viernes

El pozo profundo

En el patio de una casa noble de Siena hay un pozo profundo. En la parte alta pasa desapercibida una inscripción grabada en la piedra, que me impresionó, porque nunca había visto expresado algo tan evidente. Dice en latín: «En el fondo, brilla». Cosa bien cierta. Un pozo es tenebroso, si no se mira hasta el fondo: porque allí, por mucha profundidad que tenga, se refleja el cielo.

Ésta ha sido la experiencia de los místicos de todos los tiempos.

Cuando se mira al fondo del alma, se puede contemplar a Dios. Es la clarividencia de Pablo en llamarnos «templos de Dios»; el acierto de Juan de la Cruz al localizar la «bodega» interior; la alegría de Teresa de Jesús al descubrir la «séptima morada».

En tiempos «recios», como los que vivimos, parece que caen en un pozo las convicciones firmes, los comportamientos nobles, el concepto de familia o aún de persona. Pero sería bueno que cada uno mirara más a su interior, a su profundidad, dando tiempo a la oración para que, a través de muchos, Dios pudiera manifestarse con más evidencia.

Dios es un Dios-Amor que nos da coraje y libertad, un Dios fuerte y santo que, ante el mal, exige fidelidad personal, pide justicia para los hermanos y envía a todos a la evangelización.

Busquemos una semejanza mayor con Cristo. Demos a los otros aquéllo a lo que tienen derecho y que necesitan, quizás sin tener conciencia de ello: descubrir a Dios en su vida.


Cardenal Ricardo María Carles
Arzobispo emérito de Barcelona.

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Un chino moribundo da las gracias al sacerdote que le asistió

Un ilustre religioso, el Padre Tremanns, después de haber permanecido en la China como misionero por más de nueve años, regresó a Europa a causa de su delicada salud. Se estableció para reponerse en la casa misión de San Gabriel, no lejos de Viena, ciudad en la que dio algunas conferencias refiriendo los nobles esfuerzos y fatigas de los misioneros para evangelizar tan vasto país.

Ilustraba sus relatos con interesantes proyecciones y los salpimentaba con curiosos ejemplos, la mayor parte sucedidos a él mismo. Entre infinidad de ellos refirió el siguiente:

Un chino, recién ganado para el Cristianismo, yacía gravemente enfermo y próximo a morir. En aquel trance el buen hombre envió a por un sacerdote. Pero como la casa misión se hallaba a una distancia enorme, el mensajero tardó casi tres días en alcanzarla. Correspondió hacerse cargo de aquel servicio al Padre Tremanns, y púsose al punto en camino, llegando, al cabo de otros tres días de viaje, donde estaba el enfermo.

Encontró a éste en tal estado de gravedad, que todo hacía presumir la inminencia del desenlace. Confesóle y administróle la Sagrada Comunión, que recibió con todo su ardor de neófito.

Luego de esto, dijo aquel hombre al sacerdote: “Querido padre, te agradezco con toda el alma lo que por mí has hecho. Atravesaste vastas llanuras y encumbradas montañas para venir en mi auxilio. Ni los rigores de los elementos, ni las fatigas de tan largo camino te arredraron. Ahora, pues, una promesa te hago solemnemente, y todos pueden decirte que sé cumplir lo que prometo: Cuando llegue al Cielo, después de haber prestado a Dios el acatamiento que le corresponde, mi primer acto será pedirle que te bendiga copiosamente, por los desvelos y afanes que conmigo has tenido.”

Estas muestras de agradecimiento de un espíritu sencillo y pueril emocionaron en gran manera al misionero, y bastaron a recompensarle crecidamente las incomodidades y sinsabores de tan fatigoso viaje.

Todos los cristianos deberíamos tener siempre muy presentes los favores que debemos a los sacerdotes, y por los que ellos no recibirán recompensa mundana alguna. De esta manera nos inclinaríamos más y más a quererlos y respetarlos.

(Spirago, Catecismo en ejemplos, t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp.228-229)

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jueves

El mundo gira, la cruz permanece en pie

Los cartujos adoptaron en sus monasterios un lema que conserva toda su fuerza: “Stat crux dum volvitur orbis”: la cruz permanece en pie, mientras el mundo gira.


Las crisis económicas, las catástrofes por terremotos o huracanes, las desgracias que surgen con las guerras y la delincuencia, recuerdan a cada generación una verdad que olvidamos en los tiempos de bonanza: nada en el mundo permanece, todo lo material y humano está sometido a la ley del cambio.


La cruz de Cristo, sin embargo, conserva la vitalidad y la fuerza de su mensaje para cada generación, para cada pueblo, para cada persona, para cada circunstancia de la vida.


Porque en medio de las guerras y los crímenes la cruz consuela a las víctimas e invita a los verdugos al arrepentimiento.



Porque en los periodos de sequía y de hambre la cruz mueve los corazones para que sepan compartir sus alimentos (pocos o muchos) con quienes viven en medio de la miseria.



Porque en los momentos de bendiciones y de paz la cruz invita a no apegarnos a lo pasajero y a usar del dinero y de los bienes materiales para compartirlos con los más necesitados.



Porque en los tiempos de crisis y de bancarrota la cruz permite mirar hacia el cielo y reconocer que el dinero no lo es todo.



Porque en la hora de la enfermedad y de la muerte la cruz consuela y acompaña al enfermo y a sus familiares y permite emprender la última travesía agarrados a un madero de esperanza, según una famosa expresión de san Agustín.



Porque, en definitiva, lo único importante en la vida humana, con sus penas y sus alegrías, sus fiestas y sus funerales, consiste en dejarse abrazar por Jesús el Nazareno, en acoger su Sangre bendita, en suplicarle el perdón de nuestras culpas, y en ofrecerle un gesto de caridad en quienes lo necesitan: los enfermos, los pobres, los ancianos, los desilusionados por los mil avatares de la vida.


El mundo gira y cambia, la cruz sigue en pie. Vale la pena recordarlo, mientras miramos a un crucifijo y le pedimos al Señor que sea nuestro Camino, nuestra Verdad, nuestra Vida, en el tiempo y en lo eterno.

P. Fernando Pascual



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En defensa de la vida









Entrevista al P. Gonzalo Len

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martes

Aborto y relativismo

Despojado el rechazo al aborto de su base científica, sólo le queda el argumento ético y ahí es donde interviene el relativismo con toda su fuerza.

"Tú no tienes por qué abortar si no quieres, pero no tienes derecho a imponer tus principios morales a los demás. Si lo intentas, eres un enemigo de la libertad, antidemócrata y nazi".

Esta frase, con más o menos variantes, la estamos escuchando todos los días en cuanto nos atrevemos a decir que el aborto es un crimen abominable. No importa que esgrimamos los datos científicos que demuestran que el ser humano empieza a existir desde la concepción.

Siempre encuentran algún "científico" que es capaz de decir aquello que quiere oír quien le paga, los que negocian con la matanza de los inocentes. Por eso, la discusión en torno al aborto siempre termina con la frase antes citada, que es la aplicación del relativismo a un caso concreto.

Tenía razón Rouco cuando afirmó, en la inauguración de la Plenaria del Episcopado, que "sin una base moral objetiva ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable".

Cuando el relativismo se impone y se llega incluso a convertir en dictadura –es decir, cuando ya no te permiten ni expresar tus opiniones en contra de algo que está legislado–, entonces la democracia se convierte –son palabras también de Rouco– en un "mecanismo empírico", en algo meramente formal.


Por eso, aunque no se lo crean los que nos denigran, cuando estamos defendiendo la vida del no nacido estamos a la vez defendiendo la verdadera democracia.

El tiempo nos dará la razón, aunque, por desgracia, para ello hayan tenido que morir millones de inocentes.

