lunes

Nuestro Señor Jesucristo y los fundadores de otras religiones.


El científico


«El científico es el sacerdote de la Edad Moderna», se oye hoy con mucha frecuencia. Se alza la vista hacia él, se le mira con profundo respeto, se cree lo que dice (¿qué otro remedio nos queda? Él ha estudiado su asunto y nosotros no. El sabe...). Su palabra es dogma. Sus ornamentos son blancos. Y numerosos monaguillos le llenan de incienso con cualquier motivo.

Bien, hoy es un hombre considerablemente más razonable que hace unos cincuenta años. Entonces opinaba: «Sabemos muchísimo; dentro de un par de generaciones lo sabremos todo». Hoy dice: «¡Sabemos muy poco y cuanto más sabemos, tanto más comprendemos cuántas cosas nos quedan por saber y que la mayoría de las cosas probablemente no las sabremos jamás!». Y «Sabemos cada vez más y más, de cada vez menos y menos!».

No hace todavía cien años, el científico solía decir: «¡Sólo creo lo que veo!». Hoy sabe que precisamente de lo que ve es de lo que no puede fiarse; pues nuestros sentidos son toscos y poco dignos de confianza. Cuando sumergimos en el agua un palo recto, veremos un ángulo que en realidad no existe. El «sólido» cuerpo humano es en realidad una masa de células, y esas células a su vez son acumulaciones gigantescas de átomos que se mueven a velocidad de vértigo.

[...] cuando en El Álamo, en Nuevo Méjico, ascendió al cielo la espantosa seta venenosa de la primera bomba atómica, su principal constructor, el Dr. Robert Oppenheirner exclamó consternado: «Nosotros los físicos hemos inventado el pecado». Decir esto significa un gran paso adelante. Tarde o temprano todos comprenderán que la ciencia no es otra cosa que el intento del hombre por investigar la voluntad de Dios en la naturaleza.

Louis de wohl

miércoles

¿Quién es María?


[…]Para dar al Redentor una naturaleza humana, Dios eligió a una doncella judía de quince años, llamada María, descendiente del gran rey David, que vivía oscuramente con sus padres en la aldea de Nazaret. María, bajo el impulso de la gracia, había ofrecido a Dios su virginidad, lo que formaba parte del designio divino sobre ella.

Era un nuevo ornato para el alma que había recibido una gracia mayor en su mismo comienzo. Cuando Dios creó el alma de María, en el instante mismo de su concepción en el seno de Ana, la eximió de la ley universal del pecado original. María recibió la herencia perdida por Adán. Desde el inicio de su ser, María estuvo unida a Dios. Ni por un momento se encontró bajo el dominio de Satán aquella cuyo Hijo le aplastaría la cabeza.

Aunque María había hecho lo que hoy llamaríamos voto de castidad perpetua, estaba prometida a un artesano llamado José. Hace dos mil años no había «mujeres independientes» ni «mujeres de carrera». En un mundo estrictamente masculino, cualquier muchacha honrada necesitaba un hombre que la tutelara y protegiera. Más aún, no entraba en el plan de Dios que, para ser madre de su Hijo, María tuviera que sufrir el estigma de las madres solteras. Y así, Dios, actuando discretamente por medio de su gracia, procuró que María tuviera un esposo.

El joven escogido por Dios para esposo de María y guardián de Jesús era, de por sí, un santo. El Evangelio nos lo describe diciendo, sencillamente, que era un «varón justo». El vocablo «justo» significa en su connotación hebrea un hombre lleno de toda virtud. Es el equivalente a nuestra palabra actual «santo».

No nos sorprende, pues, que José, al pedírselo los padres de María, aceptara gozosamente ser el esposo legal y verdadero de María, aunque conociera su promesa de virginidad y que el matrimonio nunca sería consumado. María permaneció virgen no sólo al dar a luz a Jesús, sino durante toda su vida.

Cuando el Evangelio menciona «los hermanos y hermanas» de Jesús, tenemos que recordar que es una traducción al castellano de la traducción griega del original hebreo, y que allí estas palabras significan, sencillamente, «parientes consanguíneos», más o menos lo mismo que nuestra palabra «primos».

