martes

Milagros en amputaciones

Auguste Vallet, célebre médico y célebre investigador del enigma pirenaico asegura: «La medicina no conoce ninguna enfermedad que en Lourdes, por lo menos una vez, no haya encontrado una curación inexplicable y bien comprobada».


Ya: pero, ¿las piernas amputadas? ¿Los brazos cortados? ¿Las extremidades reducidas a muñones por nacimientos deformes o por enfermedades o acontecimientos traumáticos? «En la gruta hay muchísimas muletas, ninguna pierna de madera». Así decía Émile Zola. Y, con él, otros muchos, antes y después.


¿Por qué nunca se ha registrado en Lourdes, preguntaba un médico, el «crecimiento aunque sea sólo de una pierna amputada, prodigio nunca ocurrido y que, sin embargo, sería decisivo?». Henos aquí para buscar – desde una perspectiva de fe pero, también, de historia – una posible respuesta.


En primer lugar: dejando, de momento, Lourdes y mirando al conjunto de la historia católica, no es verdad que nunca se haya verificado un reconocimiento eclesial oficial de «hecho milagroso» -obtenido por intervención explícita de la Virgen – y referido a una extremidad que haya vuelto a crecer.


Al menos una vez (según nuestro conocimiento: por tanto, no excluimos otros casos) este reconocimiento lo dio el arzobispo de Zaragoza; y de forma especialmente solemne, tras un proceso digno de los métodos críticos modernos. En efecto, el 27 de abril de 1641, el alto prelado de esta ciudad española (tan querida para todos los ibéricos y, también, para los hispanoamericanos por el gran santuario de la Virgen del Pilar) proclamaba un decreto oficial en latín cuyas líneas finales suenan, traducidas, así:


«Una vez examinado todo, nosotros decimos, pronunciamos y declaramos que Miguel Juan Pellicer, habitante de Calanda, de quien se ha ocupado el presente proceso, ha recuperado milagrosamente la pierna derecha que le había sido amputada. Esta restitución no puede ocurrir naturalmente, sino que ha ocurrido de forma admirable y milagrosa (mirabiliter et miracolose) y debe registrarse como un milagro, puesto que concurre todo lo que – según el derecho – corresponde a la esencia de un auténtico prodigio. Por tanto, reconocemos el hecho presente como un milagro y lo autorizamos; y, así, nosotros decimos…».


Se equivocaría totalmente quien meneara la cabeza, pensando a una especie de delirio o de ilusión supersticiosa a encuadrar dentro del «fanatismo español del siglo XVI». Se equivocaría porque pocos hechos, en la historia, han sido comprobados con la precisión y seguridad de lo que fue conocido como el Gran Milagro de Calanda: una pierna amputada por debajo de la rodilla y, en una noche, recrecida. O, mejor, «reimplantada», puesto que se constató que al muñón del joven Miguel Juan Pellicer se le añadieron instantáneamente la parte inferior de la pierna en cuestión y el pie, ambos sepultados en el cementerio del hospital de Zaragoza, casi tres años antes del milagro.


Es realmente extraordinario que, prácticamente, se haya perdido memoria, incluso en la Iglesia, de un prodigio atestado irrefutablemente, con todas las garantías. Yo mismo, que investigo en este mundo, tuve noticia tardía sólo de un dossier publicado en 1959 y editado de nuevo en 1977 (tras rigurosas indagaciones en los archivos y lugares) por el abbé André Deroo, no por casualidad, historiador y apologista muy conocido de los hechos de Lourdes. Y decimos «no por casualidad» porque son especialmente estrechos los lazos entre el gran santuario de la Virgen del Pilar (por intercesión de la cual el joven de Calanda fue protagonista del clamoroso milagro) y el igualmente grande – aunque bastante más joven – santuario de los Pirineos.


Partiendo de la petición de don Deroo, después de repetidas visitas a España, tuve que rendirme a la evidencia: tomar en serio la verdad de aquel hecho no significaba entrar en las filas de los crédulos, ingenuos y visionarios. Esto lo he intentado documentar en un libro (Il Miracolo, Rizzoli Bur) que, habiendo tenido gran difusión y traducciones a algunas lenguas [En español, salio con el titulo de: El gran Milagro, editorial Planeta] , ha determinado el renacimiento de una peregrinación hacia la remota Calanda.


Vittorio Messori

lunes

¿Por qué se pide más integridad a los católicos?

En debates orales o escritos, es fácil encontrar personas que reprochan a la Iglesia católica hechos del pasado o del presente.


Un caso típico es el de la Inquisición. Muchos critican este tribunal por violar el respeto a la libertad religiosa y por usar en ocasiones la tortura como método para conseguir declaraciones de los procesados.



Ante este tipo de acusaciones, otras personas, seguramente con el deseo de defender a la Iglesia, reconocen los hechos erróneos pero intentan “contextualizarlos”: la Inquisición usaba en ocasiones la tortura porque ese “método” era también usado en los tribunales civiles, pertenecía al modo habitual de comportarse en el pasado.