Santiago Martín, sacerdote

jueves

El pequeño escéptico y el pequeño creyente.

- El pequeño escéptico (E): ¿Tú crees que hay una vida después del nacimiento?

- El pequeño creyente (C): Pues claro, ¿qué te crees? Nuestra vida aquí está pensada sólo para que crezcamos y nos preparemos para la vida después del nacimiento, para que entonces seamos lo suficientemente fuertes para lo que nos espera.

-E: Yo lo encuentro una tontería. ¿Cómo hay que imaginarse una vida después del nacimiento?

-C: Yo no lo sé tampoco exactamente. Pero seguro que será mucho más interesante que aquí. ¡A lo mejor vamos andando de un sitio a otro y comemos con la boca!

-E: ¡Anda ya! ¡Comer con la boca! ¡Qué idea tan absurda! Para eso tenemos un cordón umbilical. ¿Y andar de un lado para otro? ¿Cómo vamos a andar de un lado para otro con este cordón?

-C: Pero seguro que eso es posible. Sólo que será todo un poco diferente que aquí.

-E: Todavía no ha vuelto a este inundo nadie que haya nacido. Con el nacimiento se acaba la vida. Y la vida es sólo una tortura. Estrecho, oscuro, y todo siempre tan resbaladizo...

-C: Yo no sé tampoco cómo imaginarme una vida después del nacimiento. Pero seguro que entonces veremos a nuestra madre.

-E: ¿,Quéeee?? ¿Una madre?? ¿Tú crees en una madre? Entonces hazme el favor de decirme, ¿dónde está?

-C: Bueno, aquí, en todas partes. Nosotros vivimos en ella y gracias a ella. Sin ella no podríamos existir.

-E: ¡Anda ya! Yo no he sentido nunca a una madre, así es que no existe.

-C: Algunas veces, cuando estamos muy calladitos, la puedes oír cantar. O sentirla cuando acaricia nuestro mundo. Yo de verdad creo que nuestra vida de verdad empieza entonces, cuando nacemos...

Henri Nouwen

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Un buen devocionario

En un convento vivía un anciano hermano lego, muy piadoso. Era jardinero y se dedicaba con todo empeño a su trabajo. No tenía ninguna instrucción, ni siquiera sabía leer.

[...] Cierto día le preguntó un hermano más joven cómo podía rezar con tanta devoción.

El anciano religioso sonreía.

- Yo tengo un devocionario muy bueno; allí está, dijo señalando el crucifijo.

– Sí, sí –contestó el otro–, pero no veo nada escrito en este libro.

– Sin embargo –le explicó el hermano–, hay tanto que aprender en este libro que nunca terminarías de hacerlo.

– No comprendo lo que quiere decir; explíquemelo.

El anciano, tomando asiento en un banco, empezó así:

– Cuatro veces leo todos los días en este libro. Por la mañana miro los pies de Jesús crucificado; estos pies han caminado mucho para buscar las ovejas perdidas y extraviadas. Una de esas soy yo. Entonces pienso en mis pecados y me arrepiento de ellos.

Hacia mediodía contemplo las manos del crucificado y digo:

Estas manos están extendidas y abiertas para regalarme gracias y favores. De todos ellos –¡Y son tantos los que he recibido!–, me acuerdo y doy gracias a Dios.

Más tarde considero la cabeza de Jesús, con tantas heridas y discurro así:

En esta divina cabeza está toda la ciencia y sabiduría y esta boca nos ha anunciado las verdades eternas de nuestra santa religión, y entonces realizo actos de fe en mi corazón.

Por la tarde miro la llaga de su costado y pienso:

Este corazón ha sido traspasado por mí para ser mí refugio en la vida y en la muerte. Entonces pienso en mi muerte, encomendándome al Sagrado Corazón de Jesús.

¿No ve, querido hermano, cuánto se puede leer en este libro?

– Lo tendré muy presente –dijo el joven–, y trataré de aprender a leer en él.

Contemplad a menudo el crucifijo y aprenderéis mucho.



P. Pablo Schneider, S.C.D.

Extraído de: "Cristo Crucificado"; Editorial Guadalupe Bs.AS. 1959, pag 19– 20, 105– 107.

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martes

La rebelion de Los Angeles y La caida de Lucifer

Se trabó un gran combate en el cielo:
Miguel y sus ángeles luchaban contra el drag6n.
(Apocalipsis, 12, 7)


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lunes

El escritor y el criado del convento

Un fámulo de un convento, que había leído un libro es­crito por un religioso de aquella casa, dijo cierto día al escri­tor:

'No tengo ninguna duda que por haber escrito libros de tanta verdad y enseñanza, Dios le recompensará con un gran premio en el Cielo'.

El religioso, de suyo muy humilde, respon­dióle:

'Querido amigo, el día del Juicio Final vendrán a tener igual valor mis libros que la escoba que usted usa. Y si por azar la intención que usted hubiese puesto en sus tráfagos de limpieza doméstica, resultase más agradable a Dios que la mía al escribir mis libros, recibirá sin duda mayor recompensa y será exaltado por Dios muy por encima de mí'.

Harta razón tenía aquel buen religioso, que un hábil trabajo puede agradar a Dios, si ha sido hecho con recta intención y ánimo de hon­rarle, pero también hay muchos santos en el cielo que en la tierra ni por asomo brillaron por la maestría de sus obras.

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Hermosa Respuesta

Un librepensador de visita en casa de un amigo suyo, vio llegar del Catecismo al hijo de su amigo.


¿Qué se le ha enseñado hoy, mi hijito? — le preguntó


El misterio de la Santísima Trinidad, señor es decir, el misterio de un solo Dios en tres personas.


—Y estas tres personas ¿son…?


El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo


Bien, muy bien. ¿Y me podrás decir cuál es más anciano? ¿El Padre o el Hijo?


—Son tan ancianos el uno como el otro, señor


¿En verdad? ¿Entonces tu papá no es mayor que tú?


No, señor; hace el mismo tiempo que él es mi padre y que soy su hijo.


El librepensador no insistió.


P. Juan B. Lehmann
Extraído de: Salió el Sembrador,
Tomo VII, Volumen I, Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1950, pág. 377-378

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martes

En el cielo no hay envidia

Si diez personas sedientas aplican los labios a un caudaloso arroyo y todas apagan igualmente su sed, aunque unas beban más que otras no podrá haber entre ellas ninguna envidia.

Tampoco existe envidia en el cielo. Como cada alma posee a Dios y goza de El cuanto le es dable poseerle y gozarle, no puede envidiar a nadie.

La envidia se produce cuando vemos que otros poseen un bien que nosotros no poseernos, o cuando otros lo poseen de un modo que parece disminuir el nuestro.

En el cielo, Dios se da todo a todos y en la medida de que cada uno es capaz de poseerlo. La envidia es, pues, imposible; al contrario, la caridad, que reina como soberana en aquella mansión dichosa hace que cada cual goce de los bienes de otros como del suyo propio; y así la felicidad ajena, lejos de disminuir la nuestra, la acrecentará al aparecer como común a todos.

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jueves

El niño y el caballo

'El pequeño te pide con lágrimas que le coloques sobre tu caballo.


¿Le escuchas? ¿Le complaces? ¿Eres firme o complaciente? ¿Por qué te niegas? ¿Qué es lo que te mueve a ello?


Sin duda alguna, tienes buena intención: ¿Quién puede dudarlo? Guardas para él tu fortuna; pero ahora que es niño todavía, aunque llore, no le colocas sobre tu caballo.


Todo lo que posees, tu casa y lo que hay dentro de la casa, y también la tierra y lo que hay en él, lo conservas para él, y, no obstante, a pesar del lloriqueo, no pones al niño sobre el caballo.


