lunes

¿El hijo o la madre? ¿Es realmente lícito el aborto?

Llegamos a un callejón aparentemente sin salida en las discusiones sobre el aborto cuando consideramos que la defensa del derecho a la vida de los hijos va contra la libertad y el derecho a la autodeterminación de las madres.


No abortes, no tengas miedo, Dios proveerá
El planteamiento que lleva a ese callejón es sencillo: hay mujeres que no desean dar a luz al hijo que llevan dentro de sus entrañas. Prohibir el aborto es imponerles la aceptación de algo que no quieren, obligarlas a seguir adelante con el embarazo, y luego (si no consiguen dar en adopción al hijo) “encadenarlas” con todas las consecuencias del parto y de los años y años de educación y atenciones que todo niño necesita.



Una argumentación como la anterior impacta y convence a muchos. Algunas frases breves la sintetizan con fórmulas semejantes a las siguientes: nadie puede ser madre contra su voluntad; la mujer da a luz, la mujer decide; lo que ocurre dentro del cuerpo de la mujer es asunto estrictamente de ella y de nadie más; se es madre libremente, se renuncia a la maternidad libremente; etc.


De este modo, presenciamos una especie de confrontación. Por un lado estaría la mujer, con su proyecto de vida, en una situación concreta (con o sin trabajo, más joven o de más edad, con o sin hijos, en su casa o sola), desde las relaciones en las que se mueve (amigos, familiares, quizá su esposo o amante). Por otro lado, tenemos un ser humano pequeño, indefenso, casi invisible (sobre todo en las primeras semanas del embarazo).


Ese ser diminuto, el hijo, depende del cuerpo materno, busca instintivamente desarrollarse, dialoga de maneras diversas (químicas, fisiológicas) con el ambiente en el que crece poco a poco. Avanza, si no hay enfermedades graves o accidentes imprevistos, hacia ese día, el del parto, que para muchos es motivo de fiesta cada año.


Pero la madre, o quienes influyen de modo más o menos intenso sobre ella, no desea ese hijo. Por eso, “librarse” de su presencia, terminar con su desarrollo, puede llegar a ser visto como una liberación, como la salida de un túnel en el que la mujer no querría haber entrado.


El planteamiento tiene un fuerte impacto en la mentalidad moderna, que da gran realce a la idea de autodeterminación, que defiende la libertad como un derecho fundamental para todo ser humano. Si añadimos que existe una corriente de pensamiento que considera que la maternidad habría sido (y todavía seguiría siendo en muchos lugares), una esclavitud para la mujer, y que impedir el aborto era (y es) un modo de los varones para someter al “sexo débil”, entonces el paso dado por muchos es lógico: el aborto es un derecho, una conquista, un beneficio para la condición femenina, y oponerse al aborto es ir contra un derecho fundamental de la mujer.


Pero el planteamiento adolece de un error en su punto de partida: olvida que los deseos y proyectos de los seres humanos, que son muchos y variados, nunca pueden convertirse en un motivo válido para justificar el que algunos, los adultos y los fuertes, puedan eliminar la vida de otros, los débiles y los más indefensos.


La historia humana, y la propia experiencia personal, nos hace ver cuántas situaciones se dan en las que la presencia del “otro” se convierte en un obstáculo a los proyectos más deseados. Bastaría simplemente con evocar la escena de los concursos para obtener un puesto de trabajo: miles de personas compiten a través de un examen u otras pruebas para lograr la conquista de pocas plazas. Unos ganan, otros (en ocasiones, muchísimos), pierden. El sentimiento de pena y de rabia de los derrotados puede volcarse contra quienes, como ganadores, impiden a los perdedores alcanzar el sueño de sus vidas.


Ese sentimiento negativo no es nunca excusa válida para agredir ni para matar al vencedor de un concurso. En otras palabras, encontrarse, a lo largo de la vida, con otros hombres o mujeres que de alguna manera alteran, obstaculizan e impiden, a veces profundamente, la satisfacción de deseos intensos que uno alberga en el propio corazón, no es motivo suficiente para considerar que la existencia de los obstaculizadores sea de menor valor que la propia. En palabras sencillas: un “rival” no pierde su derecho a vivir, por más que su presencia derrumbe por completo los proyectos más anhelados.