La aparición del ángel sucedió mientras permanecía con sus padres, antes de irse a vivir con José. El pecado vino al mundo por libre decisión de Adán; Dios quiso que la libre decisión de María trajera al mundo la salvación. Y el. Dios de cielos y tierra aguardaba el consentimiento de una muchacha.

Cuando, recibido el mensaje angélico, María inclinó la cabeza y dijo «Hágase en mí según tu palabra», Dios Espíritu Santo (a quien se atribuyen las obras de amor) engendró en el seno de María el cuerpo y alma de un niño al que Dios Hijo se unió en el mismo instante.

[…] Es este momento trascendental de la aceptación de María y del comienzo de nuestra salvación el que conmemoramos cada vez que recitamos el Angelus.


Y no sorprende que Dios preservara el cuerpo del que tomó el suyo propio de la corrupción de la tumba. En el cuarto misterio glorioso del Rosario, y anualmente en la fiesta de la Asunción, celebramos el hecho que el cuerpo de María, después de la muerte, se reunió con su alma en el cielo.

[…] A veces, nuestros amigos acatólicos se escandalizan de lo que llaman «excesiva» glorificación de María. No tienen inconveniente en llamarla María la Madre de Cristo, pero antes morirían que llamarla Madre de Dios. Y, sin embargo, a no ser que nos dispongamos a negar la divinidad de Cristo (en cuyo caso dejaríamos de ser cristianos), no hay razones para distinguir entre «Madre de Cristo» y «Madre de Dios».

Una madre no es sólo madre del cuerpo físico de su hijo; es madre de la persona entera que lleva en su seno. La completa Persona. concebida por María es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

[…] Los que objetan que el honor dado a María se detrae del debido a Dios; los que critican que los católicos «añaden» una segunda mediación «al único Mediador entre Dios y hombre, Jesucristo Dios encarnado», muestran lo poco que han comprendido la verdadera humanidad de Jesucristo.

Porque Jesús ama a María no con el mero amor imparcial que tiene Dios por todas las almas, no con el amor especial que tiene por las almas santas; Jesús ama a María con el amor humano perfecto que sólo el Hombre Perfecto puede tener por una Madre perfecta.

Quien empequeñece a María no presta un servicio a Jesús. Al contrario, quien rebaja el honor de María reduciéndola al nivel de «una buena mujer», rebaja el honor de Dios en una de sus más nobles obras de amor y misericordia.

P. Leo J. Trese
Extraído de: "La Fe explicada" ed. Rialp; pag. 89-94

martes

Dios te salve Reina y Madre



Un día como hoy, 13 de mayo, tuvo a bien el buen Dios permitir que su Santa Madre salga al encuentro de nosotros sus hijos. Para ello se apareció a tres pastorcitos en Coba de Iría (Portugal). En aquel lugar nos hizo un llamado a la conversión y al compromiso, a la oración (recomendando el rezo del rosario) y a la penitencia. Un llamado que como Madre de Dios y nuestra, busca la gloria de Dios y nuestra salvación.

Su mensaje aún con el paso de los años no ha perdido vigencia, en si puede resumirse en aquellas palabras que dirigió a los siervos en la boda de Caná: “Haced lo que Él os diga”.


viernes

¿Puede un Dios bueno haber creado un mundo donde haya hombres malos?

La existencia de la maldad, el dolor y el sufrimiento en el mundo es el argumento más persistente contra la fe en Dios. Usualmente, se formula de esta manera:

1.     Un Dios omnisciente sabría que el mal existiría.

2.     Un Dios amoroso no desearía que esa maldad exista.

3.     Un Dios poderoso haría que esa maldad no exista.

4.     Sin embargo, la maldad existe.

Dado que la cuarta proposición es claramente innegable, se deduciría entonces que una de las tres primeras premisas es falsa; en otras palabras, Dios no podría simultáneamente ser omnisciente, amoroso y todopoderoso; por lo tanto, Dios no existe, es la conclusión que esbozan quienes utilizan este razonamiento, al tiempo que exclaman «¡Jaque mate!», pues lo consideran devastador.