Es entonces cuando ocurre un fenómeno interesante: los atacantes se irritan y consideran como estrategia equivocada y mezquina el que otros busquen “justificar” el uso de la tortura por parte de los agentes inquisitoriales con el recurso al dato de que otros, en el ámbito civil, también lo hacían.



Irritarse de este modo puede obedecer a diversos motivos, pero uno, quizá escondido, es evidente: los críticos suponen, consciente o inconscientemente, que los católicos deberían tener una integridad moral y una justicia superiores a las que se daban en los lugares donde vivían.



Tal exigencia de una integridad superior sólo tiene sentido si descubrimos que la Iglesia tiene “algo” que debería obligar a los católicos a ser diferentes, incluso “mejores”, que los otros grupos sociales.



Esta suposición se construye sobre premisas que no siempre son tenidas en cuenta en este tipo de discusiones. Una de ellas lleva a destruir la ideología sociologista, según la cual los individuos están sometidos a la mentalidad del mundo cultural en el que viven. 


 Es decir: la Iglesia sólo estaría llamada a superar el nivel moral de una época histórica si reconocemos que todos los seres humanos (los de ayer como los de hoy) están capacitados para comportarse según criterios diferentes a los que dominan en las sociedades en las que viven.



La segunda premisa es la más paradójica: suponer y exigir que los católicos tendrían que comportarse con una integridad moral fuera de lo común implica reconocerles algo de lo que carecerían otros grupos humanos. ¿Dónde radica la paradoja? En que ese “algo”, para los católicos, sólo puede venir de Dios, mientras que muchos críticos de la Iglesia niegan radicalmente que los católicos hayan sido fundados por un Cristo que sea, además, Dios.



Los católicos pueden afrontar este tipo de críticas desde una actitud dialogante y con el deseo sincero de conocer la historia del pasado. No podemos juzgar el ayer sin tener en cuenta cómo se vivía en cada época histórica.



Al mismo tiempo, hay que reconocer que quienes repiten una y otra vez las mismas críticas a los católicos por sus incoherencias del pasado y del presente suponen algo sumamente importante, que no puede quedar de lado en las discusiones: que los católicos estarían llamados a superar los parámetros de maldad o de injusticia de los lugares en donde viven, precisamente porque su origen, Jesucristo, les obliga a vivir con una integridad y una nobleza tal que los separe, cuando sea necesario, de los modos de actuar adoptados por aquellos pueblos y culturas que están configurados por criterios muy diferentes de los que se surgen desde la aceptación del Evangelio.

P. Fernando Pascual

martes

El feminismo

El feminismo es hoy de enorme actualidad.

Hay un feminismo correcto: la mujer y el hombre tienen los mismos derechos, porque tienen la misma dignidad. No se entiende por qué si una mujer y un hombre hacen el mismo trabajo con la misma perfección no ganen lo mismo.

Pero hay otro feminismo revanchista y ridículo de mujeres que quieren suplantar al hombre en todo. Estas mujeres demuestran que tienen complejo de inferioridad, porque la mujer no es inferior al hombre, pero es distinta.


Tener la misma dignidad no significa tener la misma identidad.

La mujer debe ser auténtica mujer, y no un “marimacho”. Tan repelente es un hombre “damisela” como una mujer “marimacho”. La mujer tiene sus valores, y el hombre los suyos. Algunos valores son comunes, pero no todos.

La mujer está especialmente dotada para la maternidad, y el hombre para la fuerza. Ni el hombre puede dar a luz un hijo, ni es fácil que una mujer sea la mejor del mundo en el lanzamiento de pesos.

Somos distintos en el cuerpo y en la psicología.
El hombre es más racional, la mujer más intuitiva.
El hombre va más al sexo, la mujer a la ternura.
El hombre quiere imponerse con gritos, la mujer con dulzura.

Al hombre le gusta conquistar, a la mujer seducir.
Al hombre le gusta la galantería, a la mujer el coqueteo.
Al hombre le interesa la técnica, a la mujer más la decoración.

Puede haber excepciones, pero esto es lo general. No de modo exclusivo, pero sí predominante.
Y esto no sólo por educación, sino por naturaleza. Sepamos apreciar los valores de cada sexo para fomentarlos.

P. Jorge Loring, S.I.

lunes

El suicidio protestante

Los Episcopalianos -los anglicanos de Estados Unidos- se hunden. En diez años han perdido un 30 por 100 de sus feligreses. Un tercio de sus parroquias reúne a menos de 40 personas para la única celebración litúrgica que hace el domingo. Incluso 36 de sus catedrales no congregan ni a 200 fieles en el fin de semana. ¿Y esto por qué?