Esto se aplica a miles de situaciones humanas. Por desgracia, el pasado y el presente revelan una realidad muy diferente de los principios. El derecho a la fama, a la salud, incluso a la vida, de quienes son vistos como “rivales” muchas veces es pisoteado, de mil maneras (calumnias, crímenes, guerras) por los que consideran que sus proyectos personales les otorgan una especie de licencia para eliminar a quienes son vistos como obstáculos.


Aplicado lo anterior al tema del aborto, resulta claro que el hijo, cuando su madre (o quienes la presionan) lo ve como “rival” o como obstáculo, se encuentra en una grave situación de desventaja. Mientras en la vida normal los adultos suelen ser protegidos por policías y por tantas otras personas de buena voluntad, el hijo vive en una etapa de desarrollo muy particular, escondido en el seno materno, y con enormes limitaciones debidas a las distintas fases de su crecimiento.


Pero las circunstancias que envuelven los primeros meses de vida del hijo no eliminan el dato de su existencia ni la dignidad propia de su condición humana. Esa dignidad no depende del tamaño, ni de la autonomía, ni del coeficiente intelectual, ni del sexo, ni de la raza, ni de las cuentas bancarias, ni de la nacionalidad, ni de la religión. Radica simplemente en su condición humana.


Por lo mismo, el tema del aborto está mal planteado si olvida la dignidad del hijo, y si los proyectos de su madre (o de quienes la presionan de mil modos) quedan exaltados por encima de todo criterio de justicia, como si tales proyectos permitiesen, desde la situación de debilidad del hijo, una especie de excepción a la regla según la cual todos los seres humanos gozamos de la misma dignidad.


Recordarlo ayudará a superar planteamientos que han permitido una amplia difusión del mal llamado “aborto legal”, y permitirá reformular las leyes en función de la tutela de los hijos, y de la búsqueda de ayudas y de soluciones concretas y eficaces para que las mujeres puedan llevar adelante su embarazo desde la aceptación serena de la vida de sus hijos. Así miles de madres descubrirán que es posible conjugar sus sanos proyectos personales con el respeto a la vida de un hijo que algún día podrá dar gracias a su madre por haberle permitido nacer, y a tantas personas buenas por haber sostenido a su madre en situaciones a veces complejas, pero nunca insuperables.

P. Fernando Pascual

martes

Fiesta de Corpus Christi


Creo que lo más necesario que hay que hacer en la fiesta del Corpus Domini no es explicar tal o cual aspecto de la Eucaristía, sino reavivar cada año estupor y maravilla ante el misterio. La fiesta nació en Bélgica, a principios del siglo XIII; los monasterios benedictinos fueron los primeros en adoptarla; Urbano IV la extendió a toda la Iglesia en 1264, parece también que por influencia del milagro eucarístico de Bolsena, hoy venerado en Orvieto.

Pensamiento Católico


¿Qué necesidad había de instituir una nueva fiesta? ¿Es que la Iglesia no recuerda la institución de la Eucaristía el Jueves Santo? ¿Acaso no la celebra cada domingo y, más aún, todos los días del año? 

 
De hecho, el Corpus Domini es la primera fiesta cuyo objeto no es un evento de la vida de Cristo, sino una verdad de fe: la presencia real de Él en la Eucaristía.
Responde a una necesidad: la de proclamar solemnemente tal fe.
Se necesita para evitar un peligro: el de acostumbrarse a tal presencia y dejar de hacerle caso, mereciendo así el reproche que Juan Bautista dirigía a sus contemporáneos: «¡En medio de vosotros hay uno a quien no conocéis!».


Esto explica la extraordinaria solemnidad y visibilidad que esta fiesta adquirió en la Iglesia católica. Por mucho tiempo la del Corpus Domini fue la única procesión en toda la cristiandad, y también la más solemne.

