martes

Milagros en amputaciones

Auguste Vallet, célebre médico y célebre investigador del enigma pirenaico asegura: «La medicina no conoce ninguna enfermedad que en Lourdes, por lo menos una vez, no haya encontrado una curación inexplicable y bien comprobada».


Ya: pero, ¿las piernas amputadas? ¿Los brazos cortados? ¿Las extremidades reducidas a muñones por nacimientos deformes o por enfermedades o acontecimientos traumáticos? «En la gruta hay muchísimas muletas, ninguna pierna de madera». Así decía Émile Zola. Y, con él, otros muchos, antes y después.


¿Por qué nunca se ha registrado en Lourdes, preguntaba un médico, el «crecimiento aunque sea sólo de una pierna amputada, prodigio nunca ocurrido y que, sin embargo, sería decisivo?». Henos aquí para buscar – desde una perspectiva de fe pero, también, de historia – una posible respuesta.


En primer lugar: dejando, de momento, Lourdes y mirando al conjunto de la historia católica, no es verdad que nunca se haya verificado un reconocimiento eclesial oficial de «hecho milagroso» -obtenido por intervención explícita de la Virgen – y referido a una extremidad que haya vuelto a crecer.


Al menos una vez (según nuestro conocimiento: por tanto, no excluimos otros casos) este reconocimiento lo dio el arzobispo de Zaragoza; y de forma especialmente solemne, tras un proceso digno de los métodos críticos modernos. En efecto, el 27 de abril de 1641, el alto prelado de esta ciudad española (tan querida para todos los ibéricos y, también, para los hispanoamericanos por el gran santuario de la Virgen del Pilar) proclamaba un decreto oficial en latín cuyas líneas finales suenan, traducidas, así:


«Una vez examinado todo, nosotros decimos, pronunciamos y declaramos que Miguel Juan Pellicer, habitante de Calanda, de quien se ha ocupado el presente proceso, ha recuperado milagrosamente la pierna derecha que le había sido amputada. Esta restitución no puede ocurrir naturalmente, sino que ha ocurrido de forma admirable y milagrosa (mirabiliter et miracolose) y debe registrarse como un milagro, puesto que concurre todo lo que – según el derecho – corresponde a la esencia de un auténtico prodigio. Por tanto, reconocemos el hecho presente como un milagro y lo autorizamos; y, así, nosotros decimos…».


Se equivocaría totalmente quien meneara la cabeza, pensando a una especie de delirio o de ilusión supersticiosa a encuadrar dentro del «fanatismo español del siglo XVI». Se equivocaría porque pocos hechos, en la historia, han sido comprobados con la precisión y seguridad de lo que fue conocido como el Gran Milagro de Calanda: una pierna amputada por debajo de la rodilla y, en una noche, recrecida. O, mejor, «reimplantada», puesto que se constató que al muñón del joven Miguel Juan Pellicer se le añadieron instantáneamente la parte inferior de la pierna en cuestión y el pie, ambos sepultados en el cementerio del hospital de Zaragoza, casi tres años antes del milagro.


Es realmente extraordinario que, prácticamente, se haya perdido memoria, incluso en la Iglesia, de un prodigio atestado irrefutablemente, con todas las garantías. Yo mismo, que investigo en este mundo, tuve noticia tardía sólo de un dossier publicado en 1959 y editado de nuevo en 1977 (tras rigurosas indagaciones en los archivos y lugares) por el abbé André Deroo, no por casualidad, historiador y apologista muy conocido de los hechos de Lourdes. Y decimos «no por casualidad» porque son especialmente estrechos los lazos entre el gran santuario de la Virgen del Pilar (por intercesión de la cual el joven de Calanda fue protagonista del clamoroso milagro) y el igualmente grande – aunque bastante más joven – santuario de los Pirineos.


Partiendo de la petición de don Deroo, después de repetidas visitas a España, tuve que rendirme a la evidencia: tomar en serio la verdad de aquel hecho no significaba entrar en las filas de los crédulos, ingenuos y visionarios. Esto lo he intentado documentar en un libro (Il Miracolo, Rizzoli Bur) que, habiendo tenido gran difusión y traducciones a algunas lenguas [En español, salio con el titulo de: El gran Milagro, editorial Planeta] , ha determinado el renacimiento de una peregrinación hacia la remota Calanda.


Vittorio Messori

lunes

¿Por qué se pide más integridad a los católicos?

En debates orales o escritos, es fácil encontrar personas que reprochan a la Iglesia católica hechos del pasado o del presente.