Que llore cuanto quiera, que llore todo el día; no le escuchas, y no le escuchas por misericordia ; y en caso de complacerle, serás cruel, porque el niño no sabe aún montar; se caerá del caballo y morirá.


Pues mira, piénsalo bien; así se porta también el Señor contigo cuando le pides algo que no te conviene y no te lo concede'


San Agustín

(Serm. 21,8).

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viernes

La muerte de San Pedro en Roma

San Pedro fue a Roma por primera vez en el principio del reinado del emperador Claudio (42) y allí murió mártir después de 25 años, un mes y nueve días de haber gobernado la Iglesia de Roma, el día 29 de junio del año 67, simultá­neamente con el Apóstol Pablo. Pedro tendría entonces unos 75 años.


El emperador Nerón perseguía cruelmente a los cristianos desde el año 64, y como se procuraba capturar a Pedro, los fieles rogaban insistentemente a su Pastor que se salvase escapándose de la ciudad.


Acordándose de aquellas palabras del Salvador: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra», salió Pedro de Roma durante la noche, pero he aquí que mientras caminaba por la Vía Apia, apareciósele, según refiere San Ambrosio, el mismo Cristo en las puertas de la ciudad, con una pesada cruz cargada en sus espaldas. Lleno de asombro, preguntó Pedro al Salvador: Señor , ¿ a dónde vas? (En el lugar donde se verificó esta aparición, existe todavía una antiquísima capilla, llamada Domine, ¿quo vadis?) Y el Salvador contestó: «A Roma, para ser nuevamente crucificado.» Y desapareció al punto. Pedro comprendió en seguida que el Señor le mandaba que regresara a Roma para sufrir muerte de cruz y volvió atrás sus pasos.


Capturado y cargado de cadenas, fue arrojado a la cárcel Mamertina. Esta cárcel puede verse todavía en el pie del Capitolio; es subterránea y cons­truida con enormes bloques cuadrados dé piedra, completa­mente obscura y húmeda. Encima de ella se levanta la Iglesia llamada de San Pedro In carcere, muy visitada por los fieles. Después de ocho meses de estar allí encerrado, fue conde­nado a muerte.


Sufrió primeramente el tormento de los azotes, siendo luego conducido junto con San Pablo, por la Vía Ostiense. A eso de una milla de camino fue separado de Pablo (todavía el lugar está indicado por la capilla lla­mada de la Separación), el cual fue decapitado en un lugar llamado ad aguas salvias situado una legua más lejos, donde se ve todavía la columna a que fue atado. Las últimas pala­bras de San Pablo fueron: « Jesús, en tus manos encomiendo mi espíritu.» En aquel punto fue edificada una Iglesia, llamada de San Pablo en las tres fuentes, por hallarse tres fuentes en la iglesia.


Entretanto, Pedro fue conducido al Monte Janículo, desde el cual se puede contemplar toda la ciudad de Roma, y llegado allí, le crucificaron. El Apóstol pidió que invirtiesen la cruz, por no ser él digno de morir como el Sal­vador. Murió, pues, con la cabeza hacia abajo.


Encuéntrase actualmente en aquel punto la iglesia de San Pedro In Montorio, mandada construir por Constantino el Grande. El cuerpo de San Pedro fue enterrado por los cristianos en el vecino monte Vaticano. Sobre su sepultura edificó una capilla el tercer sucesor de San Pedro, y Constantino el Grande una magnífica Basílica, que se derrumbó en la Edad Media.


El año 1626 fue terminada la grandiosa Basílica actual des­pués de más de 100 años de trabajo. En una cripta que se halla en el centro de la Basílica descansan los huesos de San Pedro y en su altar arden, día y noche, más de 100 lámparas.

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Breve reflexion sobre el Papa

Hay una curiosa tendencia actual a que las cosas sean lo menos posible. Creo que es un error deben de ser lo mejor posible.


Son muchos los que dan por supuesto que el rey debe de ser lo menos rey que se pueda; mi opinión es muy distinta: si hay rey, si es bueno que lo haya, lo debe ser en plenitud, lo cual no quiere decir sin límites, normas y configuración, sino al contrario, con una figura bien definida y henchida de realidad, lograda y, por consiguiente, eficaz.


Análogamente, el mejor Papa no será el que apenas sea Papa, sino el que lo sea lo más saturadamente posible y a la vez con mayor pureza, sin entorpecer su misión y su figura con aditamentos postizos y propios de otras magistraturas.


Gracias a Dios, el papa no tiene poder temporal: ni lo necesita ni puede tenerlo. Con ello queda exento su poder espiritual, sin confusión ni mezcla; y éste -sin asomo de fuerza- conviene que sea el máximo posible. Quiero decir que debe tener la mayor
autoridad, el sumo prestigio.


La cosa es tan importante, que los no católicos están curiosamente interesados por el papa. Creo que son muchos los que se alegran de que "haya papa" -anque no lo consideren "suyo"-, porque es una instancia de autoridad que vale para todos en un mundo donde ha predominado la fuerza más o menos bruta, donde se ha procedido a una liquidación general de los prestigios.


Más curioso aún es que sea entre católicos donde aparece de vez en cuendo la tendencia a "rebajar" al papa, a podarlo y reducirlo, a disolverlo en vagas funciones administrativas, a "dictarle" cómo debe ser y qué debe hacer: Creo que no se dan bien cuenta de que entre las maneras de servir hay una, particularmente importante y delicada, que consiste en mandar; en el ejercicio adecuado de la autoridad.


Si un piloto de los aviones en que frecuentemente viajo renunciara a disponer el vuelo y consultase a los pasajeros qué altitud, velocidad y ruta deseaban, mi primera reacción sería pedir un paracaídas y tratar de escapar a tal privilegio. La misma sería mi impresión en el quirófano si el cirujano pretendiese que yo dirigiera la operación.



Julián Marías

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Los regalos costosos hechos al papa


¿Por qué el papa utiliza zapatos de tal marca o anteojos para el sol de tal otra, sumamente caros? ¿Por qué utiliza objetos de lujo durante sus visitas (porcelana fina, sábanas francesas, etc.)? Mucha gente incluso generaliza y pregunta alegremente: ¿por qué el papa es tan lujoso?


No voy a hablar aquí del clásico «¿Por qué la Iglesia no vende sus riquezas y las reparte entre los pobres?». Ya en alguna ocasión he dicho que ese es un argumento propuesto por personas que no tienen más de dos dígitos de cociente intelectual (y dos bien bajitos).


Y es que si la Iglesia vendiera todos los tesoros que tiene, estos dejarían de ser públicos. Sin pagar, hoy cualquiera puede entrar en San Pedro y ver el baldacchino, ver la Piedad o entrar gratuitamente una vez por semana a los museos vaticanos para apreciar la belleza de los tesoros de la humanidad custodiados por la Iglesia.


Si se vendieran, pasarían a ser propiedad tan solo de algunos millonarios que se las mostrarían a otros cuantos amigos millonarios, y todo ello no daría para dar más que diez centavos de dólar a cada uno de los pobres del mundo. No se lograría nada y se estarían enajenando todas estas riquezas artísticas que hoy son propiedad del mundo entero.


Entonces eso de que la Iglesia venda sus riquezas es un absurdo de personas que o bien tienen un cociente intelectual muy bajo o simplemente no piensan en las consecuencias de algo tan absurdo.