Hoy las procesiones han cedido el paso a manifestaciones y sentadas (en general de protesta); pero aunque haya caído la forma exterior, permanece intacto el sentido profundo de la fiesta y el motivo que la inspiró: mantener despierto el estupor ante el mayor y más bello de los misterios de la fe. La liturgia de la fiesta refleja fielmente esta característica. Todos sus textos (lecturas, antífonas, cantos, oraciones) están penetrados de un sentido de maravilla. Muchos de ellos terminan con una exclamación: «¡Oh sagrado convite en el que se recibe a Cristo!» (O sacrum convivium), «¡Oh víctima de salvación!» (O salutaris hostia).


Si la fiesta del Corpus Domini no existiera, habría que inventarla. 

Si hay un peligro que corren actualmente los creyentes respecto a la Eucaristía es el de banalizarla. En un tiempo no se la recibía con tanta frecuencia, y se tenían que anteponer ayuno y confesión. Hoy prácticamente todos se acercan a Ella... Entendámonos: es un progreso, es normal que la participación en la Misa implique también la comunión; para eso existe. Pero todo ello comporta un riesgo mortal. San Pablo dice: «Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual a sí mismo y después coma el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo».


Considero que es una gracia saludable para un cristiano pasar a través de un período de tiempo en el que tema acercarse a la comunión, tiemble ante el pensamiento de lo que está apunto de ocurrir y no deje de repetir, como Juan Bautista: «¿Y Tú vienes a mí?» (Mateo, 3,14). Nosotros no podemos recibir a Dios sino como «Dios», esto es, conservándole toda su santidad y su majestad. ¡No podemos domesticar a Dios!


La predicación de la Iglesia no debería tener miedo --ahora que la comunión se ha convertido en algo tan habitual y tan «fácil»-- de utilizar de vez en cuando el lenguaje de la epístola a los Hebreos y decir a los fieles: «Vosotros en cambio os habéis acercado a Dios juez universal..., a Jesús, Mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una nueva sangre que habla mejor que la de Abel» (Hebreos 12, 22-24). En los primeros tiempos de la Iglesia, en el momento de la comunión, resonaba un grito en la asamblea: «¡Quien es santo que se acerque, quien no lo es que se arrepienta!».


Uno que no se acostumbró a la Eucaristía y habla de Ella siempre con conmovido estupor era San Francisco de Asís. «Que tema la humanidad, que tiemble el universo entero, y el cielo exulte, cuando en el altar, en las manos del sacerdote, está el Cristo Hijo de Dios vivo... ¡Oh admirable elevación y designación asombrosa! ¡Oh humildad sublime! ¡Oh sublimidad humilde, que el Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, tanto se humille como para esconderse bajo poca apariencia de pan!».


Pero no debe ser tanto la grandeza y la majestad de Dios la causa de nuestro estupor ante el misterio eucarístico, cuanto más bien su condescendencia y su amor. La Eucaristía es sobre todo esto: memorial del amor del que no existe mayor: dar la vida por los propios amigos.


P.  RANIERO CANTALAMESSA
Predicador del papa

sábado

Sobre la renuncia del papa

Una sentida reflexión acerca de los hechos que vienen aconteciendo en la Iglesia Católica; en concreto la renuncia del Sumo Pontifice Benedicto XVI; a cargo del P. Santiago Martín, fundador de Los Franciscanos de María. Sorprende la claridad y la valentía con la que trata el tema.

lunes

El paraíso, ¿cuento de hadas?



El famoso astrofísico británico, Stephen Hawking, ha vuelto a sorprender a la opinión pública con una entrevista publicada en “The Guardian”, el 16 de mayo de 2011, en la que declaraba que el paraíso es un cuento de hadas (“fairy story”) para la gente temerosa de la muerte. No es la primera vez que Hawking hace este tipo de declaraciones. Aunque en pasado reciente se declaraba creyente, no hace mucho afirmó que el universo se explica por sí mismo sin necesidad de acudir a la creencia en el Dios Creador.