Un caso típico es el de la Inquisición. Muchos critican este tribunal por violar el respeto a la libertad religiosa y por usar en ocasiones la tortura como método para conseguir declaraciones de los procesados.



Ante este tipo de acusaciones, otras personas, seguramente con el deseo de defender a la Iglesia, reconocen los hechos erróneos pero intentan “contextualizarlos”: la Inquisición usaba en ocasiones la tortura porque ese “método” era también usado en los tribunales civiles, pertenecía al modo habitual de comportarse en el pasado.



Es entonces cuando ocurre un fenómeno interesante: los atacantes se irritan y consideran como estrategia equivocada y mezquina el que otros busquen “justificar” el uso de la tortura por parte de los agentes inquisitoriales con el recurso al dato de que otros, en el ámbito civil, también lo hacían.



Irritarse de este modo puede obedecer a diversos motivos, pero uno, quizá escondido, es evidente: los críticos suponen, consciente o inconscientemente, que los católicos deberían tener una integridad moral y una justicia superiores a las que se daban en los lugares donde vivían.



Tal exigencia de una integridad superior sólo tiene sentido si descubrimos que la Iglesia tiene “algo” que debería obligar a los católicos a ser diferentes, incluso “mejores”, que los otros grupos sociales.



Esta suposición se construye sobre premisas que no siempre son tenidas en cuenta en este tipo de discusiones. Una de ellas lleva a destruir la ideología sociologista, según la cual los individuos están sometidos a la mentalidad del mundo cultural en el que viven. 


 Es decir: la Iglesia sólo estaría llamada a superar el nivel moral de una época histórica si reconocemos que todos los seres humanos (los de ayer como los de hoy) están capacitados para comportarse según criterios diferentes a los que dominan en las sociedades en las que viven.



La segunda premisa es la más paradójica: suponer y exigir que los católicos tendrían que comportarse con una integridad moral fuera de lo común implica reconocerles algo de lo que carecerían otros grupos humanos. ¿Dónde radica la paradoja? En que ese “algo”, para los católicos, sólo puede venir de Dios, mientras que muchos críticos de la Iglesia niegan radicalmente que los católicos hayan sido fundados por un Cristo que sea, además, Dios.



Los católicos pueden afrontar este tipo de críticas desde una actitud dialogante y con el deseo sincero de conocer la historia del pasado. No podemos juzgar el ayer sin tener en cuenta cómo se vivía en cada época histórica.



Al mismo tiempo, hay que reconocer que quienes repiten una y otra vez las mismas críticas a los católicos por sus incoherencias del pasado y del presente suponen algo sumamente importante, que no puede quedar de lado en las discusiones: que los católicos estarían llamados a superar los parámetros de maldad o de injusticia de los lugares en donde viven, precisamente porque su origen, Jesucristo, les obliga a vivir con una integridad y una nobleza tal que los separe, cuando sea necesario, de los modos de actuar adoptados por aquellos pueblos y culturas que están configurados por criterios muy diferentes de los que se surgen desde la aceptación del Evangelio.

P. Fernando Pascual

martes

El feminismo

El feminismo es hoy de enorme actualidad.

Hay un feminismo correcto: la mujer y el hombre tienen los mismos derechos, porque tienen la misma dignidad. No se entiende por qué si una mujer y un hombre hacen el mismo trabajo con la misma perfección no ganen lo mismo.

Pero hay otro feminismo revanchista y ridículo de mujeres que quieren suplantar al hombre en todo. Estas mujeres demuestran que tienen complejo de inferioridad, porque la mujer no es inferior al hombre, pero es distinta.


Tener la misma dignidad no significa tener la misma identidad.

La mujer debe ser auténtica mujer, y no un “marimacho”. Tan repelente es un hombre “damisela” como una mujer “marimacho”. La mujer tiene sus valores, y el hombre los suyos. Algunos valores son comunes, pero no todos.

La mujer está especialmente dotada para la maternidad, y el hombre para la fuerza. Ni el hombre puede dar a luz un hijo, ni es fácil que una mujer sea la mejor del mundo en el lanzamiento de pesos.

Somos distintos en el cuerpo y en la psicología.
El hombre es más racional, la mujer más intuitiva.
El hombre va más al sexo, la mujer a la ternura.
El hombre quiere imponerse con gritos, la mujer con dulzura.

Al hombre le gusta conquistar, a la mujer seducir.
Al hombre le gusta la galantería, a la mujer el coqueteo.
Al hombre le interesa la técnica, a la mujer más la decoración.