Si las cosas fueran según la lógica aparentemente aplastante que usa la gente, los Episcopalianos deberían tener los templos a rebosar. Tienen curas casados; desde 1930 aceptan los anticonceptivos; desde 1976 tienen sacerdotisas; desde 1989, obispas; desde el 2000 dejaron de considerar pecado el adulterio; en 2003 ordenaron obispo a un homosexual que vivía con su pareja; en 2006 aceptaron el matrimonio homosexual; en 2010 ordenaron a una obispa lesbiana activa y, por supuesto, son pro abortistas. Tienen, por lo tanto, todo aquello con que sueñan los curas, laicos y teólogos católicos más disparatadamente progresistas y, sin embargo, lo que no tienen son feligreses. Vuelvo a preguntar, ¿y esto por qué?

La respuesta a esta pregunta la dio, valientemente, el Papa la semana pasada en su reunión en Erfurt (Alemania) con los principales líderes luteranos de su país. Porque su ansia de acercarse al mundo les ha hecho alejarse de Dios, de su palabra, de su mensaje. Y el resultado es una bazofia tan nauseabunda que sólo a los que les gusta la basura les puede resultar apetecible.

Pero no hay que pensar que este es un problema de esa “Iglesia” solamente. Están igual los luteranos, los presbiterianos, los de la Iglesia Unitarista –la de Obama- y, por supuesto, los anglicanos de Inglaterra. Un estudio llevado a cabo entre las sacerdotisas anglicanas del Reino Unido, arroja las siguientes cifras: Un tercio no cree en la maternidad virginal de María, la mitad no cree que Cristo resucitó, otro tercio niega la Trinidad y una cuarta parte ni cree en Dios Padre ni en el Espíritu Santo.

Y a eso es a donde nos quieren conducir a nosotros, los católicos. De hecho, aunque estemos aún muy lejos de esos extremos, en estos años hemos recorrido ya una parte del camino. Si se hiciera un estudio serio y anónimo entre el clero, ¿cuántos admitirían creer en el infierno e incluso en la vida eterna? ¿cuántos creerían en los cuatro dogmas marianos? ¿cuántos en la infalibilidad del Papa? ¿cuántos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía? 

La deriva de la Iglesia hacia el protestantismo –con signos evidentes no sólo en dogma y moral sino en la liturgia y hasta en la arquitectura, como quitar el sagrario de los templos y ponerlo en capillas laterales-, ha sido frenada por la valiente actitud de los últimos Papas, pero el peligro no ha pasado ni mucho menos. Dentro hay fuerzas tan poderosas que pugnan por precipitarnos al abismo. Tan poderosas como las que hay fuera. Porque ambas proceden del mismo enemigo. Pero a éste siempre termina por pisarle la cabeza la Santísima Virgen. Por eso los amigos del enemigo insisten tanto en atacar a María. Saben lo que hacen, pero no prevalecerán.

P. Santiago Martín

¿Por qué soy asi?

Autodisculpa y mediocridad
La exigencia cuesta
«A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos... —me decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos.— Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia...»

"Somos humanos..."
Bien. De acuerdo. Pero..., me pregunto, ¿por qué equiparar eso de amargarse la existencia con tener unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno —sobre todo nuestro— enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano?

Somos humanos: parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.


No confundamos los términos

Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.


Arrugarse antes de tiempo

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

P. Christian Juarez

San Pablo: ¿Machista troglodita o visionario vanguardista?

No pocas veces he escuchado citar como ejemplo de machista troglodita, porque inspirado por el Espíritu Santo, San Pablo escribió: “Que la esposa, pues, se someta en todo a su marido” En la carta a los Efesios (5, 24).

Pues bien, quien escuche esta expresión y la juzgue a la ligera, efectivamente, podría caer en la tentación de pensar de esta manera, sin embargo, quien se ha tomado la molestia de estudiar un poquito la expresión y su contexto empieza a descubrir a un San Pablo distinto.

Por ejemplo, uno puede descubrir en las escrituras que líneas abajo de la frase citada, el mismo San Pablo dirá “Maridos, amen a sus esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. Quien entiende de fe se da cuenta inmediatamente la menuda exigencia que San Pablo plantea a los varones, dado que, Cristo ama a su Iglesia hasta la muerte y muerte de cruz.

Cristo lo entrega todo por su Iglesia, no se guarda nada. Esa es, pues, la exigencia del varón, amar hasta el extremo, hasta la donación integra de su Ser. Un amor de esta naturaleza, entregando hasta la última gota de sangre, implica por parte del varón un ser justo, un estar pendiente de su esposa, manifestandole consideración y reverencia. Hablamos pues de tratar como es debido -con todos los honores- a una Hija de Dios.