Sin embargo, no hace mucho un filósofo estadounidense llamado Alvin Plantinga ideó una nueva proposición cuyo propósito es mostrar que es lógicamente posible que Dios cree un mundo que contenga maldad. Se trata de un razonamiento sencillo, en realidad:

1.     Un mundo que contiene seres libres y que libremente hacen más bien que mal es más valioso, ceteris paribus [1],  que un mundo que no contiene criaturas libres para nada.

2.     Dios puede crear criaturas libres sin determinarlas a hacer solo lo correcto, pues si lo hiciera, en el fondo no serían criaturas libres, pues no harían lo correcto libremente.

C. S. Lewis [2]  estaría de acuerdo. Por ejemplo, en su libro El problema del dolor, afirma: «Podríamos imaginar un mundo en el que Dios siempre estuviera corrigiendo las consecuencias del abuso de libertad por parte de sus criaturas; de este modo, un palo de madera se volvería suave como el tallo de una flor cuando intentase usarlo para atacar a alguien o el aire se negaría a transmitir las ondas sonoras que salen de mi boca si contuvieran mentiras e insultos. En ese mundo las acciones malas serían imposibles, y debido a ello el libre albedrío no tendría ningún alcance. Si lleváramos ese principio hasta sus últimas consecuencias, incluso los mismos malos pensamientos serían imposibles, pues la materia gris que usáramos rehusaría su labor cuando tratásemos de moldearla» [3].

Siguiendo con su defensa, Plantinga afirma que, lamentablemente, algunas de las criaturas libres que Dios creó usaron su libertad para ejercer el mal. Y esta es la fuente de la maldad moral. El hecho de que muchas personas ejerzan su libertad hacia el mal algunas veces no contradice la omnipotencia o bondad de Dios, pues erradicar la existencia de la maldad sería posible solo erradicando al mismo tiempo la posibilidad del bien moral.

En conclusión, es posible que Dios —incluso siendo todopoderoso— no pueda crear un mundo libre que solo contenga bien moral, un mundo sin maldad. Por tanto, no existe inconsistencia lógica en que Dios, a pesar de ser bondadoso, haya creado un mundo de criaturas libres capaces de hacer el mal.


---------------------------------
[1] Expresión latina que significa ‘manteniendo constantes o equivalentes los demás elementos de la comparación’.
[2] Escritor cristiano anglicano, autor de obras como Las crónicas de Narnia, Mientras no tengamos rostro, Sorprendido por la alegría, Una pena observada, etc.
[3] C. S. Lewis, The Problem of Pain, Nueva York: Harper San Francisco, 2001, p. 24.

lunes

¿El hijo o la madre? ¿Es realmente lícito el aborto?

Llegamos a un callejón aparentemente sin salida en las discusiones sobre el aborto cuando consideramos que la defensa del derecho a la vida de los hijos va contra la libertad y el derecho a la autodeterminación de las madres.


No abortes, no tengas miedo, Dios proveerá
El planteamiento que lleva a ese callejón es sencillo: hay mujeres que no desean dar a luz al hijo que llevan dentro de sus entrañas. Prohibir el aborto es imponerles la aceptación de algo que no quieren, obligarlas a seguir adelante con el embarazo, y luego (si no consiguen dar en adopción al hijo) “encadenarlas” con todas las consecuencias del parto y de los años y años de educación y atenciones que todo niño necesita.



Una argumentación como la anterior impacta y convence a muchos. Algunas frases breves la sintetizan con fórmulas semejantes a las siguientes: nadie puede ser madre contra su voluntad; la mujer da a luz, la mujer decide; lo que ocurre dentro del cuerpo de la mujer es asunto estrictamente de ella y de nadie más; se es madre libremente, se renuncia a la maternidad libremente; etc.


De este modo, presenciamos una especie de confrontación. Por un lado estaría la mujer, con su proyecto de vida, en una situación concreta (con o sin trabajo, más joven o de más edad, con o sin hijos, en su casa o sola), desde las relaciones en las que se mueve (amigos, familiares, quizá su esposo o amante). Por otro lado, tenemos un ser humano pequeño, indefenso, casi invisible (sobre todo en las primeras semanas del embarazo).


Ese ser diminuto, el hijo, depende del cuerpo materno, busca instintivamente desarrollarse, dialoga de maneras diversas (químicas, fisiológicas) con el ambiente en el que crece poco a poco. Avanza, si no hay enfermedades graves o accidentes imprevistos, hacia ese día, el del parto, que para muchos es motivo de fiesta cada año.