Pero vamos a los trajes del papa. Resulta que el pontífice recibe centenares de regalos al día, yo soy testigo. Alguna vez me tocó presentarle un regalo en nombre del Perú; se trataba de un retablo ayacuchano, una obra de arte popular muy fina. Conmigo había una treintena de grupos étnicos o representantes de varios países que le llevaban también cosas muy hermosas: el Líbano ofreció un trabajo artístico en finísimo cedro; otros llevaron artículos de platería u orfebrería y había quienes trajeron canastas enormes con quesos, jamones y panes de sus propias regiones —que, siendo el mediodía, hasta a mí me provocaban—.


La mayoría de estos presentes no termina en manos del papa. Los muebles finos que ciertas mueblerías le regalan al papa, por ejemplo, constantemente terminan en las oficinas de los dicasterios vaticanos: sale infinitamente más barato que comprar muebles. Cuando uno va a un dicasterio vaticano se da cuenta de que entre una sala y otra existe un abismo en la decoración: en una sala se puede encontrar muebles Luis XIV, y en la siguiente, muebles de los años sesenta. En un dicasterio me explicaban: «Bueno, es que estos que estaban de moda en la década de los sesenta se los regaló una mueblería al papa Juan XXIII».


Lo que aparentemente es una preferencia por objetos costosos y lujosos, en realidad no es sino muestra de la austeridad con la que actúan el Vaticano y el mismo papa.


Y ya que hablamos del papa, podemos poner también ejemplos. A él le donan centenares de calzado de las más diversas zapaterías, desde algunas pequeñísimas al norte de Italia —que hacen trabajos muy finos y de mucha calidad— hasta marcas destacadas. Lo mismo sucede con anteojos y otros accesorios: se los regalan. Y él, precisamente para ahorrarle dinero a la Santa Sede, en vez de salir a comprar zapatos o de mandarse a hacer unos, se fija cuáles le quedan y los comienza a utilizar —en especial este pontífice—.


Cuando se dice que el papa utiliza zapatos de tal marca, que cuestan tantos miles de dólares, o que utiliza tales anteojos de sol, que cuestan otros tantos cientos, es importante saber que él no tiene ni idea del costo: él elige lo que le sirve, lo que ve más resistente y adecuado para sus 80 años, y el resto lo envía a actividades caritativas.


Nadie sabe, por ejemplo, que hace un tiempo un albergue para personas sin hogar en Minneapolis (Estados Unidos), llamado Sharing and Caring Hands (‘manos que cuidan y comparten’), recibió un paquete enorme de Roma lleno de zapatos muy finos, enviados por el mismo Benedicto XVI. Estos zapatos no se vendieron por el alto precio que tienen en el mercado; se vendieron todavía más caros porque mucha gente los quería como recuerdo del papa Benedicto XVI… ¡y eso que ni siquiera los había usado!¨[1]


El papa actúa de esta manera completamente desprendida. Él no hojea revistas de modas y dice «Ah, mira estos zapatos son caros y están de moda» o «Estos son los zapatos que está utilizando Tom Cruise, los voy a utilizar yo también». ¡Por favor! El papa no piensa así ni lee esas revistas frívolas.


Ninguno de los pontífices, recientes —ni siquiera los del siglo pasado— se debe de haber preocupado por la moda, para nada. No creo que encajara en su psicología. Queda más claro aun cuando se ve la historia de austeridad de este papa —cómo comía los almuerzos más baratos, por ejemplo, en los restaurantes cercanos a su pequeñísimo departamento, frente a las puertas de Santa Ana—, que jamás pide artículos de lujo ni goza con ellos.


¿Y qué hay de su visita al Brasil, la porcelana fina y las sábanas francesas? Yo no sé de dónde salieron esas cosas, pues cuando estuve allá cubriendo su visita, no recuerdo haberlo visto en la información que circulaba. Sin embargo, aun si fueran ciertas, no me sorprende: si cuando un visitante viene a nuestra casa cada uno de nosotros trata de ofrecerle lo mejor que tiene, y sacamos la vajilla de diario de la mesa y ponemos la de las situaciones especiales, y cosas así, ¿cómo no vamos a esperar que los distintos países que reciben al papa —por un gesto de caridad, acogida y benevolencia— no pongan lo mejor que tienen para recibirlo?
Esas cosas están ahí no porque el papa las pida. Y eso me consta, porque sé cómo se preparan las visitas pontificias. Los enviados del papa que se encargan de los detalles del viaje solamente se aseguran de cosas como que el vehículo que lo transporte sea seguro, que no se le plantee un horario recargado, que la alimentación sea sana y que su lugar de descanso esté lo suficientemente aislado y protegido del ruido como para que pueda recuperarse físicamente con un buen sueño. Nada más. Quienes adelantan la visita del papa no piden sabanas finas —ni de seda ni de oro— ni vajilla fina; no piden ninguna de esas cosas, jamás.


Entre quienes hacen este tipo de preguntas sobre los artículos de lujo del papa, generalmente hay dos grupos de personas.


Los primeros sinceramente quieren saber por qué el pontífice utiliza zapatos de esta marca. Pues bien, la respuesta está ahí: recibe infinidad de regalos, él no conoce de marcas, no le interesa, no le debe de interesar; utiliza simplemente los zapatos más adecuados para su edad, su talla y sus necesidades, y regala lo demás a obras de caridad.


Los otros preguntan simplemente porque andan a la caza de alguna hilachita, algún polvo, alguna cosa que arrojarle a la Iglesia para justificar sus propias fobias. Estas personas ya tienen una antipatía previa y utilizan cualquier excusa para criticar al papa o al Vaticano. En estos casos ya no hay nada que hacer: los católicos no tenemos por qué andar perdiendo tiempo con ellos. Tan solo queda decirles: «Mira si aquello te sirve como justificación para odiar a la Iglesia o despreciarla, eso cae en tu conciencia.


En algún momento se te preguntará si amaste a la Iglesia, y cuando eso suceda ya será cuestión tuya responder “No, no la amé porque no me gustaban los zapatos que utilizaba el papa”. Vamos a ver si ese argumento te servirá para justificarte el día del Juicio».


Alejandro Bermudez
Adaptación: Enrique Gordillo - Pensamiento Católico
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[*] Este artículo es una adaptación de «Los regalos costos hechos al Papa», título que el autor dio a la emisión del 16 de noviembre del 2007 de su podcast Punto de vista. Para esta adaptación contamos con los permisos respectivos.



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miércoles

Perecer antes de nacer

El Mefistófeles de Goethe versificó que «todo lo que nace / perecer merece». Pero no previó el autor cuán fácil sería, siglo y medio tras su muerte, merecer perecer antes de nacer.


Algunos responsables del Estado se esfuerzan repetidamente en mostrar la «racionalidad» de las futuras leyes abortistas.


El historiógrafo Golo Mann afirmó que la racionalidad puede significar dos cosas: acción acorde con un fin, independientemente de cual sea el fin, o acción adecuada para un fin que es beneficioso para aquellos a quienes afecta. Y, tras poner Auschwitz como ejemplo de la primera acepción, sostiene que «no podemos calificar seriamente de racional un delito demencial. Acción racional, en el buen sentido del término, es una acción dictada por la razón que beneficia al hombre». Los más directamente afectados por las leyes aludidas son los no nacidos, y es evidente que no les favorecen.


En 1971, la Conferencia Episcopal Alemana hizo esta firme declaración: «Solamente cuando el Estado está dispuesto a proteger la vida del ser humano antes de su nacimiento, es cuando merece el nombre de Estado constitucional».


Las sociedades occidentales se esfuerzan en hacer pasar la muerte inadvertida. Pero se menosprecia la vida. Hay abortos, eutanasia y suicidios asistidos. Paradoja del hombre científico que, de una parte, hace retroceder la muerte, pero, de otra la impone «legalmente» y tan abundantemente como nunca lo hiciera antes.