Puede haber excepciones, pero esto es lo general. No de modo exclusivo, pero sí predominante.
Y esto no sólo por educación, sino por naturaleza. Sepamos apreciar los valores de cada sexo para fomentarlos.

P. Jorge Loring, S.I.

lunes

El suicidio protestante

Los Episcopalianos -los anglicanos de Estados Unidos- se hunden. En diez años han perdido un 30 por 100 de sus feligreses. Un tercio de sus parroquias reúne a menos de 40 personas para la única celebración litúrgica que hace el domingo. Incluso 36 de sus catedrales no congregan ni a 200 fieles en el fin de semana. ¿Y esto por qué?

Si las cosas fueran según la lógica aparentemente aplastante que usa la gente, los Episcopalianos deberían tener los templos a rebosar. Tienen curas casados; desde 1930 aceptan los anticonceptivos; desde 1976 tienen sacerdotisas; desde 1989, obispas; desde el 2000 dejaron de considerar pecado el adulterio; en 2003 ordenaron obispo a un homosexual que vivía con su pareja; en 2006 aceptaron el matrimonio homosexual; en 2010 ordenaron a una obispa lesbiana activa y, por supuesto, son pro abortistas. Tienen, por lo tanto, todo aquello con que sueñan los curas, laicos y teólogos católicos más disparatadamente progresistas y, sin embargo, lo que no tienen son feligreses. Vuelvo a preguntar, ¿y esto por qué?

La respuesta a esta pregunta la dio, valientemente, el Papa la semana pasada en su reunión en Erfurt (Alemania) con los principales líderes luteranos de su país. Porque su ansia de acercarse al mundo les ha hecho alejarse de Dios, de su palabra, de su mensaje. Y el resultado es una bazofia tan nauseabunda que sólo a los que les gusta la basura les puede resultar apetecible.

Pero no hay que pensar que este es un problema de esa “Iglesia” solamente. Están igual los luteranos, los presbiterianos, los de la Iglesia Unitarista –la de Obama- y, por supuesto, los anglicanos de Inglaterra. Un estudio llevado a cabo entre las sacerdotisas anglicanas del Reino Unido, arroja las siguientes cifras: Un tercio no cree en la maternidad virginal de María, la mitad no cree que Cristo resucitó, otro tercio niega la Trinidad y una cuarta parte ni cree en Dios Padre ni en el Espíritu Santo.

Y a eso es a donde nos quieren conducir a nosotros, los católicos. De hecho, aunque estemos aún muy lejos de esos extremos, en estos años hemos recorrido ya una parte del camino. Si se hiciera un estudio serio y anónimo entre el clero, ¿cuántos admitirían creer en el infierno e incluso en la vida eterna? ¿cuántos creerían en los cuatro dogmas marianos? ¿cuántos en la infalibilidad del Papa? ¿cuántos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía? 

La deriva de la Iglesia hacia el protestantismo –con signos evidentes no sólo en dogma y moral sino en la liturgia y hasta en la arquitectura, como quitar el sagrario de los templos y ponerlo en capillas laterales-, ha sido frenada por la valiente actitud de los últimos Papas, pero el peligro no ha pasado ni mucho menos. Dentro hay fuerzas tan poderosas que pugnan por precipitarnos al abismo. Tan poderosas como las que hay fuera. Porque ambas proceden del mismo enemigo. Pero a éste siempre termina por pisarle la cabeza la Santísima Virgen. Por eso los amigos del enemigo insisten tanto en atacar a María. Saben lo que hacen, pero no prevalecerán.

P. Santiago Martín

¿Por qué soy asi?

Autodisculpa y mediocridad
La exigencia cuesta
«A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos... —me decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos.— Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia...»

"Somos humanos..."
Bien. De acuerdo. Pero..., me pregunto, ¿por qué equiparar eso de amargarse la existencia con tener unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno —sobre todo nuestro— enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano?

Somos humanos: parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.


No confundamos los términos

Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.


Arrugarse antes de tiempo

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

P. Christian Juarez

Bella Señora vestida de azul

Bella Señora vestida de azul,
enséñame a rezar.

Dios era solo tu pequeñuelo,
¡indicame que le puedo decir!

¿Lo amparabas algunas veces
tiernamente en tu regazo?

¿Le cantabas
como me cantaba mi mamita a mí?

¿Retuviste entre las tuyas.
Su mano divina en las noches,
y aun trataste
de contarle historias del mundo?

¡Oh!, ¿y no lloró?