Ahora bien, quien conoce un poco de historia, además de la indispensable luz de la fe, repararía inmediatamente en lo subversivo de las palabras de San Pablo, dado el contexto de la cultura greco-latina dominante, donde la mujer era considerada en términos prácticos como un objeto más del varón, del cual este podía disponer a su antojo, incluso llegando a extremos como la capacidad de decidir sobre la vida o la muerte de ella. No pocos Efesios deben haberse quedado estupefactos frente a una exigencia de esta naturaleza, deben haber pensado que Pablo se volvió loco, o que sus múltiples viajes lo confundieron.

Pero a San Pablo lo mueve el Amor de ahí sus exigencias, ellas brotan de un corazón convertido radicalmente y volcado al servicio de su Señor, Jesús de Nazaret. Este Amor es el centro del que deberíamos partir antes de juzgar con ligereza al converso Saulo de Tarso.



Marco Reinoso Chavez

Lo siento mucho, señoritas feministas

Lo siento mucho, señoritas feministas, pero tengo varias malas noticias que darles; al menos quise tener la delicadeza de hacerlo personalmente y de que no se enteren por terceros (aunque, para ser francos, es lo que más me gustaría).


La primera noticia es que acabo de tener un hijo. Perdónenme. Y por si eso fuera poco, —lo siento mucho— es un varón. Seguramente que hubiéramos preferido todos una mujer oprimida y maltratada por el sistema patriarcal-paternalista para liberarla, iluminarla, etcétera, etcétera,  pero qué vamos a hacer: es lo que la naturaleza nos dio (y perdón por usar la palabra naturaleza).

Lo siento mucho, señoritas feministas, pero a pesar de todas las cosas suyas que he leído, he decidido que ya que mi hijo nació varón, entonces deberá ser varón. Ojo: no muy varón o poco varón; simplemente varón, que con eso será bastante: ya sabemos que en el mundo de hoy —y en eso sí coincidimos— no todos lo son.

Lo siento mucho, señoritas feministas pero, además, he decidido enseñarle a tratar a las mujeres con respeto y delicadeza, con caballerosidad y decencia, con cercanía en las cosas en las que a ustedes les gustaría que fuera distante y con distancia en aquellas en las que les gustaría que fuera demasiado cercano.

He decidido enseñarle a proteger a las mujeres, a defenderlas siempre, empezando por enseñarle a defenderlas de sí mismo y de sus apetitos alguna que otra vez desordenados. Le enseñaré —lo siento mucho— que las mujeres no son una máquina sexual, hambrienta de deseo y placer,  ansiosa por ejercer cierto derecho a la libertad sexual, que —lo siento— no me parece sino una  etiqueta creada por directores de cine porno para que les resulte más barato contratar a  jovencitas —o a solteronas…— dispuestas a hacer lo contrario de lo que todos dicen.

Por supuesto, esto no significa que le enseñaré que le deben gustar los hombres. Lo siento mucho, pero le enseñaré que las mujeres son de las cosas más bellas que ha creado Dios, y que en todas hay una  chispa de su belleza, y que por eso es natural que le atraigan tanto. Aunque, valgan verdades, en esto creo que no tendré que esforzarme mucho (me parece que más esfuerzo y recursos gastan ustedes tratando de convencer a todos de lo contrario).

Lo siento mucho, señoritas, pero he decidido también enseñarle a tratar a las mujeres con paciencia, humildad, verdad y tolerancia (y sin molestarse, ¡eh!, pues esta misma tolerancia es la que le enseñaré a mi hija —si me toca alguna— que debe poner en práctica con los hombres —empezando conmigo, que todo hay que decirlo—).

Y le enseñaré estas cosas porque quizá alguna vez le toque casarse con una mujer, salvo que —lo siento otra vez— le toque ser cura o —peor— un provida consagrado completamente a la causa. Tal vez le toque casarse con una, decía, y descubrirá que al lado de la rosa bella, fresca y perfumada, hay espinas y un tallo áspero y velludo, imagen de las luces y sombras de las que está hecho el ser humano.

Descubrirá que el carácter de las mujeres está hecho de las virtudes más hermosas de lo humano (por algo el mismo creador quiso nacer de una), pero también de los vicios más duros y los dardos punzantes que «abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte». Son pocos, pero son, de modo que una que otra vez le tocará lidiar con la terquedad, con el silencio hiriente, con el orgullo necio, con la  manipulación; o sea, igualito igualito al carácter de ustedes, que por algo son mujeres también.

Entonces le enseñaré —y quizá en esto sí coincidamos— que los hombres también lloran, pero que —y  aquí, de nuevo, lo siento mucho, señoritas feministas— más de una vez le tocará hacerlo en silencio, como  hombre, mordiéndose la lengua y haciendo de sus tripas revueltas y almibaradas en bilis un corazón  maltrecho, pues sabrá que amar en serio significa haber ya empeñado el corazón de verdad en el de aquella  que si lo hace sufrir es porque lo ama, con mucha tosquedad, es cierto, pero que no es otra que la de él, es  decir, de ser humano. Entonces le tocará perfumarse la cabeza y lavarse la cara para que ese ayuno y ese incienso de virtudes lo vea solamente quien lo tiene que ver, y no todo el mundo a través de los testimonios que ponen ustedes en sus páginas webs.