Card. Ricardo María Carles

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Cómo colmar cada momento de amor

Cuando estaba sometido a arresto domiciliario en la aldea de Cay Vong, vigilado por la policía, día y noche me obsesionaba este pensamiento:


«¡Pueblo mío! ¡Pueblo mío que tanto amo: rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo en el momento en que más necesitan a su pastor? Las librerías católicas han sido confiscadas; los colegios, cerrados; las monjas y religiosos de la enseñanza, dispersados; unos van a trabajar a los campos de arroz, otros se encuentran en las "regiones de nueva economía" en medio del pueblo, en las aldeas. La separación es un shock, que me parte el corazón.



«Yo no esperaré —me dije—. Quiero vivir el momento presente colmándolo de amor; pero ¿cómo?».



Una noche llega una luz: «Francisco, es muy sencillo. Haz como san Pablo cuando estaba en la cárcel: escribía cartas a varias comunidades».



A la mañana siguiente le hice una señal a un niño de siete años, Quang, que volvía de misa a las 5, todavía oscuro, y le dije: «Dile a tu madre que me compre blocs viejos de calendarios».


Esa noche, de nuevo en la oscuridad, Quang me trajo los calendarios, y todas las noches de octubre y de noviembre de 1975 escribí a mi gente mi mensaje desde la prisión. Cada mañana el niño venía a recoger las hojas para llevárselas a casa y que sus hermanos y hermanas copiaran el mensaje. Así nació el libro El camino de la esperanza, que se ha publicado en once lenguas.



En 1989, cuando por fin salí de la cárcel, recibí una carta de la Madre Teresa con estas palabras: «Lo que importa no es el número de nuestras actividades, sino la intensidad de amor que ponemos en cada acción».


Card. F. X. Nguyen van Thuan

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jueves

La luz que da la fe

Así instruía una madre cristiana a su hijo sobre lo que supone tener la luz de la fe:

"Al mediodía, cuando brilla el sol si miras hacia arriba verás muy claro, pero tu vista no alcanzará mucha distancia, a lo más, llegarás a ver esos aviones plateados que vuelan altísimos, dejando tras de sí una estela de humo. Así ocurre cuando discurrimos con las fuerzas de nuestra razón: vemos muy claro, pero muy corto.

En cambio, en una noche estrellada, nos envuelve una luz muy tenue, pero nuestra mirada penetra mucho más allá, hasta esos astros que brillan a muchos millones de kilómetros; así es nuestra fe, con la que vemos menos claro, pero llegamos mucho más lejos; alcanzamos hasta el mismo Dios".

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Instauración del Corpus Christi

En Balsena, al partir una Hostia Consagrada rezumó sangre

Un sacerdote alemán, que se dirigía a Roma como peregrino, pernoctó durante el viaje en Balsena, no lejos de Orvieto, en el centro de Italia, y al apuntar el alba, como era su costumbre, celebró la Santa Misa en la iglesia parroquial.


Al instante de partir la Sagrada Forma para la comunión del sacerdote, una sangre resplandeciente fluyó de ella, cayendo gota a gota sobre el corporal y el cáliz.


Confuso ante tan nunca visto suceso, quedose el celebrante, pero su asombro creció más y más al darse cuenta de que las gotas de aquella preciosa sangre se transformaban en pequeñas imágenes representando el rostro del Salvador coronado de espinas: Recogió el bueno del sacerdote la Sagrada Forma en el cáliz y junto con el corporal lo llevó a la sacristía, con intento de que otras personas viesen el milagro, pues temía que todo ello no fuera más que una ilusión de sus sentidos. Durante el trayecto cayeron unas gotas de la divina Sangre sobre cinco losas de mármol blanco del pavimento, y también allí apareció bien distintamente a las claras el rostro del Salvador.


Como justamente aquellos días el Papa Urbano IV se alojaba en Orvieto a él se dirigió sin demora el sacerdote alemán y refirióle con todo pormenor cuanto le aconteciera. El Papa encomendó al Obispo de Orvieto que fuese a Balsena y le trajese el cáliz y el corporal donde decían hallarse las huellas de la sangre maravillosa; inspeccionó ambas cosas con mucho detenimiento y meticulosidad, proclamando luego la veracidad del suceso y su carácter incontestablemente sobrenatural.


A esta sazón, las milagrosas imágenes fueron transportadas solemnemente a la catedral de Orvieto, donde se custodiaron en lo sucesivo. El corporal en el que se veían los rostros del Salvador fue objeto de la más ferviente veneración de los fieles; se le guardó en un relicario de plata de muy delicada labor de orfebrería, donde aun hoy se le puede ver y constatar la existencia de las imágenes allí estampadas por vía tan fuera de lo humano. Aconteció este maravilloso favor de Dios andando el año de 1263.


El milagro de Balsena movió el ánimo del Papa Urbano IV a instaurar la festividad del Corpus Christi, a favor de la que había ya propugnado ardorosamente cuando no era más que diácono en Lieja (Bélgica). El Corpus se ordenó a toda la Cristiandad en 1264.


(Spirago, Catecismo en ejemplos, t. IV, Ed. Políglota, 2ª Ed., Barcelona, 1940, pp. 81-82)

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«Toda rodilla se doble…»

Arrodillarse ante Cristo, remedio de toda idolatría

En la homilía que Benedicto XVI pronunciaba en el Corpus del año pasado, realizaba una hermosa catequesis sobre el significado de esta postura corporal en la oración y en la liturgia:

“Arrodillarse en adoración ante el Señor (…) es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Nosotros los cristianos, sólo nos arrodillamos ante el Santísimo Sacramento”.


En su obra “El espíritu de la liturgia”, el entonces Cardenal Ratzinger daba respuesta a la objeción que juzga que la cultura moderna es refractaria al gesto de “arrodillarse”. Con clarividencia y profunda convicción afirmaba que “quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o un liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central”.


El hecho de que en nuestros días se esté extendiendo la costumbre de permanecer de pie en el momento de la consagración en la Santa Misa, o de que se suprima alegremente la genuflexión al pasar ante el sagrario, no parece que sea algo casual o insignificante.


La “herejía” más extendida en nuestro tiempo –la secularización- no se caracteriza tanto por negar verdades concretas del Credo, cuanto por debilitar la firmeza de nuestra adhesión a la fe.


Da la impresión de que lo políticamente correcto fuese creer a “cierta distancia”, sin entregar plenamente nuestro corazón. En el fondo, estamos ante el olvido de aquellas palabras de Jesús: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero” (Mt 22, 37-38).


No podemos olvidar que la adoración es el mejor antídoto frente al relativismo y que, por lo demás, es indudable que la genuflexión está estrechamente ligada al acto de adoración: Es el reconocimiento que la creatura hace del Creador, es la manifestación humilde de nuestra sumisión ante un Dios todopoderoso que, paradójicamente, también “se ha arrodillado” ante nosotros en la encarnación, en su muerte redentora, y en su decisión de permanecer entre nosotros en la Sagrada Eucaristía.


Mención aparte merecen tantas personas que bien quisieran poder expresar de rodillas su adoración a Cristo, y que por limitaciones físicas se han de contentar con hacerlo con una inclinación u otros gestos de fervor y cariño. ¡Cuántas lecciones nos dan con su valiente perseverancia, sin rendirse a sus “achaques”!



Comulgar “a Cristo” y comulgar “con Cristo”



“El segundo mandamiento es semejante a éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas” (Mt 22, 39-40).


En efecto, el acto de adoración a Dios es consecuentemente seguido del ejercicio de la caridad con todos los necesitados. Éste es el motivo por el que la Iglesia ha unido los dos días “más eucarísticos” del año (Jueves Santo y Corpus Christi), a nuestro compromiso con los pobres, ejercido especialmente a través de Cáritas.