Muchas personas ateas materialistas piensan lo mismo, pero el caso de Hawking llama mucho más la atención por ser un científico reconocido, como director de investigación y ex catedrático de matemáticas aplicadas y física teórica de la Universidad de Cambridge. Pero además, Hawking desde la edad de 21 años, padece la enfermedad neurodegenerativa incurable, esclerosis lateral amiotrófica (ELA), que le obliga a estar permanentemente inmovilizado en una silla de ruedas sin apenas poder moverse. Para comunicarse utiliza un sofisticado programa computarizado. He aquí su reciente declaración:


    "He vivido con la perspectiva de una muerte prematura durante los últimos 49 años. No tengo miedo de morir, pero no tengo prisa por morirme. Es mucho lo que quiero hacer antes. Yo considero al cerebro como una computadora que dejará de funcionar cuando fallen sus componentes. No hay paraíso o vida después de la muerte para las computadoras que dejan de funcionar, ese es un cuento de hadas de gente que le tiene miedo a la oscuridad".


Llama la atención que Hawking no admite ni la existencia de Dios ni la del alma y rechaza la realidad de vida después de la muerte y, sin embargo, afirma que, a pesar de las nubes obscuras que se ciernen sobre su futuro, goza de la vida más en los últimos años. No tiene miedo a la muerte, ni tampoco tiene prisa en morir, ya que quiere hacer todavía muchas cosas. Incluso enfatiza la necesidad de “cumplir nuestro potencial en la tierra haciendo buen uso de nuestras vidas”. Respondiendo a la pregunta sobre cómo debemos vivir, afirmó: “Debemos buscar el valor más grande de nuestra acción”.

La opinión de Hawking, como las de todo ser humano, merece todo respeto, pero al mismo tiempo su posición intelectual no es del todo coherente. Tampoco lo fue cuando rechazó la creación de Dios, al mismo tiempo que afirmaba la existencia de los principios de la naturaleza que rigen el universo. Dejó sin respuesta la pregunta ¿Quién ha dado origen a esos principios? ¿Acaso son eternos o han surgido de la nada?

De igual manera ahora el principio ético, afirmado por Hawking, de “buscar el valor más grande de nuestra acción”, implica el rechazo de la actitud egoísta de buscar sólo el bienestar propio, aun a costa de perjudicar a otras personas.

Pero por ello cabe preguntarle: ¿Por qué el hombre debe esforzarse en hacer el bien? ¿Por qué hemos de sacrificarnos a favor de otras personas? Si Dios no existe y no hay ninguna esperanza sobre el más allá de la muerte, ¿qué sentido tiene la vida? Ha habido personas ateas que ante ese vacío de sentido han preferido suicidarse: “Si tenemos que morir no vale la pena vivir sin ninguna esperanza”.

Por ello creemos que Hawking, al reconocer el postulado ético de no hacer el mal y de obrar el bien y de amar a nuestros semejantes, implícitamente muestra la presencia, a veces escondida, de un Dios justo y bondadoso que inspira nuestra conciencia como un faro luminoso para esta vida y que al mismo tiempo garantiza la justicia y la bondad, ya ahora y de manera más definitiva después de la muerte. 

Por ello la existencia del “paraíso”, independientemente de cómo se interprete, lejos de ser un fantasioso cuento de hadas, tiene un fundamento en la misma conciencia humana, acreditado por la razón y confirmado por la revelación cristiana.



P. Miguel Manzanera, SJ
Miembro de la Comisión de Doctrina de la Conferencia Episcopal de Bolivia

El valor del fracaso

“Dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”. (Jn 3, 14-16) 

No podemos dejar de ver las cosas con nuestros ojos y, humanos como somos, nuestra mirada tiende a volverse calculadora y materialista. Medimos y sopesamos las cosas y los acontecimientos considerando éxito o fracaso a lo que ocurre en función de los resultados aparentes. 

Pero la mirada de Dios es distinta. Por eso, el recuerdo de que Cristo triunfó cuando fracasaba y que en la Cruz fue cuando más atrayente se volvió, nos debe ayudar a considerar nuestras situaciones personales con otra óptica. 