¿Tu piensas que en verdad le agrade
si yo le cuento tantas cosas,
pequeños hechos que se refieren a mi?

¿Producen ruido las alas de los ángeles,
me podrá oír si yo le hablo en voz baja?

¿Me esta escuchando ahora?
Dime, tú que sabes,
Bella Señora vestida de azul,
enséñame a rezar.

El mismo Dios fue tu pequeñuelo,
y tú sabes como debo hacer.

Mary Dixon Thayer

miércoles

Libertad, escoger mal, escoger bien

Sin la libertad, ¿habría menos errores? Parecería que sí. Si todo está determinado de modo fijo y seguro, en vistas al bien del individuo y de la comunidad, nadie se lamentaría de haberse equivocado.


Aplicado a nivel estatal, si otros, gobernantes y funcionarios públicos, deciden los estudios, el trabajo, incluso el matrimonio o los hijos de cada pareja, ¿sería el mundo mejor, más seguro, menos dramático?


El problema aparece como uno de los ejes de una novela escrita para pensar: “El Dador”. Su autora, Lois Lowry, imagina un territorio controlado por un consejo de ancianos, que deciden absolutamente todos los aspectos de la vida de la gente.


Los niños, apenas empiezan a sentir sus primeros impulsos pasionales o amorosos (el “Ardor”) toman unas pastillas que les permiten vivir fríamente, sin “distorsiones” emotivas. Luego se les va asignando a grupos según sus cualidades, con el fin de que logren el máximo rendimiento. Incluso las bodas, los hijos (dados a luz por mujeres especializadas en esta tarea) y su asignación son asuntos decididos “desde arriba”.


¿Y qué ocurre con los que no entran en el sistema o ya no rinden? Los niños que nacen con defectos o fuera del número establecido son eliminados bajo una palabra eufemística: son “liberados”. Los ancianos, en un momento determinado, también pasan la puerta que los lleva a la “liberación”. Comportarse mal y violar las reglas establecidas, también puede llevar, si no hay corrección, al paso dramático (para casi todos desconocido) de la “liberación”.


Si Lowry hubiese hablado de los abortos eugenésicos habría dado a su libro un revuelo enorme. En cierto sentido, parte de lo que ella describió ya es, desde hace años, una práctica habitual en algunos rincones del planeta, donde hay gobiernos que limitan el número de nacimientos; donde hay médicos que esterilizan, a veces con engaño o bajo presión, a quienes (según ellos) ya no deben tener más hijos; donde hay personas que optan por la eliminación, convertida en algo rutinario, de los embriones y fetos defectuosos...


Detrás de una sociedad tan extraña y férrea como la descrita por Lowry se esconde un propósito muy claro: impedir los errores. Porque los hombres y las mujeres nos equivocamos si dejamos a las pasiones crecer, y si contamos con la posibilidad de elegir libremente. Pero cuando hay un fuerte control del saber y de la voluntad, el mundo funcionaría, según la utopía narrada en “El Dador”, perfectamente.


Sólo una persona conserva un cierto ámbito de libertad. Conoce el pasado, lee libros desconocidos para los demás, recuerda a los ancianos dirigentes peligros que ellos no pueden prever por falta de experiencia (y por falta de errores en su historial). Esa persona, el Receptor (que se convierte en Dador ante un discípulo), tiene que transmitir a un niño designado, Jonás, sus conocimientos, tiene que permitirle sentir experiencias que los demás no han tenido jamás en su vida.


Jonás tiene 12 años y aprende con rapidez, desde las manos que el Dador pone sobre sus espaldas. Así recibe la historia pasada, llena su alma de recuerdos. Abre poco a poco los ojos a las diferencias, puede ver colores y otras cualidades que la gente de la comunidad no capta. Se da cuenta de que al ver más queda abierto el horizonte de la elección: aparece la libertad.


Pero la libertad, comenta con el Dador en capítulo 13 de la obra, implica la posibilidad del error, de elegir mal. Además, iría contra la Igualdad que rige la vida de todos.


La novela busca precisamente abrir los ojos a sociedades en las que, en nombre de la Igualdad, se busca borrar las diferencias, los gustos, la libertad de elegir. Bajo el sueño atractivo de evitar los males que surgen de las decisiones equivocadas, poco a poco se llega al abismo de suprimir la misma libertad y de someter despóticamente a todos a normas frías, quizá racionales, pero que terminan siendo profundamente inhumanas.