El acto de comulgar no termina con la recepción del sacramento. Recurro de nuevo a otras palabras del Cardenal Raztinger recogidas en el citado libro: “Comer a Cristo es un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. Comerlo significa adorarle. Comerlo significa dejar que entre en mí, de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran «nosotros», de manera que lleguemos a ser uno solo con Él”.


Por lo tanto, comulgar “a Cristo” supone también comulgar “con Cristo”, es decir, comulgar con todo lo que Él ama, con sus preocupaciones, alegrías, esperanzas y sufrimientos… de una forma especial, con sus predilectos, los pobres.


Ciertamente, estamos ante dos señales determinantes para evaluar la calidad de nuestra participación en la Sagrada Eucaristía: la actitud de adoración y –fruto de ésta- nuestro compromiso con los necesitados.


+ José Ignacio Munilla
Obispo de Palencia

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Una niña entiende la presencia de Jesús vivo

El Beato Manuel González, narra el siguiente episodio:


Elisa, ángel de unos cuatro años, llega toda inquieta y asustada a su madre la tarde del día en que su hermano Antonio, de cinco a seis años, había recibido la primera Comunión de mis manos.


- ¡Mamá, mamaíta, venga Vd. corriendo!


- ¿Qué te pasa, hija mía?


-Venga Vd. corriendo, que Antoñito está revolcando por el suelo al Niño Jesús.


- ¡Chiquilla!


- Sí, sí, que se ha subido a la mesa de planchar y luego se ha tirado por el suelo... Y el Niño Jesús que tiene dentro... pues, pues también lo tendrá tirado y revolcándose.


En medio de las exageraciones infantiles ¿no os parece que esa niña de cuatro años entendía y sentía ya la presencia de Jesús vivo?


Beato Manuel González
Sevilla (España), 25 de febrero de 1877 - † Madrid (España), 4 de enero de 1940)
Prelado español, conocido en su país, como El Apóstol de los Sagrarios Abandonados, u Obispo del Sagrario abandonado.

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La fe en tiempos recios

En tiempos recios -así santa Teresa llamó a su época- hacen falta «amigos fuertes de Dios».


Hoy quiero llamar la atención sobre algo que nos es básico a los cristianos: la fe. Pero no sólo como conjunto de verdades que se aceptan. A ello pudo conducir una mala traducción de Isaías 7,9: «Si no creéis no comprenderéis». El hebreo emplea el concepto de «emet», que significa «verdad», pero en el sentido de fidelidad, firmeza, estabilidad y debe traducirse, por tanto, «si no creéis no tendréis firmeza».


Para Ireneo de Lyón, esta verdad es lo esencial:

«La verdad hace adquirir la fe. Porque la fe está fundada en lo que es el ser de las cosas, es necesario que nos esforcemos con el mayor cuidado en defenderla para llegar a la verdadera inteligencia de las cosas». Luego, penetramos en la inteligencia del ser de las cosas, por la fe.


¿Cómo defender la fe? Una forma fundamental es que tantos hechos de todo tipo, que se nos presentan como realidades, hemos de rechazarlos, porque no son la verdad; desde el mismo ser de la persona humana, hasta tantas situaciones que no son aceptables, porque no son como Dios las piensa.


Esta actitud es capital, pues la tradición cristiana refleja el alcance de la afinidad prodigiosa del hombre y Dios, que es fruto de un designio libre y gratuito de crear al hombre a su imagen y le ha comunicado atributos como la inteligencia o la capacidad de amar. Prendas de un don definitivo: participar de la vida de Dios, cosa imposible sin la fe.

Card. Ricard María Carles

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De nuevo, sobre el infierno

Nos resulta difícil, a veces nos lleva al temor, pensar en la existencia del infierno. Porque no querríamos encontrarnos lejos del amor, condenados al fracaso eterno. Y porque nos dolería profundamente saber que algún ser querido ha llegado a una situación tan desastrosa.


Pero el infierno es un dato concreto de la doctrina católica. Aparece en la Escritura y en la Tradición, ha sido una enseñanza constante de la Iglesia.


Las preguntas son muchas. ¿Qué es el infierno? ¿Por qué existe un infierno? ¿Cómo conjugar la misericordia divina con el drama de una condena para siempre? ¿Qué actitud podemos asumir frente a esta terrible posibilidad?


El infierno es el resultado eterno de una decisión humana: el rechazo del amor de Dios. Quien muere sin creer y sin convertirse, se autoexcluye de la salvación, opta por el desamor. Eso es, en su raíz más profunda, el infierno (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1033-1035).


El Catecismo (n. 1035) explica, además, el principal sufrimiento del infierno: “La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira”.


Juan Pablo II habló ampliamente del infierno en la audiencia general del 28 de julio de 1999. Definió el infierno como “la última consecuencia del pecado mismo, que se vuelve contra quien lo ha cometido. Es la situación en que se sitúa definitivamente quien rechaza la misericordia del Padre incluso en el último instante de su vida”.


Explicó, además, que ser condenado al infierno es posible sólo desde la decisión libre de cada uno. “Por eso, la «condenación» no se ha de atribuir a la iniciativa de Dios, dado que en su amor misericordioso él no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado. En realidad, es la criatura la que se cierra a su amor. La «condenación» consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción. La sentencia de Dios ratifica ese estado”.


Por último, Juan Pablo II indicaba que no hemos de promover una psicosis respecto a este tema. La certeza de que existe un infierno, de que es posible terminar la vida con un “no” a Dios, debe convertirse en una advertencia y en una invitación a nuestra libertad: si vivimos según Cristo, si acogemos a Dios, evitaremos esa terrible desgracia.


Benedicto XVI también ha ofrecido una importante reflexión sobre el infierno en su segunda encíclica, “Spe salvi” (30 de noviembre de 2007). El infierno, explicaba el Papa, es el estado al que llega quien ha dañado en su propia vida, de modo irreversible, la apertura a la verdad y la disponibilidad para el amor (cf. n. 45).


La posibilidad del infierno está colocada en el horizonte de nuestras vidas. Podemos avanzar hacia la condenación eterna si nos alejamos del amor, si destruimos la fe, si buscamos vivir contra Dios y de espaldas al prójimo.


En cambio, si abrimos el corazón a la misericordia, si rompemos con el egoísmo para entrar en el mundo del amor, si pedimos humildemente perdón, como el publicano del Evangelio (cf. Lc 18,9-17), nos acercamos al trono de la misericordia y permitimos que la Redención llegue a nuestras vidas.


Queda, como una inquietud profunda, la pregunta: ¿y los demás? ¿Hay algunos hombres o mujeres en el infierno? No nos toca a nosotros indagarlo. Porque no conocemos lo que hay en los corazones, y porque no sabemos por qué caminos puede llegar la acción de Dios a las almas.


Pero sí podemos orar y trabajar profundamente para que ningún hermano nuestro llegue a un destino tan trágico. Podemos incluso hacer propias los deseos de aquellos santos que eran capaces de ofrecer su vida para lograr que nadie llegase al infierno.


Las palabras de santa Catalina de Siena, en ese sentido, tienen una fuerza fascinadora. Según cuenta su confesor, santa Catalina mantuvo un diálogo muy especial con Cristo. La santa decía:

“¿Cómo podría yo, Señor, comprender que uno solo de los que tú has creado, como a mí, a tu imagen y semejanza, se pierda y se escape de tus manos? No. No quiero de ninguna manera que se pierda ni siquiera uno solo de mis hermanos, ni uno solo de los que están unidos a mí por un nacimientos igual en la naturaleza y en la gracia. Yo quiero que todos ellos le sean arrebatados al antiguo enemigo, y que tú los ganes para honor y mayor gloria de tu nombre”.