Quizá los números no sean tan importantes y, desde luego, no son lo más importante. Lo principal es siempre la fidelidad a Dios, la fidelidad a la propia conciencia, aunque tarden mucho en reconocer la razón que teníamos. Por eso es fundamental saber perseverar, ser fieles a Cristo, a la Iglesia y a lo que nos dicta la conciencia. Si lo hacemos así estaremos ofreciendo a los que nos observan –y cuando sufrimos es cuando más nos observan- un ejemplo a seguir.

Cuando perseveramos, a pesar de las dificultades y aunque no obtengamos el éxito esperado, es cuando somos más útiles, como le pasó a Cristo.

Basta con asegurarse de que el camino elegido es el correcto, no sea que estemos insistiendo en el error y no en la virtud. Para eso habrá que emplear el criterio ya citado, en este orden: Fidelidad a Cristo, interpretado por la Iglesia, con el eco que despierta en nuestra conciencia; unir nuestro sufrimiento al de Cristo en la cruz, ofreciéndoselo en el ofertorio mientras se celebra la Eucaristía.

P. Santiago Martín

miércoles

No, no me voy de la Iglesia

Qué discutible eres, Iglesia, y sin embargo, cuánto te quiero.
Cuánto me has hecho sufrir, y sin embargo, tengo necesidad de tu presencia.

Me has escandalizado mucho, y sin embargo, me has hecho entender la santidad.
Nada he visto en el mundo más oscurantista, más comprometido, más falso, y nada he tocado más puro, más generoso, más bello...

Cuántas veces he tenido ganas de cerrar en tu casa la puerta de mi alma y cuántas veces he pedido poder morir entre tus brazos seguros.

No, no puedo librarme de ti porque soy tú, aún siendo completamente tú.
Y después ¿Dónde iría?
¿A construir otra?


Pero no podré construirla sino con los mismos defectos, con los míos que llevo dentro. Y si la construyo, será mi iglesia y no la de Cristo.

Soy bastante mayor para comprender que no soy mejor que los demás...

Aquí está el misterio de la Iglesia de Cristo, verdadero misterio imprenetable.
Tiene el poder de darme la santidad y está formada toda ella, del primero al último, de pecadores y... ¡Qué pecadores!


Tiene la fe omnipotente e invencible de renovar el misterio eucarístico y está compuesta de hombres débiles que están perplejos y que se debaten cada día contra la tentación de perder la fe.

Lleva un mensaje de pura transparencia y está encarnada en una masa sucia como es sucio el mundo.
Habla de la dulzura del Maestro, de su no-violencia, y en la historia ha mandado ejércitos a destruir infieles y a torturar herejes.
Transmite un mensaje de evangélica pobreza y busca dinero y alianzas con los poderosos...

No, no me voy de esta Iglesia fundada sobre una piedra tan débil, porque fundaría otra sobre una más débil que soy yo...

Pero, además, ¿Qué cuentan las piedras? Lo que verdaderamente cuenta es la promesa de Cristo, el cemento que une las piedras, es decir, el Espíritu Santo.

Sólo el Espíritu Santo es capaz de edificar la Iglesia con unas piedras mal talladas, como lo somos nosotros.
Sólo el Espíritu Santo puede mantenernos unidos, a pesar de la fuerza centrífuga y disgregadora de nuestro ilimitado orgullo.


Aquí está realmente el mayor misterio de la Iglesia que yo rechazaría al cerrar mi corazón al hermano enemigo o al dirigirme en juez de la asamblea de los hijos de Dios.

Y aquí está el misterio:
En el fondo, soy yo esta masa de bien y del mal, de grandes y de miseria, de santidad y de pecado que define a la Iglesia.


CARLOS CARRETTO

viernes

Yo soy católico. ¡Pues yo también!


Con frecuencia oímos decir, tanto a nivel de conversaciones como de manifestaciones públicas, sobre todo, en boca de políticos y de gente con cierto relieve social, la frase: yo soy católico.


No sé cómo entenderán ciertas personas lo que es ser católico; quizá lo dicen porque han sido bautizados, y es cierto que lo son; pero muchos lo dicen como afirmando que su manera de proceder es compatible con ser católico. Lo que pasa es que cuando uno se toma en serio su pertenencia a una religión concreta, ha de tener unas actitudes coherentes con loa principios de esa religión. Y es donde fallan algunos que se dicen católicos.