Porque, eso sí, mi hijo no será perfecto, y lo sé. Intentaremos que sea santo, pero eso no significa que será perfecto. Seguramente será tosco, burro, bronco e insoportable al tratar a todos, que no en vano será hombre. Y es que el correlato de dardos punzantes que tiene ustedes lo  tenemostambién nosotros, pero en versión masculina. Habrá que enseñarle a domesticarse a sí mismo, claro, pero con objetividad y mesura, sin sacrificar su naturaleza en el altar de una idolatrada inteligencia emocional.

Porque, lo siento mucho, señoritas feministas, pero le enseñaré a mi hijo a ser dulce sin ser afeminado; a ser sensible y cortés sin pintarse las uñas de rosado ni matar niños en las clínicas so pretexto de compasión; a ser manso pero corajudo, valiente y fuerte pero solidario y capaz de hacerse pequeño. Le enseñaré a abrirles la puerta, a dejarlas pasar primero, a abrirles la puerta del taxi y a pagar la cuenta en las primeras citas. Le enseñaré a respetar su cuerpo y el de «otros y otras», especialmente el de ustedes para no perder el control, cuando ustedes lo tilden de poco hombre, no liberado, poco moderno o enemigo del progreso inexorable de los tiempos, progreso inexorable diseñado en un brainstorming por un montón de señoritas feministas alrededor de cuatro dry martinis.

En fin, que le voy a enseñar a mi hijo a ser hombre, y perdonen por eso.

Enrique Gordillo Cisneros

Bella Señora vestida de azul

Bella Señora vestida de azul,
enséñame a rezar.

Dios era solo tu pequeñuelo,
¡indicame que le puedo decir!

¿Lo amparabas algunas veces
tiernamente en tu regazo?

¿Le cantabas
como me cantaba mi mamita a mí?

¿Retuviste entre las tuyas.
Su mano divina en las noches,
y aun trataste
de contarle historias del mundo?

¡Oh!, ¿y no lloró?

¿Tu piensas que en verdad le agrade
si yo le cuento tantas cosas,
pequeños hechos que se refieren a mi?

¿Producen ruido las alas de los ángeles,
me podrá oír si yo le hablo en voz baja?

¿Me esta escuchando ahora?
Dime, tú que sabes,
Bella Señora vestida de azul,
enséñame a rezar.

El mismo Dios fue tu pequeñuelo,
y tú sabes como debo hacer.

Mary Dixon Thayer

jueves

Encuentre las siete diferencias entre la PUCP y la Coca-Cola

PUCP ( Pontificia Universidad Católica del Perú )

Había una vez en Estados Unidos un señor llamado John S. Pemberton que quiso inventar una bebida que acabara con los males de los hombres. No sé si tuvo éxito, pero bastante gente comenzó a consumir su bebida y la disfrutaba mucho, así que él y sus socios decidieron ponerle Coca-Cola y ofrecerla a todos. Con el tiempo, la Coca-Cola se fue expandiendo por muchos más países, y la gente en distintas partes la disfrutaba igual. Alguna vez llegó a ser la bebida más consumida.

Un tiempo después, en el Perú, un grupo de amigos (llamados Jorge, José, Víctor y otros más) estaban muy preocupados porque la gente le estaba perdiendo el sentido a sus vidas. Entonces decidieron crear una empresa que se dedicara a fabricar y vender Coca-Cola para que todos se alegraran. Pidieron las licencias y la receta, y empezaron a funcionar. Decidieron ponerle la Oficial Coca-Cola del Perú. Cuando se lo consultaron, a Pemberton le pareció excelente, y así todos estuvieron contentos. La población peruana comenzó a consumir Coca-Cola fabricada en su propio país —hasta ahora era privilegio de unos cuantos que podían probarla fuera—, y con el tiempo muchos la disfrutaban con alegría.

Pasaron los años. Como la biología iba a hacer de las suyas, Jorge, José y Víctor escogieron sucesores. Eso estuvo muy bien, porque así la Oficial Coca-Cola del Perú siguió alegrando la vida de muchas generaciones.


Casi cien años después, Marcial, Pepi, Jorge (otro Jorge) y varios amigos más dirigían la fábrica. Con el tiempo habían hecho algunas innovaciones simpáticas: ampliaron la fábrica, hicieron edificios, vendían Coca-Cola por Internet (incluso en Second Life, aunque nadie sabía para qué) y hasta sembraron un gran jardín. Además, hicieron innovaciones también a la misma Coca-Cola. Por ejemplo, decidieron mezclarla con rocoto relleno y —para honrar a Lima— con mazamorra morada. Si usted no sabe qué es mazamorra morada, le diré es un postre de consistencia débil y gelatinesca, muy rico, aunque da diarrea si se come mucho. Marcial, Jorge, Pepi y sus amigos estaban muy contentos con el resultado.