Cristo, entonces, habría explicado a santa Catalina que el amor no puede entrar en el infierno; a lo que ella habría respondido:

“Si tu verdad y tu justicia se revelasen, desearía que ya no hubiese ningún infierno o por lo menos que ningún alma cayese en él. Si yo permaneciese unida a ti por el amor y me pusiesen a las puertas del infierno y pudiera cerrarlas de tal manera que nadie pudiese entrar, ésta sería la más grande de mis alegrías, pues vería cómo se salvan todos los que yo amo”.


En cierto sentido, también san Pablo, por el gran amor que tenía a su pueblo, estaba dispuesto a convertirse en “anatema” (en “condenado”) con tal de que los suyos se salvasen (cf. Rm 9,1-5).


Encontramos, así, ejemplos de amor heroico, corazones que desean, que esperan profundamente, que la misericordia venza, que el pecado sea derrotado, que un día seamos muchos los que nos encontremos, definitivamente, bajo el abrazo eterno de Dios.


Podemos decir, en resumen, que el infierno es una llamada a la responsabilidad (cf. Catecismo de la Iglesia católica n. 1036).


Nadie, ni siquiera Dios, puede obligarnos a amar, a tomar la mano bondadosa y salvadora de Cristo. Con la ayuda de la gracia, y desde la propia libertad, cada uno decide si acogerá o no la misericordia, si trabajará, día a día, para vivir en el Amor, para avanzar hacia el encuentro con Aquel que nos ha preparado un lugar en el cielo.


Al mismo tiempo, podemos amar a los que Dios ama, lo cual nos llevará a buscar con ahínco que ningún hermano nuestro quede fuera de las fiestas eternas del Cordero.


No está en nuestras manos, es cierto, obligar a nadie a dar el paso: entrar en el camino de la vida depende de la gracia de Dios y de la libertad de cada uno. Pero sí está en nuestras manos unirnos al Corazón de Dios, compartir su deseo de encontrar a la oveja perdida para traerla a casa, entrar en ese Amor que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tm 2,4).



P. Fernando Pascual

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miércoles

Ciencia y Fe

Dijo el papa Pío XII en un congreso internacional de hombres de ciencia:


“ La ciencia moderna descubre a Dios detrás de cada nueva puerta que se abre.”


El Hombre progresa, el hombre investiga, el hombre va descubriendo más verdades, va profundizando en la ciencia; y según el hombre va profundizando en la ciencia va encontrando a Dios. La ciencia me proporciona datos que confirman la fe.


Antes de seguir adelante he de advertir que, cuando hablo de ciencia, hablo de verdadera ciencia. No hablo de una hipótesis de trabajo que puede proponer un científico, que todavía no es ciencia definitiva, porque no tiene una comprobación experimental suficiente.


Hablo de la ciencia ya comprobada y confirmada, de las verdades científicas definitivas. No hablo de hipótesis científicas porque las hipótesis científicas pueden ser pasajeras, y lo que hoy es hipótesis mañana puede arrumbarse en el olvido.


En cambio, la verdadera ciencia vale lo mismo hoy que hace mil años, que dentro de mil años.


El principio de Arquímedes, como verdadera ciencia, es inmutable. Lo mismo hoy, que trescientos años antes de Cristo, cuando Arquímedes dijo que “todo cuerpo sumergido en un fluido recibe un empuje hacia arriba igual al peso del volumen del fluido que desaloja” Este principio vale lo mismo para la flotación de las galeras del Imperio Romano que para los grandes superpetroleros de hoy”...


No puede haber oposición entre ciencia y fe porque las dos vienen de Dios.


¿Qué es la fe?
Fe es el conocimiento de las verdades de la religión que Dios me comunica, que Dios me transmite. Yo las acepto. Yo creo. Yo me fío. Esto es fe. Esto es religión. El conjunto de verdades religiosas que Dios me comunica.


¿Qué es ciencia?
El conocimiento de las leyes que Dios ha puesto en la naturaleza. Las leyes de la naturaleza son objeto de la ciencia. Estudiando la naturaleza se formulan sus leyes, después la técnica las aplica para el progreso.


Pero ¿quién ha puesto estas leyes en la naturaleza? ¿los hombres? No. Estas leyes no son de los hombres. Los hombres descubren y formulan las leyes, pero no las ponen.


Newton y Kepler formularon las leyes que rigen los movimientos de los astros, pero esas leyes no las hicieron ni Newton ni Kepler. Esas leyes regían el movimiento de las estrellas mucho antes de que nacieran Newton y Kepler. Ellos sólo las deducen y formulan. Igual ocurre con las leyes de la termodinámica, la electrónica o la biología.


¿Quién hizo la ley? El que hizo el universo. Luego ¿de quién es esa ley? De Dios. ¿Quién es el autor de la ley? Dios.


Luego, si Dios es el autor de la ciencia, porque es el que pone las leyes de la naturaleza; y Dios es el autor de la fe, porque la fe es la aceptación de las verdades de la religión que Dios a revelado, ciencia y fe vienen de la misma verdad, y por lo tanto no pueden contradecirse. Dios no va a contradecirse en lo que nos comunica a través de la naturaleza.




P. Jorge Loring


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viernes

¿Vamos a abandonar nuestra casa?


¿Vamos a abandonar nuestra casa por la presencia de vasos malos? El Dios de esta gran casa sabe muy bien utilizar tanto los vasos honoríficos como los despreciables. Si los malos saben usar perversamente las cosas buenas, ¿no va a saber Dios usar bien de las malas? ¿De qué bienes usan los malos? De las criaturas de Dios, que son todas buenas…


Y ¿por qué viven estos tales en la casa de Dios? Te responderé: Son vasos despreciables, pero Dios sabe usar de ellos; no se equivoca el que los creó, porque el que pudo crearlos sabe también reducirlos al orden y les ha dado un lugar en su gran casa.

Ahora bien, si me preguntas cómo usa Dios de ellos para el bien, te confieso que, como hombre que soy, no puedo explicarte las doctrinas de Dios.
San Agustin

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miércoles

Cuando los adultos callan, los niños hablan.







Discurso de Lia, una niña de 12 años, en defensa de la vida del ser humano desde el momento de su concepción.



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Ese momento que será el último



Vivir momento a momento con intensidad es el secreto para saber vivir bien ese momento que será el último. Escribe Pablo VI en su «Pensamiento sobre la muerte»:


«No mirar hacia atrás, sino hacer gustosamente, sencillamente, humildemente, firmemente, el deber resultante de las circunstancias en las que me encuentro por voluntad tuya. Actuar rápidamente. Hacer todo. Hacerlo bien. Obrar alegremente lo que Tú quieres ahora de mí, aunque supera inmensamente mis fuerzas y aun cuando me pidas la vida) Finalmente, en esta última hora».


Cada palabra, cada gesto, cada llamada telefónica, cada decisión, deben ser la cosa más hermosa de nuestra vida. Reservemos a todos nuestro amor, nuestra sonrisa, sin perder un segundo.


Cada momento de nuestra vida sea
el primer momento,
el último momento,
el único momento.


Quisiera concluir esta meditación con una oración de la santa sor Faustina Kowalska:


«Si miro al futuro, me asalta el miedo,
Mas ¿por qué adentrarse en el futuro?
Sólo aprecio la hora presente,
Porque el futuro quizá no habitará en mi alma.


El tiempo pasado no está en mi poder
Para cambiar, corregir o añadir algo. Ni los sabios ni los profetas han podido hacer esto.
Por tanto, confiemos a Dios lo que pertenece al pasado.
¡Oh momento presente!, tú me perteneces completamente.


Deseo utilizarte para cuanto está en mi poder (...)