Es cierto que todos tenemos limitaciones y fallos, pero el hecho de algunos políticos o gente famosa que quieren con esa frase justificar sus actitudes totalmente opuestas a las actitudes cristianas; pero intentar compaginar el hecho de ser católicos con el hecho de actuar totalmente al margen y en contra de la doctrina católica, no es de recibo. En esa línea, también cualquiera de nosotros podríamos decir que somos musulmanes, o budistas, o de cualquier otra religión.


Dialogando con un político amigo que decía ser católico, pero cuya vida no era coherente con la fe y las enseñanzas de la Iglesia, le decía:


-- Vamos a ver, tú dices que eres católico y yo digo que también lo soy. Nos hemos conocido de pequeños y seguimos guardando la amistad en nuestra edad adulta; pero me da la impresión de que, a pesar de ser los dos católicos, pienso que nuestro catolicismo es bastante diferente.


Es cierto que tú has sido bautizado; yo también. Tú has recibido la primera comunión; yo también. Tú ahora no vas a misa; yo sí. Tú no comulgas; yo sí. Tú te crees bueno; yo no. Me da la impresión de que dices que eres católico para alardear de que las cosas que haces, sobre todo en las decisiones políticas, son correctas; yo no alardeo de nada mas que de la gracia que Dios me ha dado y me está dando y me seguirá dando.

-- Pero es que vosotros no progresáis en la fe, me respondía. Siempre decís y hacéis lo mismo, sin avanzar en sintonía con el mundo. Y os estáis quedando anticuados, solos en nuestra sociedad que ni os comprende ni os hace caso. Es que no avanzáis nada y estáis anclados en el pasado.


-- Yo no sé si avanzamos o no, pero lo que pretendemos es ser fieles a la doctrina de Jesús e imitar sus actitudes en sintonía con lo enseñado y proclamado por la Iglesia. Tú procura mantenerte fiel a los principios y a las enseñanzas de la Iglesia si quieres ser, de verdad, católico.


Los católicos somos conscientes de que no podemos estar en sintonía con los criterios del mundo, porque son contrarios a los del Evangelio. Ya lo dijo Jesús: "Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo" (Jn. 15, 19).


Tampoco se trata de compararnos viendo quiénes son mejores o peores, porque buenos y malos los hay en cualquier estamento; se trata de aceptar explícitamente la doctrina y la moral de la Iglesia. Hay muchos, incluso clérigos, que se dicen católicos y no lo son aunque se crean los reformadores de la Iglesia. Y no lo son por mucho que alardeen de serlo, porque no aceptan enseñanzas magisteriales de la Iglesia tanto en fe como en moral. Se tienen por más católicos que el mismo Papa, ¡y pobre Papa si no acepta lo que ellos dicen! Lo tachan de anticuado, conservador, inmovilista, ultraderechista… y otros epítetos parecidos.

-- Bueno, yo no digo tanto pero, sin exagerar, creo que la Iglesia debiera avanzar un poco en cuestiones como aborto, matrimonio homosexual, sacerdocio de las mujeres, divorcio… y otras cuestiones en las que el mundo avanza y ella se queda anticuada. No digo que cambie radicalmente, pero que vaya dando pasos, suavizando algunas exigencias muy duras para nuestro mundo moderno. ¿No crees que la Iglesia va perdiendo el hilo de la historia, y que el mundo cada vez le hace menos caso?


-- Mira, la Iglesia no baila al son que le toca el mundo. Los principios morales son muy exigentes y los cristianos debemos cumplirlos. No olvides que ha habido muchos mártires y los sigue habiendo.


Lo difícil para ti y para mí es cumplir con lo que Dios quiere. ¿Recuerdas aquello que dijo Jesús: "Por sus frutos los reconoceréis. No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial"? (Mt. 7, 20-21).


Y recuerda también lo que dice San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes. 4,3). El cristiano si quiere cumplir con la voluntad de Dios, ha de buscar santificarse. Y no puede ser el mundo el maestro de nuestra santificación.


José Gea Escolano, Obispo