Jonás elabora un plan de fuga con el Dador, que ya es su amigo. Al final, los hechos se precipitan y Jonás no puede huir con el Dador, sino con un niño pequeño, Gabriel, que no “encaja” con las exigencias de la comunidad y que iba a ser “liberado” con frialdad legalista. Desde los conocimientos y desde la libertad, Jonás decide violar aquellas normas que, por su rigidez, acaban por ir contra lo que deberían defender, la dignidad del hombre.



No estamos, ciertamente, ante una novela original. Otras obras del siglo XX, como “1984” (de George Orwell) o “Mundo feliz” (de Aldous Huxley), abordan temáticas parecidas. Por desgracia, no es original tampoco la situación descrita, pues hay señales de que algunos grupos humanos pueden caer en el absurdo de aplastar la libertad humana en nombre del progreso, de la justicia, de la igualdad.


Existe, y asusta reconocerlo como le ocurre al joven Jonás, el riesgo de escoger mal. Un Hitler y un Stalin quizá no podrían haber hecho lo que hicieron en un mundo como el descrito por Lowry en “El Dador”. Pero tampoco habrían surgido un Francisco de Asís, una Teresa de Calcuta o un Juan Pablo II.


La libertad no sólo está abierta a la posibilidad de escoger mal, sino que se orienta constitutivamente a la elección del bien. Ese es, en definitiva, el uso más hermoso de la libertad y la culminación de la misma, desde la experiencia humana que más llena de plenitud a los corazones: la de poder amar y la de dejarse, libremente, amar.


Fernando Pascual

martes

Ausencia de Dios


Evidentemente no se trata de que Dios se ausente de nosotros, sino de que en nuestra cultura actual no son pocos los que pretenden alejarnos de Dios.

La personalidad humana puede caer en la forma suprema de ausencia, que es la carencia en nuestra conciencia de la presencia de Dios. Dijo Julián Marías, en uno de sus últimos libros (“La perspectiva cristiana”), que la vida humana ha de tener sentido, aunque no se vea claramente cual, la añoranza de mayor amor, es la medida del amor, puesto que el sentido pertenece a la realidad de la vida humana.  

“El hombre –dice- hace su vida. La elige, no es creador de ella, pero sí autor de ella. Y ello nos conduce a un convencimiento que nos brota del hondón de nuestra alma. Que la vida terrenal en este mundo aparece como elección de la perdurable”. Y añade lapidariamente. “Consiste en decidir “ahora” quién va a ser “siempre”.

Querer arrancar las raíces cristianas de nuestra civilización supone olvidar –dice él mismo al final del libro- que “desde hace dos mil años, el hombre tiene algo radicalmente nuevo, que no se acaba de poseer sino por partes, con desamor, abandonos, infidelidades. Algo que está delante de nosotros como algo que hay que conquistar. Algo, no se olvide, que está frente a nuestra libertad sin forzarla. La perspectiva cristiana”.

Otro actual teólogo afirma brevemente que la historia de la humanidad tiene una concreta “Nota Bene”, que es la encarnación de Jesucristo, el Verbo de Dios. Una Nota Bene, que quiere ser olvidada por algunos y, lo que es más grave, otros pretenden hacerla olvidar a sus conciudadanos.

Y una consecuencia, aunque no la única, de esas corrientes que pretenden secularizar nuestra cultura, laicizarla , alejarnos de cualquier valor trascendente, fundamentalmente de Dios, también puede introducirnos a creer que la santidad es más difícil que en otras épocas de la historia.

Todos nos vemos lejos de la santidad. Si ello quiere decir que nos es imposible, nos equivocamos. Si pensamos que vamos haciendo camino, por muy lejos que nos encontremos de ella, estamos en lo cierto.

Cada día de nuestra vida es una ocasión que Dios nos regala para que nos sigamos acercando a Él.

Acercarnos, puesto que no consideramos tener suficiente intimidad con Él, pero sabemos que nos espera cada día a partir del grado de amor que podemos tener.

San Juan de la Cruz, que tanto supo de amor a Dios, nos dirá que la medida de nuestro amor no es tanto el que apreciamos tener, sino la medida del deseo de crecer en ese amor, del anhelo de alcanzarlo; la añoranza de mayor amor, esa es la medida del amor.

A esa actitud alude Jesús como una bienaventuranza: tener hambre y sed de santidad.


Ser justo es ser santo. Así pues, la respuesta a la pregunta de si podemos ser santos, se convierte en la pregunta de si tenemos hambre y sed de serlo. Es la respuesta de Jesús en la cuarta bienaventuranza.

 Cardenal Ricardo M. Carles
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