "al menos, le debo un chiste: ¿qué sucede si no puedes pagar a tu exorcista?".

"Ni idea", respondí.

"Una re-posesión".

Nos reímos y nos separamos. Pese al final feliz, aún temblaba y casi sentí que necesitaba un exorcismo para expulsar de mi alma sacudida el horror que todo este asunto ha significado para las víctimas y sus familias, para nuestros católicos, como ese hombre... y para nosotros, los sacerdotes.

Mons. Timothy Dollan
Arzobispo de Nueva York