No obstante, quien no estuvo muy contento fue Pemberton. Cuando en su oficina en Atlanta se enteró de que en la Oficial Coca-Cola del Perú estaban haciendo estas cosas, le dio mucha pena, y se comunicó con Marcial para solucionar el problema: «Por favor, corrijan la receta», fue la orden.

Marcial recibió la notificación en su oficina. Debido a que siempre se caracterizó por su espíritu plural, su pensamiento abierto y su amplitud de mente para innovar y no encasillarse en una sola idea, cuando recibió la notificación pensó que era una broma: nadie podía ser tan imbécil para no ver las cosas como él.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que era en serio. Se reunió entonces con sus amigos para ver qué hacían. «¡Es un abuso!», pensaron todos. Y respondieron que no podía ser que los obligaran a hacer las cosas al modo Pemberton y no a su propio modo: «¡Es medieval!», decían.


Pemberton les contestó que no entendía sus respuestas (estaban escritas en un pésimo inglés), y se limitó a repetir que rectificaran la receta. Dijo que eso no era Coca-Cola, que habían cambiado la esencia, que ya no era el mismo sabor y que estaban engañando a la gente.

Entonces se armó un diálogo muy curioso.

Marcial y sus amigos respondieron que no había que ser cuadriculados; que el espíritu de la Coca-Cola era ser plural y abierto; que la Coca-Cola era universal y, por lo tanto, universal debía ser también su modo de fabricarla. Pemberton contestó que el espíritu de la Coca-Cola era más bien una receta única que había permanecido inalterada desde hacía 125 años.


Ellos le contestaron que, sin pretender darle lecciones de historia sobre su propia compañía, recordara que la Coca-Cola se había inculturado en los diferentes lugares y tiempos en los que estuvo, a lo que él respondió que lo que había cambiado eran los caracteres de la marca, a veces el nombre del producto y una que otra vez la botella, pero que la receta no.


Le dijeron, entonces, que estaba atentando contra la libertad de empresa, de innovación y de propiedad intelectual, a lo que el otro respondió que, por el contrario, si querían seguir produciendo Coca-Cola con rocoto y mazamorra, eran libres de hacerlo, pero que entonces no le llamaran oficial, y menos Coca-Cola.

Ellos se quejaron: «¡Hay tantos productos con el sabor de la Coca-Cola y no son motivo de queja, y el nuestro sí!», a lo que Pemberton respondió que los otros productos no pretendieron jamás llamarse Coca-Cola, por lo que no había ningún problema, pero que en cambio ellos sí, solo que lo que producían ya no se parecía en nada a la Coca-Cola. Marcial y los suyos replicaron entonces —indignadísimos— que no iban a discutir por una mera cuestión de nombres, a lo que el otro respondió que no lo era, que el tema estaba en la esencia y no en el nombre, y que si no se quejaban contra los otros productos parecidos era precisamente porque eran parecidos; les contó a modo de anécdota que en los más antiguos cuadernos de la fábrica hay una vieja sentencia del fundador que rezaba así: «El que no está contra ustedes está por ustedes», en cambio, la Oficial Coca-Cola del Perú sí estaba contra él.

Ellos intentaron relajarse y dijeron que no era para tanto, y que la receta oficial, inalterada y secreta era simplemente un detalle pintoresco, como el nombre Coca-Cola, el color rojo y blanco en la etiqueta (ellos creían que era por la bandera peruana), el color negro de la bebida y la forma de mujer del envase; es más, decían que estos detalles eran igual de pintorescos que la construcción con concreto y ladrillos caravista, las ardillas y el olor a caca los fines de semana en la fábrica.

Pemberton, un tanto perplejo, prefirió no responder a esto para no ofender a nadie.

Ya un poco desesperados, Marcial y sus amigos fueron donde el papá de Pemberton para que intercediera por ellos. «Tu hijo quiere cambiar nuestras reglas», le dijeron. Papá Pemberton se disculpó por no entender su idioma (nuevamente le hablaban en un pésimo inglés) y les prometió analizar el asunto: «Háganme llegar sus planes de producción, el diseño interior de su planta y las reglas de la empresa, y díganme también qué cambios quiere hacer mi hijo». Sin embargo, cuando terminó de revisar todo, muy serio dijo: «¡Caramba! ¡No sabía que funcionaban así! ¡Qué desastre! ¡Pero claro que deben cambiar!», y les recordó que los más perjudicados serían los clientes que ya compraron muchas cajas de Coca-Cola con cinco años de adelanto. Dando un portazo, Marcial y sus amigos se regresaron a su país.