Pero la madre, o quienes influyen de modo más o menos intenso sobre ella, no desea ese hijo. Por eso, “librarse” de su presencia, terminar con su desarrollo, puede llegar a ser visto como una liberación, como la salida de un túnel en el que la mujer no querría haber entrado.


El planteamiento tiene un fuerte impacto en la mentalidad moderna, que da gran realce a la idea de autodeterminación, que defiende la libertad como un derecho fundamental para todo ser humano. Si añadimos que existe una corriente de pensamiento que considera que la maternidad habría sido (y todavía seguiría siendo en muchos lugares), una esclavitud para la mujer, y que impedir el aborto era (y es) un modo de los varones para someter al “sexo débil”, entonces el paso dado por muchos es lógico: el aborto es un derecho, una conquista, un beneficio para la condición femenina, y oponerse al aborto es ir contra un derecho fundamental de la mujer.


Pero el planteamiento adolece de un error en su punto de partida: olvida que los deseos y proyectos de los seres humanos, que son muchos y variados, nunca pueden convertirse en un motivo válido para justificar el que algunos, los adultos y los fuertes, puedan eliminar la vida de otros, los débiles y los más indefensos.


La historia humana, y la propia experiencia personal, nos hace ver cuántas situaciones se dan en las que la presencia del “otro” se convierte en un obstáculo a los proyectos más deseados. Bastaría simplemente con evocar la escena de los concursos para obtener un puesto de trabajo: miles de personas compiten a través de un examen u otras pruebas para lograr la conquista de pocas plazas. Unos ganan, otros (en ocasiones, muchísimos), pierden. El sentimiento de pena y de rabia de los derrotados puede volcarse contra quienes, como ganadores, impiden a los perdedores alcanzar el sueño de sus vidas.


Ese sentimiento negativo no es nunca excusa válida para agredir ni para matar al vencedor de un concurso. En otras palabras, encontrarse, a lo largo de la vida, con otros hombres o mujeres que de alguna manera alteran, obstaculizan e impiden, a veces profundamente, la satisfacción de deseos intensos que uno alberga en el propio corazón, no es motivo suficiente para considerar que la existencia de los obstaculizadores sea de menor valor que la propia. En palabras sencillas: un “rival” no pierde su derecho a vivir, por más que su presencia derrumbe por completo los proyectos más anhelados.


Esto se aplica a miles de situaciones humanas. Por desgracia, el pasado y el presente revelan una realidad muy diferente de los principios. El derecho a la fama, a la salud, incluso a la vida, de quienes son vistos como “rivales” muchas veces es pisoteado, de mil maneras (calumnias, crímenes, guerras) por los que consideran que sus proyectos personales les otorgan una especie de licencia para eliminar a quienes son vistos como obstáculos.


Aplicado lo anterior al tema del aborto, resulta claro que el hijo, cuando su madre (o quienes la presionan) lo ve como “rival” o como obstáculo, se encuentra en una grave situación de desventaja. Mientras en la vida normal los adultos suelen ser protegidos por policías y por tantas otras personas de buena voluntad, el hijo vive en una etapa de desarrollo muy particular, escondido en el seno materno, y con enormes limitaciones debidas a las distintas fases de su crecimiento.


Pero las circunstancias que envuelven los primeros meses de vida del hijo no eliminan el dato de su existencia ni la dignidad propia de su condición humana. Esa dignidad no depende del tamaño, ni de la autonomía, ni del coeficiente intelectual, ni del sexo, ni de la raza, ni de las cuentas bancarias, ni de la nacionalidad, ni de la religión. Radica simplemente en su condición humana.


Por lo mismo, el tema del aborto está mal planteado si olvida la dignidad del hijo, y si los proyectos de su madre (o de quienes la presionan de mil modos) quedan exaltados por encima de todo criterio de justicia, como si tales proyectos permitiesen, desde la situación de debilidad del hijo, una especie de excepción a la regla según la cual todos los seres humanos gozamos de la misma dignidad.