Por eso, confiando en tu misericordia
Avanzo por la vida como un niño,
Y cada día te ofrezco mi corazón
Inflamado de amor para tu mayor gloria».


Cardenal F. X. Nguyen van Thuan

(Testigos de esperanza, Ed. Ciudad Nueva, 7ª Ed., Buenos Aires, 2003, pp. 68-71)

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jueves

Escribo temblando

A Jesús:

Querido Jesús, ... Yo me esfuerzo por mantener contigo un diálogo continuo. Pero traducido en carta me resulta difícil: son cosas personales. ¡Y tan insignificantes! Además, ¿qué voy a escribirte a Ti, de Ti, después de tantos libros como se han escrito sobre Ti? Por otra parte, tenemos el Evangelio. Como el rayo supera cualquier fuego, y el radio todos los demás metales; como un misil supera en velocidad la flecha del pobre salvaje, así el Evangelio supera todos los libros. No obstante, he aquí mi carta. La escribo temblando, sintiéndome como un pobre sordomudo que hace enormes esfuerzos para hacerse entender, y con el mismo estado de ánimo que Jeremías, cuando, enviado a predicar, te decía, lleno de repugnancia: "¡No soy nada más que un niño, Señor, y no sé hablar!"

...

Tú te acercas a los pecadores y pecadoras, comes con ellos, te invitas Tú mismo, si ellos no se atreven a invitarte. Das la impresión - es la que yo tengo - de preocuparte más de los sufrimientos que el pecado causa a los pecadores que de la ofensa que hace a Dios. Infundiéndoles la esperanza del perdón, parece que les dices: "¡Ni siquiera os imagináis la alegría que me produce vuestra conversión!"

...

El día en que enseñaste: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los perseguidos, yo no estaba allí. Si hubiera estado junto a Ti, te hubiera susurrado al oído: "Por favor, cambia, Señor, tu discurso, si quieres que alguien te siga. ¿No ves que todos aspiran a las riquezas y a las comodidades? Catón prometió a sus soldados los higos de África, y César las riquezas de la Galia y, bien o mal, encontraron seguidores. Tú prometes pobreza, persecuciones. ¿Quién quieres que te siga?" Impertérrito, continúas y te oigo decir: Yo soy el grano de trigo que debe morir antes de fructificar. Es preciso que yo sea levantado sobre una cruz; desde ella atraeré a mí el mundo entero. Ya se cumplió esta profecía: Te levantaron sobre la cruz. Tú la aprovechaste para extender los brazos y atraerte a la gente. ¿Quién podrá contar los hombres que han llegado hasta el pie de la cruz, para arrojarse en tus brazos?

...

Estoy acabando de escribir esta carta. Nunca me he sentido tan descontento al escribir como en esta ocasión. Me parece que he omitido la mayoría de las cosas que podían decirse de Ti y que he dicho mal lo que debía haber dicho mucho mejor. Sólo me consuela esto: lo importante no es que uno escriba sobre Cristo, sino que muchos amen e imiten a Cristo. Y, afortunadamente - a pesar de todo -, esto sigue ocurriendo también hoy.
Mayo 1974
Cardenal Albino Luciani
(Juan Pablo I)

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martes

¿El consenso o la verdad?


Contrarios a la verdad son el error y la mentira. Contrarios al consenso son el disenso y, en ocasiones, la actitud violenta ante quienes tienen un punto de vista diferente del propio.



Parecería, entonces, que consenso y verdad no podrían oponerse, porque se colocan en ámbitos distintos.


Sin embargo, existe una tendencia a buscar el consenso por encima de la verdad o al margen de la verdad. Como si la verdad, la idea de poseer la verdad, fuese enemiga del consenso. Y como si el consenso fuese alcanzable con más facilidad si cada uno renunciase a ver su punto de vista como “verdadero”, para relativizarlo en el contexto de un mundo pluralista.


En realidad, el consenso más profundo y completo entre las personas se logra precisamente cuando encuentran la verdad. Es hermoso, en ese sentido, constatar cómo hombres y mujeres llegan a sentirse unidos entre sí precisamente desde el descubrimiento y la aceptación de una verdad que reúne, que crea comunidad.


También, hay que decirlo con dolor, a veces una mentira vestida con ropajes de verdad se convierte en fuente de consenso, de cohesión, de armonía. Pero la mentira, tarde o temprano, revela su debilidad y su engaño. Vivir en la mentira lleva al desengaño y al fracaso, aunque a veces ofrezca ilusiones pasajeras y un cierto sentido de seguridad frágil.


Por eso, en las discusiones sobre los grandes temas humanos, el consenso sólo merece ser alcanzado desde el compromiso sincero por buscar la verdad.


Al hablar sobre el cambio climático, la pena de muerte, el aborto, la dignidad humana, la existencia de otra vida, las distintas ideas religiosas, hay que dejar de lado compromisos fáciles o relativismos engañosos para ir a fondo: ¿quién tiene la verdad? ¿Quién está en el error?


No tiene sentido, por lo mismo, buscar el consenso por el consenso como si fuese la meta, pues la meta es la verdad, no el consenso. Igualmente, no es correcto criticar a quienes tienen un punto de vista firme y decidido simplemente porque así “van contra el consenso”. Lo que importa es saber confrontar las opiniones con la verdad, y descubrir cuál posición sea más verdadera y cuál, en cambio, sea más engañosa o errónea.


El relativismo no lleva a ningún consenso sano. Porque parte de una premisa falsa (aceptada, incluso impuesta, como “verdadera”), según la cual todos los puntos de vista valen lo mismo.


Así sólo se consiguen acuerdos y consensos vacíos y pobres, capaces de llevar a dramas humanos como el del aborto legalizado en muchos países, o al uso y destrucción de embriones humanos en los laboratorios, o a la política de cierre de fronteras que impide un justo intercambio de productos y que mantiene en su pobreza a millones de seres humanos.


Más allá del relativismo está el deseo sincero por buscar la verdad sobre el hombre, sobre el mundo, sobre Dios. Desde ese deseo será posible avanzar, poco a poco, hacia un consenso profundo y pleno. Un consenso que debe arrancar de una verdad indiscutible: todos los seres humanos tienen la misma dignidad y merecen respeto, desde su concepción hasta su muerte.


La búsqueda de la verdad es el mejor camino para conquistar consensos capaces de construir un mundo más justo y más fraterno, para unir a millones de seres humanos por encima de diferencias raciales, culturales o lingüísticas.




P. Fernando Pascual


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Dios nos saca del lodo


Un niño está jugando al borde de un pantano. De pronto resbala y cae al lodo. Allí, hundiéndose se revuelca sin poder salir, llora y pide con angustia ayuda.


La madre le ve, se dirige a él y ¿qué hace? ¿Por ventura lo hunde más hasta ahogarlo en el pantano, aunque haya caído en el lodazal por culpa suya? ¡Oh, no!, le saca, le abraza llena de ternura, le enjuga las lágrimas, le estrecha contra su corazón, le limpia el fango que le mancha y le ama más viéndole llorar y sufrir. Y no es que la madre ame el fango en que ha caído su hijo: es que, caído y todo, no deja de ser el fruto de sus entrañas.


Pues esto hace Dios con los pecadores cuando caen en el fango del pecado. No es que ame el pecado. Es que los ama a ellos, que aun caídos son hijos desgraciados, redimidos con la sangre de la cruz. No desconfiéis. Id a vuestro Padre como el hijo pródigo. El os perdonará, os estrechará contra su corazón y os dará la vestidura blanca y salvadora de la gracia.


(Mauricio Rufino, Vademecum de ejemplos predicables, Ed. Herder, Barcelona, 1962, nnº 1104, 1265 y 1277)

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