No bien llegaron, Marcial, Pepi, Jorge y los otros reunieron a los trabajadores de la fábrica y les dijeron que debido al comportamiento arbitrario e injusto de Pemberton, se declaraban en guerra contra él y su papá; que todo era un ataque, una campaña de desprestigio; que en realidad Pemberton no quería otra cosa que apoderarse de la fábrica (alguien por ahí levantó la mano y recordó que en realidad ya era suya, pero nadie le hizo caso); y después repitió uno por uno todos los argumentos que le habían dicho al propio Pemberton en su cara.

Al final del discurso, Marcial terminó diciendo que él estaba muy convencido de que tenía la razón, pero —y bajó mucho la voz cuando dijo esto— que no lo decía en voz alta porque entonces todos se darían cuenta de que no la tenía. Dijo «Muchas gracias» y la multitud, se dispersó en silencio: la mitad se fue escribiendo cosas en sus cuentas de Twitter, cosas como «guerra», «defensa cerrada», «no lo permitiremos», «estudiantes unidos», «intolerancia» y «Hogwarts»; la otra mitad se fue a casa a ver televisión.

Ahora encuentre siete diferencias con la PUCP; si no puede, no se asuste (o, por lo menos, intente no asustarse).

Enrique Gordillo Cisneros

miércoles

Libertad, escoger mal, escoger bien

Sin la libertad, ¿habría menos errores? Parecería que sí. Si todo está determinado de modo fijo y seguro, en vistas al bien del individuo y de la comunidad, nadie se lamentaría de haberse equivocado.


Aplicado a nivel estatal, si otros, gobernantes y funcionarios públicos, deciden los estudios, el trabajo, incluso el matrimonio o los hijos de cada pareja, ¿sería el mundo mejor, más seguro, menos dramático?


El problema aparece como uno de los ejes de una novela escrita para pensar: “El Dador”. Su autora, Lois Lowry, imagina un territorio controlado por un consejo de ancianos, que deciden absolutamente todos los aspectos de la vida de la gente.


Los niños, apenas empiezan a sentir sus primeros impulsos pasionales o amorosos (el “Ardor”) toman unas pastillas que les permiten vivir fríamente, sin “distorsiones” emotivas. Luego se les va asignando a grupos según sus cualidades, con el fin de que logren el máximo rendimiento. Incluso las bodas, los hijos (dados a luz por mujeres especializadas en esta tarea) y su asignación son asuntos decididos “desde arriba”.


¿Y qué ocurre con los que no entran en el sistema o ya no rinden? Los niños que nacen con defectos o fuera del número establecido son eliminados bajo una palabra eufemística: son “liberados”. Los ancianos, en un momento determinado, también pasan la puerta que los lleva a la “liberación”. Comportarse mal y violar las reglas establecidas, también puede llevar, si no hay corrección, al paso dramático (para casi todos desconocido) de la “liberación”.


Si Lowry hubiese hablado de los abortos eugenésicos habría dado a su libro un revuelo enorme. En cierto sentido, parte de lo que ella describió ya es, desde hace años, una práctica habitual en algunos rincones del planeta, donde hay gobiernos que limitan el número de nacimientos; donde hay médicos que esterilizan, a veces con engaño o bajo presión, a quienes (según ellos) ya no deben tener más hijos; donde hay personas que optan por la eliminación, convertida en algo rutinario, de los embriones y fetos defectuosos...


Detrás de una sociedad tan extraña y férrea como la descrita por Lowry se esconde un propósito muy claro: impedir los errores. Porque los hombres y las mujeres nos equivocamos si dejamos a las pasiones crecer, y si contamos con la posibilidad de elegir libremente. Pero cuando hay un fuerte control del saber y de la voluntad, el mundo funcionaría, según la utopía narrada en “El Dador”, perfectamente.


Sólo una persona conserva un cierto ámbito de libertad. Conoce el pasado, lee libros desconocidos para los demás, recuerda a los ancianos dirigentes peligros que ellos no pueden prever por falta de experiencia (y por falta de errores en su historial). Esa persona, el Receptor (que se convierte en Dador ante un discípulo), tiene que transmitir a un niño designado, Jonás, sus conocimientos, tiene que permitirle sentir experiencias que los demás no han tenido jamás en su vida.


Jonás tiene 12 años y aprende con rapidez, desde las manos que el Dador pone sobre sus espaldas. Así recibe la historia pasada, llena su alma de recuerdos. Abre poco a poco los ojos a las diferencias, puede ver colores y otras cualidades que la gente de la comunidad no capta. Se da cuenta de que al ver más queda abierto el horizonte de la elección: aparece la libertad.


Pero la libertad, comenta con el Dador en capítulo 13 de la obra, implica la posibilidad del error, de elegir mal. Además, iría contra la Igualdad que rige la vida de todos.