Recordarlo ayudará a superar planteamientos que han permitido una amplia difusión del mal llamado “aborto legal”, y permitirá reformular las leyes en función de la tutela de los hijos, y de la búsqueda de ayudas y de soluciones concretas y eficaces para que las mujeres puedan llevar adelante su embarazo desde la aceptación serena de la vida de sus hijos. Así miles de madres descubrirán que es posible conjugar sus sanos proyectos personales con el respeto a la vida de un hijo que algún día podrá dar gracias a su madre por haberle permitido nacer, y a tantas personas buenas por haber sostenido a su madre en situaciones a veces complejas, pero nunca insuperables.

P. Fernando Pascual

martes

Fiesta de Corpus Christi


Creo que lo más necesario que hay que hacer en la fiesta del Corpus Domini no es explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año estupor y maravilla ante el misterio. La fiesta nació en Bélgica, a principios del siglo XIII; los monasterios benedictinos fueron los primeros en adoptarla; Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264, parece también que por influencia del milagro eucarístico de Bolsena, hoy venerado en Orvieto.

Pensamiento Católico


¿Qué necesidad había de instituir una nueva fiesta? ¿Es que la Iglesia no recuerda la institución de la Eucaristía el Jueves Santo? ¿Acaso no la celebra cada domingo y, más aún, todos los días del año? 

 
De hecho, el Corpus Domini es la primera fiesta cuyo objeto no es un evento de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía.
Responde a una necesidad: la de proclamar solemnemente tal fe.
Se necesita para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y dejar de hacerle caso, mereciendo así el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: «¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!».


Esto explica la extraordinaria solemnidad y visibilidad que esta fiesta adquirió en la Iglesia católica. Por mucho tiempo la del Corpus Domini fue la única procesión en toda la cristiandad, y también la más solemne.

Hoy las procesiones han cedido el paso a manifestaciones y sentadas (en general de protesta); pero aunque haya caído la forma exterior, permanece intacto el sentido profundo de la fiesta y el motivo que la inspiró: mantener despierto el estupor ante el mayor y más bello de los misterios de la fe. La liturgia de la fiesta refleja fielmente esta característica. Todos sus textos (lecturas, antífonas, cantos, oraciones) están penetrados de un sentido de maravilla. Muchos de ellos terminan con una exclamación: «¡Oh sagrado convite en el que se recibe a Cristo!» (O sacrum convivium), «¡Oh víctima de salvación!» (O salutaris hostia).


Si la fiesta del Corpus Domini no existiera, habría que inventarla. 

Si hay un peligro que corren actualmente los creyentes respecto a la Eucaristía es el de banalizarla. En un tiempo no se la recibía con tanta frecuencia, y se tenían que anteponer ayuno y confesión. Hoy prácticamente todos se acercan a Ella... Entendámonos: es un progreso, es normal que la participación en la Misa implique también la comunión; para eso existe. Pero todo ello comporta un riesgo mortal. San Pablo dice: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual a sí mismo y después coma el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo».


Considero que es una gracia saludable para un cristiano pasar a través de un período de tiempo en el que tema acercarse a la comunión, tiemble ante el pensamiento de lo que está apunto de ocurrir y no deje de repetir, como Juan Bautista: «¿Y Tú vienes a mí?» (Mateo, 3,14). Nosotros no podemos recibir a Dios sino como «Dios», esto es, conservándole toda su santidad y su majestad. ¡No podemos domesticar a Dios!


La predicación de la Iglesia no debería tener miedo --ahora que la comunión se ha convertido en algo tan habitual y tan «fácil»-- de utilizar de vez en cuando el lenguaje de la epístola a los Hebreos y decir a los fieles: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Dios juez universal..., a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una nueva sangre que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12, 22-24). En los primeros tiempos de la Iglesia, en el momento de la comunión, resonaba un grito en la asamblea: «¡Quien es santo que se acerque, quien no lo es que se arrepienta!».


Uno que no se acostumbró a la Eucaristía y habla de Ella siempre con conmovido estupor era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo... ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!».


Pero no debe ser tanto la grandeza y la majestad de Dios la causa de nuestro estupor ante el misterio eucarístico, cuanto más bien su condescendencia y su amor. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.


P.  RANIERO CANTALAMESSA
Predicador del papa
Google+