La novela busca precisamente abrir los ojos a sociedades en las que, en nombre de la Igualdad, se busca borrar las diferencias, los gustos, la libertad de elegir. Bajo el sueño atractivo de evitar los males que surgen de las decisiones equivocadas, poco a poco se llega al abismo de suprimir la misma libertad y de someter despóticamente a todos a normas frías, quizá racionales, pero que terminan siendo profundamente inhumanas.


Jonás elabora un plan de fuga con el Dador, que ya es su amigo. Al final, los hechos se precipitan y Jonás no puede huir con el Dador, sino con un niño pequeño, Gabriel, que no “encaja” con las exigencias de la comunidad y que iba a ser “liberado” con frialdad legalista. Desde los conocimientos y desde la libertad, Jonás decide violar aquellas normas que, por su rigidez, acaban por ir contra lo que deberían defender, la dignidad del hombre.



No estamos, ciertamente, ante una novela original. Otras obras del siglo XX, como “1984” (de George Orwell) o “Mundo feliz” (de Aldous Huxley), abordan temáticas parecidas. Por desgracia, no es original tampoco la situación descrita, pues hay señales de que algunos grupos humanos pueden caer en el absurdo de aplastar la libertad humana en nombre del progreso, de la justicia, de la igualdad.


Existe, y asusta reconocerlo como le ocurre al joven Jonás, el riesgo de escoger mal. Un Hitler y un Stalin quizá no podrían haber hecho lo que hicieron en un mundo como el descrito por Lowry en “El Dador”. Pero tampoco habrían surgido un Francisco de Asís, una Teresa de Calcuta o un Juan Pablo II.


La libertad no sólo está abierta a la posibilidad de escoger mal, sino que se orienta constitutivamente a la elección del bien. Ese es, en definitiva, el uso más hermoso de la libertad y la culminación de la misma, desde la experiencia humana que más llena de plenitud a los corazones: la de poder amar y la de dejarse, libremente, amar.


Fernando Pascual

martes

Ausencia de Dios


Evidentemente no se trata de que Dios se ausente de nosotros, sino de que en nuestra cultura actual no son pocos los que pretenden alejarnos de Dios.

La personalidad humana puede caer en la forma suprema de ausencia, que es la carencia en nuestra conciencia de la presencia de Dios. Dijo Julián Marías, en uno de sus últimos libros (“La perspectiva cristiana”), que la vida humana ha de tener sentido, aunque no se vea claramente cual, la añoranza de mayor amor, es la medida del amor, puesto que el sentido pertenece a la realidad de la vida humana.  

“El hombre –dice- hace su vida. La elige, no es creador de ella, pero sí autor de ella. Y ello nos conduce a un convencimiento que nos brota del hondón de nuestra alma. Que la vida terrenal en este mundo aparece como elección de la perdurable”. Y añade lapidariamente. “Consiste en decidir “ahora” quién va a ser “siempre”.

Querer arrancar las raíces cristianas de nuestra civilización supone olvidar –dice él mismo al final del libro- que “desde hace dos mil años, el hombre tiene algo radicalmente nuevo, que no se acaba de poseer sino por partes, con desamor, abandonos, infidelidades. Algo que está delante de nosotros como algo que hay que conquistar. Algo, no se olvide, que está frente a nuestra libertad sin forzarla. La perspectiva cristiana”.

Otro actual teólogo afirma brevemente que la historia de la humanidad tiene una concreta “Nota Bene”, que es la encarnación de Jesucristo, el Verbo de Dios. Una Nota Bene, que quiere ser olvidada por algunos y, lo que es más grave, otros pretenden hacerla olvidar a sus conciudadanos.

Y una consecuencia, aunque no la única, de esas corrientes que pretenden secularizar nuestra cultura, laicizarla , alejarnos de cualquier valor trascendente, fundamentalmente de Dios, también puede introducirnos a creer que la santidad es más difícil que en otras épocas de la historia.

Todos nos vemos lejos de la santidad. Si ello quiere decir que nos es imposible, nos equivocamos. Si pensamos que vamos haciendo camino, por muy lejos que nos encontremos de ella, estamos en lo cierto.

Cada día de nuestra vida es una ocasión que Dios nos regala para que nos sigamos acercando a Él.

Acercarnos, puesto que no consideramos tener suficiente intimidad con Él, pero sabemos que nos espera cada día a partir del grado de amor que podemos tener.

San Juan de la Cruz, que tanto supo de amor a Dios, nos dirá que la medida de nuestro amor no es tanto el que apreciamos tener, sino la medida del deseo de crecer en ese amor, del anhelo de alcanzarlo; la añoranza de mayor amor, esa es la medida del amor.

A esa actitud alude Jesús como una bienaventuranza: tener hambre y sed de santidad.


Ser justo es ser santo. Así pues, la respuesta a la pregunta de si podemos ser santos, se convierte en la pregunta de si tenemos hambre y sed de serlo. Es la respuesta de Jesús en la cuarta bienaventuranza.

 Cardenal Ricardo M. Carles